Desaparecido

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Siempre me ha llamado la atención la saga de Desaparecido en combate. Sobre todo, la primera parte. Soy consciente de que la segunda (la tercera no la he visto) es mucho mejor. Es directa y concisa y sin ella resulta muy fácil desorientarse en el galimatías armado por Joseph Zito. Pero aún así, me gusta más. Probablemente por su socarrona mezcla entre el cine de autor y el de acción.

Hay momentos -no miento- en el primer Desaparecido como su anticlimático final congelado que me recuerdan al cine de Godard o a los falsos documentales y las escenas en las que James Braddock (Chuck Norris) recorre los bajos fondos de Tailandia reuniendo armas para ir en busca de sus compañeros presos parecen sacadas del cine de Atom Egoyan o hasta de Apichatpong Weerasethakul. De hecho, la visita al prostíbulo donde una esforzada cantante entona con empeño el “Da Ya Think I’m Sexy?” de Rod Stewart podría aparecer perfectamente en muchas de las obras de los cineastas antes citados. Asimismo, no puedo evitar sonreírme con el constante esfuerzo realizado por Zito de imprimir un distintivo toque de seriedad -esas reuniones políticas, ese tono fotográfico seco- a una película que intentaba tener una dimensión moral y ética por más que su destino era ser un mero divertimento bélico a mayor honra de Chuck Norris. Quien lleva a cabo una de las interpretaciones más confusas (y paradójicamente más exitosas) de toda su carrera.

Todos sabemos que a Chuck el título de actor se lo dieron la mañana en la que apareció en el despacho del director de cierta Universidad y se puso a sacar músculo y a pegar patadas a diestro y siniestro. Así que no necesitamos ni que haga gestos reflexivos, vocalice con cierta templanza o intente adecuarse a sus papeles. Nos basta con que sea él mismo y se dedique a poner bombas y romper huesos y clavículas. Pero he de reconocer que -aunque sonríe a destiempo y suele mirar al horizonte y a la cámara con cara de perro enojado- percibo cierto esfuerzo y detallismo en esta interpretación en concreto que me deja perplejo y me obliga a calificarla de embrollada en vez de despacharla con el clásico “nefasta pero muy divertida”.

Fuera de coñas, es bien sabido que la razón de ser de Desaparecido en combate fue Rambo. Que la saga surgió porque los socarrones directores de la Cannon, Menahem Golan y Yoram Globus, se encontraban un tanto celosos del inmenso éxito tenido por la producción protagonizada por Stallone y se sacaron de la manga rápidamente una obra destinada a competir con ella en taquilla y si es posible derrotarla en cuanto a su dimensión moral. Una de las principales razones que entiendo ayudan a explicar ese risible y entrañable toque de autor que intentó imprimir al filme alguien tan desvergonzado, chulesco y desprejuiciado como Zito. Aunque sospecho que también existió otro motivo importante para ello.

Intentaré explicarme. Hasta Desparecido en Combate y Rambo: (acorralado Parte II), la mayoría de filmes que se ocupaban de la guerra de Vietnam en el cine, eran un reflejo del caos. A la manera del personaje interpretado por Marlon Brando en Apocalipsis now, los artistas apenas podían hablar de la guerra. El trauma sufrido por el pueblo norteamericano había sido tan grande que, de todas partes, aparecían veteranos con taras psíquicas incapacitados para adaptarse a la vida cotidiana, rememorando trágicas vivencias como las expuestas en El cazador. Tan sólo con el paso de los años, tras explorar la tragedia y comenzar a verbalizar los dramas personales, los cineastas y artistas se atrevieron a ofrecer versiones más o menos coherentes y clásicas de la experiencia allí vivida como es el caso de las dadas por Oliver Stone con Platoon y Nacido el 4 de julio. Las cuales, una vez que la sociedad comenzó a asimilar el golpe, dieron pie a otras visiones como la sostenida por Brian De Palma en Corazones de hierro que ponían también el acento en las tropelías salvajes cometidas en el país asiático por muchos de los altos mandos y soldados del ejército occidental. Pero para llegar tanto a ofrecer filmes reposados sobre el asunto como a autoincriminarse, los artistas norteamericanos tuvieron que enfrentarse a otro de esos temas complejos que levantaban ampollas y provocaban un inmenso dolor en su sociedad, como era el de los soldados norteamericanos desaparecidos en Vietnam. Sobre todo, porque se sospechaba que muchos de ellos continuaban vivos y se encontraban presos en inhumanos campos de trabajo.

Era obvio que, teniendo en cuenta el desenlace de la guerra y la impresionante organización del ejército vietnamita, cualquier película en la que se intentara presentar a soldados norteamericanos rescatando a esas víctimas, iba a parecer totalmente inverosímil. Quedaría al momento completamente ridiculizada y desprestigiada. Nadie en su sano juicio podía pensar que eso fuera posible. Y ahí fue donde los ávidos comerciales echaron mano de Silvester Stallone y Chuck Norris; de John Rambo y el coronel James Braddock. Héroes capaces de matar a cinco hombres arrojándoles el aliento mientras comían una hamburguesa doble y con la mano libre apretaban el gatillo de un bazoca. Tipos duros e invencibles a través de los que el público norteamericano veía cumplidos sus deseos de venganza cuyas andanzas fueron respaldadas por productoras con escaso o muy poco prestigio artístico que, por tanto, se podían dar el lujo de caricaturizar a sus personajes hasta el exceso.

No obstante, como el tema era tan delicado y áspero, al menos Zito midió un poco los tiempos. No fue tan a saco e intentó seducir al espectador, como ya he dicho, ralentizando la acción y añadiendo determinados aspectos y matices reflexivos que, obviamente, quedan totalmente fuera de lugar en una película de acción pero le imprimen un toque de extrañeza absolutamente inusual hasta el punto de que parecen formar parte de una parodia bélica realizada por Tarantino.

En cualquier caso, Desaparecido es uno de los filmes más áridos de los clásicos protagonizados por Norris. Quien además saldó aquí una cuenta personal pues uno de sus hermanos murió durante aquel cruento conflicto. Las bombas, por ejemplo, parecen lanzadas con cierto hastío y desgana. Casi con pesar. Cuando estallan no provocan estallidos de euforia y adrenalina en el espectador. Son más bien el reflejo de un desahogo. La imagen del deber cumplido. De hecho, incluso la banda sonora de Jay Chattaway, a pesar de calcar las típicas bélicas, posee momentos incandescentes y abstractos que recuerdan a la de Apocalipsis now. Algo que se agradece pero supongo que, en realidad, no era necesario; tal y como demostró un año después Rambo: acorralado parte II. Una película en la que Silvester Stallone se encargaba de machacar y enterrar el trauma de la sociedad norteamericana con la misma contundencia y facilidad con la que exterminaba vietnamitas; como si fuera un niño apretando en sus manos una botella de plástico. Shalam

لا تقاطع عدوك أبدًا بينما هو يرتكب خطأ

 Nunca interrumpas a tu enemigo mientras está cometiendo un error

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: comic……………
    2ºimagen: la orilla de enfrente son “nenufares”…..la lancha es de “cacao”………..y norris es un colchon en la piscina……………………..
    3ºimagen:….las tres gracias , tres serpientes que tienen miedo del humano……………..
    4ºimagen:…..eres un desastre y yo soy tu “onibaba”, tu verduga, abriremos una puerta en el arrozal para ti…..
    5ºimagen:…..todo lo que habeis dicho y hecho se cura con: https://www.youtube.com/watch?v=6SMamnXJi2k
    crackkkkkkkkkkkkkkkkkkuuuhmmmmmmmmmmmmmmmm…so good………

    • Me ha impresionado ver a Robin Williams en Good Morning Vietnam. Lo había olvidado completamente. De recordarlo, lo hubiera puesto en este avería. Recuerdo que en su momento, la película no me gustó mucho. No sé qué pensaría ahora. Me gusta mucho la tercera imagen de las tres serpientes que tienen miedo a los humanos. Me cuesta ver a Norris como un colchón en la piscina. Él puede con todo.

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