Diablo

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¿Es necesario contemplar una obra tal y como fue concebida por su autor para disfrutarla? ¿Es necesario incluso entenderla para gozarla? En mi opinión, no. Y si por lo general ocurre que la respuesta es afirmativa no es más que, según mi punto de vista, porque el intelecto ha acabado dominando el arte. Implantando su control como una especie de superyo intolerante que se opone a un goce que no sea elaborado, dirigido e insinuado previamente.

Obviamente, yo también creo que son mucho mas disfrutables Nymphomaniac, La puerta del cielo o El nuevo mundo si contemplamos las versiones originales que sus directores rodaron. Pero no me refiero precisamente a esta circunstancia en concreto sino a que demasiadas veces estamos constreñidos por una sola manera de ver el arte o disfrutarlo. Lo que nos hace perder nuevas posibilidades.

Pondré un ejemplo de ayer mismo. Para escribir Los puercos he realizado una selección sumamente cuidadosa de lecturas y films que voy degustando durante los descansos de mi trabajo. Todas estas obras están conectadas de alguna manera instintiva con la novela que deseo hacer. Algunas veces veo varias secuencias de una película o leo varias páginas de Thomas Bernhard, Elfriede Jelinek o Brohumil Hrabal para agarrar el tono entre desalmado y sarcástico que necesito. Para Los puercos, en concreto, el menú cinematográfico incluye varias obras de Bela Tarr, Walerian Borowczyk, Aleksey German, Roman Polanski y, desde luego, lo que ha sido una costumbre durante la escritura de esta trilogía, una de Andrzej Zulawski. En este caso concreto, El diablo.

Ocurre que por algún motivo no he podido encontrar unos subtítulos adecuados para visualizarla -todos entraban a destiempo- pero me atraían tanto sus imágenes que ayer no lo pensé más y comencé a verla sin comprender -claro está- una sola palabra. Algo ciertamente frustrante pero que, a los pocos minutos, consiguió crear un estado de relajación en mi cerebro muy atractivo para visualizar esta obra de arte cuyos diálogos debía imaginarme. Lo que la hacía más frenética y fantasmagórica de lo que ya es.

No quiero que se me malinterprete. La banda sonora de El diablo fue compuesta por Andrzej Korzynski y yo amo a Andrzej Korzynski. El tema central de Possession ha sido parte esencial de mi vida. Y no imagino ni escribir ni leer El jardinero con otro tema que no sea el inquietante “The night The Screaming Stops“. Y, desde luego, que esos sonidos estrujados y esos saxos escindidos de cualquier fondo sonoro que parecen gritos de insectos o puertas enrobinadas que forman parte del soundtrack de El diablo, me fascinan. Pero dado que no podía terminar de comprender lo que estaba viendo en la pantalla y hacía varios días que había aparecido el nuevo single de Opeth, “Sorceress”, decidí escuchar el primer adelanto del homenaje a la brujería de la banda sueca en sintonía con las imágenes de Zulawski y.. buff… la magia se produjo.

Desde el primer momento que empezaron a sonar los ecos aplastados del bajo introduciendo un riff de guitarra que, además de rememorar a Black Sabbath, trae consigo remotos hilos de viejos conjuros de hechicería, existió una sincronización perfecta entre la película y el martillo sonoro nórdico. Hasta el punto de que me vi absorbido por ambos de una manera absolutamente inesperada y o bien con ayuda de este nuevo tema o el de otros añejos contenidos en Still life, ya no me moví de enfrente de la pantalla. De hecho, los tradicionales gritos histéricos de los personajes de Zulawski, los asesinatos, violaciones, incestos, carnavales, entierros, bailes teatrales que veía ante mí cobraban una nueva dimensión y profundidad sin saber exactamente a qué se referían o por qué sucedían. Pues se encontraban perfectamente conjuntados con unos flecos musicales que les concedían profundidad y expandían su sentido de tal forma que parecieran haber sido compuestos secretamente, a lo largo del tiempo, para este momento. Para que la pantalla se desdoblara y los campos y castillos retratados, los rostros de locos inmundos se quebraran junto a los compases de guitarras frenéticas que se adaptaban perfectamente a ese film sobre el aturdimiento alejado de cualquier coordenada temporal, que me hacía gozar satisfecho, atrapado por las delirantes secuencias que tenía ante mí y el constante rugir de una música atronadora que traducía perfectamente el rumor producido por las mentes y cuerpos destrozados de los personajes de Zulawski. La silueta de una Polonia derruida y traicionera en donde tras cada árbol se esconde un asesino acompañado de un lobo y una prostituta.

¿Podría resumir lo que vi? ¿Podría definirlo? ¿Indicar el argumento con claridad? Sinceramente no. Pero ¿a alguien le importa? Después de dos horas de intensos contrastes e inesperados diálogos artísticos, creo que viví una experiencia. Descubrí otra frontera. Un territorio inesperado. Y que tal vez comprendí instintivamente el film de Zulawski mejor que si lo hubiera contemplado según el método tradicional. De hecho, una hora después descubrí que alguien, hacía años, lo había colgado en youtube con los subtítulos adecuados. Y, sí, comencé a visualizarlo de nuevo pero no, noooo, nada que ver. En ningún caso, la experiencia fue satisfactoria. Mucho más interesantes la sugerencia y la duda que la claridad. Y mucho más revelador, catártico y personal concebir “otro mundo” en el que Opeth y Zulawski trabajaron juntos que no éste en que probablemente nunca cruzaron sus caminos y tal vez ni siquiera conocieron sus respectivas creaciones. ¡A la mierda el arte ya trazado! Shalam 

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Si al toro se le agarra por los cuernos, al ser humano por la lengua

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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