Ecos remotos, fugaces del Imperio: David Lynch

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Supongo que puede resultar sorprendente el hecho de que no me hubiera referido hasta ayer a David Lynch en avería teniendo en cuenta que es un cineasta al que adoro. En mi adolescencia, por ejemplo, contemplé Terciopelo azul una decena de veces y harto de alquilarla en el videoclub de mi barrio, en un momento de descuido del encargado, la robé para así poder disfrutarla cuantas ocasiones quisiera sin molestia alguna. De hecho, me gusta tanto su cine y concepto del arte que (para  no contaminar la visión que tengo sobre el mismo) normalmente rehúyo conversaciones con personas al respecto y no había escrito un solo texto sobre su obra hasta el de día de ayer. Algo por otra parte, entendible si se comprende la fascinación que me produce como el hecho de que no crea poder aportar nada nuevo con mis reflexiones sobre sus creaciones. Simplemente, disfruto instintivamente de su cine y música (estos días estoy gozando muchísimo con la repetitiva, obsesiva escucha de su reciente The big dream). Y con eso me es más que suficiente. Aunque, por supuesto, no evito leer libros que me permitan ampliar la mirada sobre este genial lunático y he disfrutado de las reflexiones que, entre otros muchos, David Foster Wallace han ofrecido sobre Carretera Perdida (Lost highway). Sin embargo, por arte de magia, ha sido hablar de agujeros negros y aparecer -¿cómo si no?- su nombre en averíadepollos.

Alguien me preguntaba ayer mi opinión sobre él. Bueno. ¿Es posible que yo de otra respuesta? Un auténtico genio. De los de verdad. De los que se salen del tiempo, viven en el futuro y hacen saltar por los aires las categorías que rigen en nuestro presente. Eso es lo único que puedo decir. Y todo lo demás que pueda añadir, son tópicos. Es fácil imaginarlos: un creador de ambientes y texturas sin igual. Una mente perturbadora capaz de conmover y concitar horror a partes iguales. Un lunático del humor. Un visionario que bordea la locura. Un señor que con la sangre del ojo cortado que aparece en El perro andaluz, crea lienzos y obras que inciden aún más en la herida hasta tocar el hueso que hay detrás de la pupila. Y construye epopeyas cinematográficas a través de las que refleja nuestra sociedades distópicas modernas, abriendo territorios en la conciencia artística que acaso únicamente Thomas Pynchon ha explorado con tal grado de extremismo.

En fin, podría seguir y seguir pero no creo que sea necesario. Más aún, considerando que el talante excesivo de su arte ha provocado que posea tanto fans acérrimos como irredentos detractores con los que, en algún caso, resulta inútil debatir o intercambiar opiniones. Algo lógico e inevitable, teniendo en cuenta que su mirada es totalmente contraria a la clásica. De hecho, creo que -retomando el tema de los agujeros negros- las razones de tanta pasión a favor o en contra de su cine, habría que fundamentarlas en su voluntad de penetrar en los territorios oscuros de la conciencia, en los misterios y secretos ancestrales y universales sin tener intención ni de resolverlos ni de desvelarlos. Una característica que provoca que su cine se diferencie radicalmente del tradicional y por tanto, provoque irritación en quienes han crecido familiarizados con unos presupuestos que son absolutamente distintos de los del cine de Lynch.

Obviamente, no es lo mismo contemplar Los Soprano que, por ejemplo, Carretera perdida. Ambas parten de puntos de partida diferentes. Y es lógico que a los fans de una les decepcione la otra. Yo amo ambas obras pero entiendo que para poder ser disfrutadas, debo poner mi atención en lugares distintos.

Los Soprano intenta responder a la pregunta del porqué de la violencia y la presencia de la mafia en América. Para lo que sienta a uno de sus representantes en el diván del psicoanálisis. La mitad de los norteamericanos, gran parte de sus teorías sobre la violencia y la justicia eran psicoanalizadas al tiempo que Tony Soprano revelaba sus problemas y complejos de culpa. En este sentido, David Chase intentaba iluminar el mal, la nocturnidad desde la razón. Mostraba innumerables, continuas peleas y asesinatos pero al mismo tiempo, llevaba a cabo una reflexión sobre sus causas que, en cierto modo, explicaba el misterio del mal a través de los crímenes de Tony y sus compinches. Pudiendo así de paso dar respuesta a ciertas interrogantes que planteaban muchas películas de cine negro de la era dorada de Hollywood o a los presupuestos en los que se basaban series tan míticas como la presentada por Alfred  Hitchcock durante los años 50 y 60.

Al contrario, -y dado que su interés radica más en disolver, transformar y revolcarse en el misterio que en solucionarlo- Lynch no busca respuestas. Tampoco exactamente formular más preguntas sino que más bien, muestra un espectro de posibilidades (fantasmagóricas, fantásticas, remotas) en toda su amplitud. Reconociendo que no puede extraer conclusiones, nos conduce a través de una estructura fílmica cercana a un anillo de Moebius por una historia que ha podido, puede estar sucediendo o pudo ocurrir en algún tiempo u otra dimensión; la cual puede ser el reflejo de un trauma, el olvido de un asesinato o la paranoia de un músico perdido que aspira a la gloria.

Es decir; penetra en la realidad desde un agujero negro para construir historias irresolubles que no necesita comprender. Pues, en cierto modo, son reflejo de sentimientos, ecos de voces perdidas en el espacio que, como un hechicero, reúne en películas semejantes a exorcismos, alucinaciones fatales sobre una Norteamérica repleta de almas perdidas, extraviadas en su particular limbo material y espiritual; como es el caso de aquellas adolescentes, colegiales universitarias retratadas en Twin Peaks, o el músico de Carretera Perdida.

Basta contemplar, en este sentido, sin ir más lejos Inland Empire. Una película que, paradójicamente, cuanto más se disgrega y dispersa, más comprensible es. Un enorme agujero negro que es tanto un elogio de lo invisible como de lo incomprensible: la pasión, el sexo y la locura. Una incursión en esos otros hechos que se están produciendo constantemente en dimensiones desconocidas de las que, de alguna forma, el director norteamericano deja constancia en sus experimentaciones como de pasada, mientras escucha a los duendes y enanos decirle esas palabras mágicas con las que suelo cerrar cada una de las entradas de averíadepollos:Shalam

  ربّ اغْفِر لي وحْدي

La persona que no comete una tontería, nunca hará nada interesante

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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