El absoluto

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¿Son las últimas películas de Terrence Malick tan malas como se sugiere en las mayoría de foros? En mi opinión, no. Puede que sean, en cierto sentido, fallidas y no posean el brío narrativo de sus obras de antaño. Pero de ahí a considerarlas un desastre, hay un paso muy grande. Porque, en realidad, -aunque debo reconocer que Voyage of time me resultó francamente decepcionante- Malick sólo desbarranca totalmente en To the wonder. Una esteticista historia de amor más cerca de un anuncio de colonia que de el gran cine que nos regaló en otras ocasiones. Pero hecha esta salvedad, tanto knight of cups como Song to Song se encuentran llenas de momentos interesantes. Además, la temática de las dos es prácticamente la misma. Sólo que una se centra en el mundo del cine y la otra en la de la música. Por lo que sus problemas son más bien otros. Por ejemplo, que se podrían o bien añadir 30 minutos o bien quitar otros tantos a cualquiera de las dos y el resultado sería el mismo. Algo que, por otra parte, no es necesariamente negativo porque nos indica que su cine va por libre. De hecho, Malick hace ya tiempo que rueda sin guión. Simplemente se dedica a explorar un tema. Captar imágenes, movimientos. Ensamblar escenas, actitudes. Y por ello, su creatividad no puede ni medirse ni regirse por los parámetros habituales. Por más que corre el riesgo de transformar este método creativo en un cliché. Un corsé. Una limitación.

En realidad, la obra de Malick ha pasado a convertirse en una especie de nebulosa poética llena de indefiniciones que exige que el espectador se encuentre en el estado de ánimo adecuado para poder disfrutarla completamente. Algo que parece difícil. Porque sus últimos filmes se basan más en sensaciones, momentos, visiones que en un argumento formal y, por tanto, es más sencillo conectar con determinadas secuencias y escenas que con la película en su conjunto. Lo cual, repito, no es necesariamente malo. Incluso es de agradecer, teniendo en cuenta que sus películas se han convertido en una experiencia que se ha de sentir más que racionalizar. Que aspiran a ser música más que literatura. En definitiva, a romper las barreras del cine. Pues su espíritu es similar al de un pájaro deseoso de surcar los cielos para el que la pantalla fuera una jaula.

Se dice que Terrence Malick lleva mucho tiempo abusando del monólogo interior. Algo, en parte, cierto. Porque aquel hermoso experimento de La delgada línea roja que funcionaba perfectamente en El nuevo mundo y le daba un empaque considerable a El árbol de la vida, ha terminado por caer en el manierismo. En el exceso. Eso sí, más por la escasa contención de Malick al utilizarlo que por el recurso en sí mismo. No obstante, -repito- tanto knight of the cups como Song to Song están llenas de buenos momentos. Tal vez no sean las obras maestras que hubieran podido ser pero tampoco son totalmente descartables. Porque la mano del maestro está ahí. Nadie por ejemplo -que a mí me conste- ha sido capaz de filmar un pogo en medio de una actuación en un festival de rock con tanto aliento poético y belleza, como lo hace en Song to Song. Logrando que nos preguntemos qué esperan los muchachos de un concierto. Por qué se reúnen allí y con qué fin. Algo similar a lo que ocurre en su incursión en el mundo del cine en knight of the cups. Una película que más que mostrar el lado oculto del mundo del cine, es una prueba de que el cine en su conjunto es el arte no tanto de la falsedad sino del enmascaramiento. De que las películas se hacen para huir, olvidar y escapar de los desastres de la vida cotidiana. Son como astillas rotas navegando por mares revueltos que son consecuencia del naufragio de la civilización occidental.

Las reacciones de las estrellas que han trabajado con Malick no dejan lugar a dudas de que es un director diferente. Sean Penn echa pestes de él. Estuvo concienzudamente preparando el papel de su vida durante meses y, finalmente, no apareció en El árbol de la vida más que en tres o cuatro escenas. Christian Bale aún no se ha aclarado con lo que quería de él en Knight of cups y todavía se anda preguntando para qué le dio ciertas instrucciones o le hizo rodar hasta la extenuación secuencias que fueron eliminadas sin piedad en la mesa de montaje en Song to Song. Hechos, anécdotas similares les ocurrieron a Benicio del Toro, Michael Sheen, Amanda Peet o Jessica Chastain en este último filme y otros tantos. Algo que indica que Malick no es un tipo fácil. Que impone su visión ante cualquier opinión y antepone las películas a las estrellas. De hecho, siempre ha estado muy lejos de este mundo. Llegó a estar más de veinte años sin rodar. Y desde hace un tiempo, no hay año sin película de Malick. Lo que, contrariamente a la lógica más elemental, no le ha hecho perder su mística. Su fama de inasible. De alma solitaria y rebelde.

En realidad, Malick es como una iglesia. Tiene postrados a sus pies a centenares de feligreses que se arrodillan ante él en cuanto alguien invoca su nombre y en sus alrededores, se encuentran otros tantos detractores que sueñan con quemarlo, apedrearlo. Porque Malick aspira a lo absoluto. Desea ser el dios del cine. Alguien capaz de filmar el mundo como lo filmaría el espíritu divino de encarnar en un ser humano o como lo ve el creador desde las alturas. En cualquier caso, tal vez el problema de Malick es que antes su cine olía a whisky de reserva. A trigo. Era una plasmación en imágenes de la mejor literatura norteamericana. Era un poema no tanto por su énfasis en el verso sino por su capacidad de extraer lirismo de los momentos cotidianos. Y ahora, sin embargo, se ha convertido en un hermoso anuncio de vaqueros o licor lleno de pensamientos y movimientos poéticos que rezuman trascendencia, aspiran a la trascendencia, añoran la trascendencia y desean la trascendencia. Tanto que, finalmente, acaba cayendo por momentos, en lo banal. En lo edulcorado y cargante. Pero aún así, hay que reconocer que es un director diferente. Exclusivo. Y es, realmente, una locura que pueda seguir teniendo un hueco en las carteleras comerciales. Porque nadie se atreve a hacer películas como las hace él. Cada una de ellas tiene su sello. Un factor importante a considerar en un mundo tan estandarizado como el nuestro. Y por eso, aún sigo sintiendo excitación cuando comienzo a ver una de sus obras. Porque aunque sea durante tan sólo cinco minutos, tal vez incluso únicamente varios segundos, sé que podré encontrar en sus filmes un mágico trasvase entre el cine y la vida. Un pequeño orgasmo estético y vital.

Creo que Malick se ha propuesto hacer una especie de elegía sobre el mundo contemporáneo. Extraer belleza del caos. Pero que, no obstante, más que ir al límite con su propuesta, ha sido recurrente con ella hasta decir basta. De hecho, si se trata de modificar el rumbo del cine, me pregunto por qué no se ha atrevido a ir un paso más allá. Por qué no ha rodado sus últimas tres películas sin monólogos. Sólo con música. Un último paso que pienso que sí que hubiera podido dotar a su obra del aliento clásico y poético que busca desesperadamente y además, hubiera, en cierto modo, cambiado el devenir del séptimo arte. Porque Malick se hubiera convertido en lo que tal vez siempre ha aspirado a ser: el primer director moderno de cine mudo. Un creador (y no un ilustrador) de sensaciones y sentimientos. Shalam

إِنَّ مِنَ الْبَيَانِ لَسِحْرًا

Sin la posibilidad de equivocarse, no existe el placer de acertar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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