El árbol de la vida

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Cuando se estrenó El árbol de vida fui tres veces al cine. Era uno de aquellos septiembres en los que el tiempo parecía detenido, mis asuntos estaban aparentemente en orden y desde luego que era una muy buena opción poder contemplar las imágenes del filme de Terrence Malick en pantalla grande una vez a la semana. Durante todo el verano estuve revisando obsesivamente las anteriores cuatro películas del director norteamericano y cuando al fin se estrenó la quinta, estaba verdaderamente excitado.

Sin embargo, soy sincero al confesar que no terminé de comprender esta obra de arte. Claro que la disfruté pero nunca terminó de satisfacerme como si lo habían hecho El nuevo mundo o Badlands. Yo al menos percibía vacíos, ciertas incoherencias e incluso confusión en determinados momentos. Malick no había filmado un clásico sino una obra experimental. Había dejado de ser Malick. Se estaba buscando a sí mismo, pensé. Estaba  avanzando por nuevos caminos. Y me quedó tan clara esa idea que me sorprendió la ristra de alabanzas que le dedicaron muchos críticos colocándola en las listas de las mejores películas de aquel año.

De hecho yo nunca terminé de comprender bien qué historia estaba Malick narrando. Adónde quería llegar. Por más que la belleza y solemnidad de sus imágenes era tan grande que antes o después lograba abstraerme y me dedicaba a disfrutar de la película de un modo, digamos, subjetivo y poético. Como si estuviera contemplando un sueño o escuchando una sonata. A lo que desde luego ayudaba la minimalista y nostálgica banda sonora compuesta por Alexandre Desplat.

En fin, a día de hoy puedo afirmar con rotundidad que no estaba yo equivocado. Y no tanto por la deriva tomada por Malick en su cine posterior, sino porque hace unas semanas pude al fin contemplar El árbol de la vida con un montaje y metraje mucho más acordes con la forma y duración que el director texano había concebido inicialmente y no creo que sea exagerado afirmar que es una película bastante diferente. Casi me atrevería a decir que es otra porque, a pesar de su extraordinario carácter poético, se comprende perfectamente.

Esta versión que sí es mucho más cercana a la visión original de Malick tiene casi una hora más que la que se estrenó en cines y no deja huecos argumentales. No deja al espectador con la sensación de cierto vacío porque los llena todos. Es, sí, aquella obra maestra que aguardaba yo con verdadera expectación hace unos años.  Es una obra mayor. Una sinfonía de avasalladora belleza en la que tanto la escena de los dinosaurios como la del cielo redentor que parecían postizas en la versión estrenada en cines, se despliegan con formidable coherencia y, más allá de su excelente acabado formal, logran emocionar. Porque todos esos pequeños momentos, ligeros y leves, que se cortaron con tijera y sin piedad en los estudios que debían permitir en principio llegar a esas secuencias con el estado de ánimo adecuado para su comprensión, aquí sí aparecen. Aquí sí están. Y eso provoca inevitablemente relajación y alivio en el espectador que, al tener todas las piezas en pantalla (por más que estén ordenadas subjetivamente), puede al fin volar. Dejarse ir y penetrar en el interior de un filme que -no me importa que suene a tópico- es un poema. Una ráfaga de luz y de vida. Una explosión de amor.

Sí. Es cierto que ni siquiera en esta versión Sean Penn tiene los minutos que merecería pero desde luego, sus caminatas por la ciudad y las playas cobran un sentido y relevancia mayores. Totales y absolutos. Tanto que su mirada se ha quedado pegada a mí por su veraz forma de reflejar tanto el dolor como la búsqueda de cierta coherencia en el caos cotidiano. Y no tengo tampoco ninguna duda de que el personaje maravillosamente interpretado por Jessica Chastain cobra mucha mayor relevancia. Hasta el punto de enamorar por su fragilidad y la veraz forma en la que retrata la felicidad, dudas y miedos de la maternidad y la crianza. Por no hablar de un Brad Pitt que -robándole una expresión a Carlos Boyero- incluso actuando de espaldas resulta creíble.

La historia que narra El árbol de la vida es muy sencilla. Describe la infancia de una familia y sus tres hijos, la muerte de uno de ellos, y la posterior deriva existencial sufrida por sus integrantes tras dejar la casa natal. Poco a poco, Malick profundiza y reconstruye entrañables momentos de la niñez del trío de hermanos pero también los duros momentos vividos debido al rigor bíblico de su padre y el carácter conflictivo de uno de ellos. Explora la edad de la inocencia, el leve y progresivo surgimiento del mal durante los primeros años de vida y ese inexplicable dolor debido al fallecimiento de un joven, que obliga a preguntar al universo por el sentido de la existencia y el amor. Hasta convertir su película en una obra mayor de profundas resonancias espirituales. Porque los hechos anteriormente citados vienen aderezados con excursiones por el aislamiento moderno, la competitividad capitalista y la lucha por la supervivencia en medio de ciudades modernas en las que los edificios, las grandes empresas inmobiliarias y los inversores en bolsa hacen rememorar el Bing-Bang, el árbol del bien y del mal o la caída del Edén. La eternidad.

En fin. Una maravilla que no obstante probablemente no alcanzaría su cenit de no ser por la intensa forma en que es filmada. Por el estilo Malick. Por ser capaz Malick de realizar con su cámara el papel de dios y transmitirnos la experiencia de lo absoluto y hacerlo además con cierta levedad y ligereza. Tal y como caen los hojas en otoño o vamos descontando días de nuestro calendario. Shalam

         ليس أقوى من الذي يمس بقوة ، ولكن من يتحمل أكثر.

No es más fuerte quien más duro pega, sino quien más aguanta

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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