El color del dinero

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Creo que la escasa resonancia que tiene El color del dinero entre los cinéfilos se debe a dos motivos. En primer lugar, a que debe cargar la losa de ser una especie de secuela de una de esas películas que deberían aparecer siempre entre las mejores de la historia: El buscavidas. Y en segundo lugar, a que su reflejo palidece un poco al compararlo con algunas de las obras cumbres de Martin Scorsese: Uno de los nuestros, Casino, Taxi Driver, Malas calles o La última tentación de Cristo. Sin embargo, es un filme sensacional. Divertido y serio. Eficaz, contundente y seco. Una obra que equilibra hábilmente los reflejos del cine de autor con el comercial. Tanto es así que, contrariamente a lo que se pudiera pensar en principio y a pesar de encontrarse un tanto superado por la situación, el rostro inmaduro y adolescente de Tom Cruise encaja muy bien con su papel de geniecillo repelente del billar. Algo que nos hace empatizar perfectamente con las continuas miradas de hastío que le echa Paul Newman. Y por ejemplo, la inclusión en la extraordinaria banda sonora de algún hit de Phil Collins no desentona del todo junto a los fogonazos rockeros de Eric Clapton o Robbie Robertson.

En cierto sentido, El color del dinero es mucho más fiel a la idea original de la novela de Tevis que El buscavidas. El filme de Rossen era una insolación de soledad. Una obra metafísica sobre el fracaso; la expulsión del paraíso en un reino de asfalto. Una bebida amarga en la que apenas existía alivio en medio de la que aparecían escenas que lo mismo podían encontrarse en un drama de de Ingmar Bergman que en uno de John Huston. Y por contra, El color del dinero era una fábula sobre la libertad individual en el capitalismo. La construcción de hombres de acero y espíritus fuertes en medio de ciudades llenos de peligros, sexo y engaño que retrataba el espíritu evanescente del sueño americano.

El buscavidas era al cine lo que El extranjero a la novela. Un lienzo de Edward Hopper lleno de sordidez y sudor. Jazz opaco y seco. Un traje raído. Y El color del dinero era un Mercedes. Un martini rojo bien cargado. Una canción de Robert Palmer sonando a todo volumen por la autopista. Colonia cara. Era, sí, una parábola sobre la superación personal y la redención sin demasiadas ínfulas filosóficas más parecida a El golpe o a las duras obras de Sidney Lumet que a por ejemplo las de John Cassevetes o El dinero de Robert Bresson.

En cualquier caso, el resultado es muy aleccionador porque El color del dinero está llena de ritmo, de punch, pero también posee escozor y dolor. Básicamente, debido a que aunque las presiones económicas obligaron a Scorsese a bajar un poco el pistón e intentar amoldar la historia al gran público, el director italoamericano siempre se guardó una carta y, afortunadamente, la sostuvo con tanta fortaleza como para evitarnos un desenlace centrado en la lucha por conquistar el título final. Puesto que, al fin y al cabo, siempre tuvo claro que la obra debía centrarse en la progresiva liberación y emancipación del alma de Eddie Felson. Su regreso y encuentro consigo mismo como jugador de billar; como ser humano.

Por supuesto, mención aparte merece Paul Newman que borda su papel. Transmite por igual fragilidad y dureza y se encuentra tan sobrado que por momentos parece que, además de una lección de vida, está dando una clase de actuación. De hecho, podría decirse que se permite el lujo de indicarle al espectador cómo se ha de comportar un hombre delante de una pantalla para llenarla sin abrumar. Transmitir un océano de sentimientos sin tener que recurrir a trucos zafios o a sentimentalismos baratos. Shalam

الذي يكرم في القليل هو أيضا في الكثير

El que es honrado en lo poco, también lo será en lo mucho

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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