El día que murió Marcelo Mastroianni

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Recuerdo perfectamente el día en el que tomé conciencia absoluta de que Occidente estaba condenado. Fue el 19 de diciembre de 1996. Fecha de la muerte de Marcelo Mastroianni.

El actor italiano era un coloso. El rostro de la cultura europea. El alma de Italia. El representante de todo un estilo de vida. Sobre sus hombros reposaba el aliento de sastres renacentistas, poetas barrocos y pintores callejeros. El espíritu aristocrático del arte, el aliento bufonesco del pueblo y el carisma latino. El emblema del Mediterráneo. Marcelo transmitía dulzura y sensibilidad sin dejar de ser firme. Era un simpático vividor pero también un trabajador infatigable. Un símbolo del viejo continente. De la eternidad. Todos los grandes directores sentían que era un privilegio trabajar con él. Transmitía melancolía y vitalidad. Había protagonizado varias obras maestras. Parecía fluir en sus venas la sangre de Marco Polo y Casanova. La de los viejos actores de la Comedia del arte. La estirpe inmortal. E, ingenuo de mí, esperaba que se programara un ciclo en televisión o algún documental dedicado a su figura. Sin embargo, ni la prensa ni los telediarios españoles se hicieron excesivo eco de la noticia. Los reportajes fueron realmente exiguos. Parecía que citar el nombre de Marcelo era más una molestia que un honor. De hecho, en uno de ellos, el presentador despachó el tema con frialdad absoluta. “Sí, ha muerto un buen actor pero la vida sigue”, dijo, e inmediatamente, dio paso a la publicidad. En fin. Shalam

الشجاعة ليست لديها القوة لتستمر. هو الاستمرار عندما لا يكون لديك قوة

El coraje no es tener la fuerza para seguir; es seguir cuando no tienes fuerza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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