El otro

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El otro, la película de Robert Mulligan, es una obra extraña. Un cruce entre Tenesse Williams y La profecía cuyas atmósferas podrían perfectamente haber inspirado a los creadores de Carnivale. De hecho, uno de sus referentes -el mito de Caín y Abel- parece extraído no tanto de la versión bíblica sino de la visión ofrecida por John Steinbeck en Al este del edén. Pues la inquietante película se desarrolla en los años posteriores al crack del 29. En concreto, en 1935, en un paisaje en calma, casi bucólico, colmado de campos, grandes mansiones y granjas, que contrasta con los cruentos actos que describe. Contribuyendo a la esquizofrénica genialidad de una obra en la que, ante todo, destaca el tierno aspecto de los gemelos protagonistas y su despiadado comportamiento. La lentitud con la que el sutil director neoyorquino va describiendo las costuras de un mal quebradizo, casi frágil, de aspecto tortuoso y retorcido que se eleva poderoso por una población maldita en la que cualquier objeto rezuma un olor y alientos nauseabundos. Un aroma a azufre seco que se siente tanto en la tierra, la hierba o el trigo como a lo largo de un despejado cielo de cristal en el que ángeles oscuros parecen observar pacientemente a los seres humanos antes de arrojarles sus tridentes.

Lo inquietante de la película de Mulligan radica, en mi opinión, en que no opone al bien frente al mal sino que los confunde de forma muy sibilina hasta hacerlos indiscernibles. De hecho, ellos son los auténticos protagonistas de la obra. El bien y el mal son los dos hermanos. Los dos niños que campan a sus anchas en un territorio desolado que imprime a la película todo tipo de resonancias gnósticas y maquiavélicas.

El bien necesita el mal para conocerse, superarse a sí mismo y obrar. Sin el mal -lo sabemos- no existirían héroes. Por eso, su creación fue una decisión positiva de Dios. De hecho, sin el mal, sí, aunque parezca contradictorio, no existiría la libertad. Pues para que el bien deslumbre, es necesario poder ejecutar el mal. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué sucedería en ausencia del mal? Una cuestión que subyace a lo largo de toda esta obra cuya respuesta no se hace esperar: que sin su presencia, el bien se confunde. El bien se pierde a sí mismo pues, no siendo el mal su opuesto sino su complementario, necesita fundirse, convertirse en él para reconocerse. Comprender quién es.

El bien persigue al mal como un náufrago a la madera que flota o un herido a la medicina que sana. Y ese anhelo explicaría metafísicamente el terror que se esparce por esta población indefensa ante la desesperación que invade a Niles tras la muerte de Holland. La cual intenta negar de todas las maneras posibles. Borrándola de su consciente y memoria hasta que, obligado a reconocerla por su enigmática abuela, se precipita en una devastadora espiral de destrucción y odio amoral que termina convirtiéndolo, sí, en el otro. Ese otro, doble de sí mismo y reflejo del Universo, al que alude el título del film que no es más que la representación del anhelo cósmico del bien de fundirse con su hermano. Su gemelo. Su otra parte que es él mismo y, a su vez, la energía “otra” que lo completa: el mal.

El otro, no obstante, como la obra ambigua que es, admite toda clase de interpretaciones. Pues, en definitiva, es un exorcismo. Dolor y ausencia. Terror psicológico. Un reflejo y metáfora de por qué, por ejemplo, el puritanismo o la mayor parte de las empresas religiosas han acabado convirtiéndose en emisarios de la desgracia y el demonio. Quemando y fustigando el cuerpo y alma de inocentes.

En cualquier caso, puede que la película sea también una enrevesada mirada a los deseos de la nación norteamericana de comandar el mundo, intentando inocular el bien y la libertad a su paso. Aunque posiblemente no sea más que una sobria advertencia puesta en imágenes de que desconfiemos de los rostros morales y nuestras buenas intenciones puesto que acaso lo que se esconda tras de ellos, sea el mal. Precisamente aquello que supuestamente deseamos combatir. Tal vez, en el fondo, porque lo amamos o, más bien, lo necesitamos desesperadamente para existir. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Amenazar es peor que golpear

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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