Godfather

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Siempre he sido un gran defensor de El padrino III. Soy de los que la vieron en el cine cuando se estrenó, absolutamente sorprendido tanto por estar contemplando una película de la saga en pantalla grande como por el escaso público allí presente. Para mí, cualquiera de las dos películas de Coppola anteriores eran monumentos sagrados y me resultaba incomprensible tan poca expectación. Tal vez porque no hubo una gran campaña publicitaria detrás de ella. Si mi memoria no me traiciona, alguna que otra marquesina mostraba el rostro circunflejo de Al Pacino junto a las tradicionales e icónicas grafías de la saga en las calles de mi ciudad y poco más. Primó la sobriedad antes que la espectacularidad.

Lo cierto es que, aunque no me pareció tan excelsa como su par de antecesoras, sí me gustó mucho y cuando Michael Corleone comenzaba a gritar, absolutamente fuera de sí, tras la muerte de su única hija, sus sollozos y aullidos lograron desgarrarme. Sentí la inmensa violencia catártica del momento y salí transformado del cine.

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En posteriores revisiones, El padrino III me pareció un filme sobresaliente, aunque no ha sido esta la impresión que me ha dado días atrás por una serie de razones que me apetece exponer. La interpretación de Al Pacino por ejemplo me provoca sensaciones encontradas. Por momentos, pienso que es la mejor de las tres que ejecutó. Me lo creo totalmente. Me convence. Siento la necesidad que tiene Michael de expiar sus culpas. Percibo su necesidad de transformarse al fin en un hombre respetable. Es transparente el amor por sus hijos. Aunque en ciertas escenas, Al Pacino toma el control sobre Michael y pierdo de vista el personaje fílmico que nunca se iba de foco en las dos partes anteriores. Es decir; a veces tengo la sensación de que estoy contemplando a Al Pacino disfrutando de interpretar magníficamente a Michael Corleone. Cuando eso es así,  me salgo un poco de filme. Cuando no es así, estoy totalmente inmerso. Echo también mucho en falta a Tom Hagen (Robert Duvall). Sin él, muchas escenas pierden trascendencia. No alcanzan los límites a los que estaban destinadas. La saga pierde continuidad. Ese empaque, seriedad y elegancia que el consejero aportaba. Diane Keaton y Talia Shire están, por otro lado, espectaculares y sobrias. Su interpretación fluye a un nivel muy alto. Aporta alas, ritmo y categoría histórica a varias secuencias. Sin embargo, encuentro toda la subtrama relacionada con el nuevo padrino un poco forzada. Andy García no está mal pero su personaje (Vincent Corleone) es, en cierto sentido, un estereotipo que no logra conmocionar. Se convierte en jefe de la familia porque lo dicta el guión. No por una lenta y cuidada evolución interior como ocurría con Michael en el primer filme. Carece de hecho del estatuto mítico tanto de Vito como de su hijo predilecto. Así que, desde luego, me alegro que no se rodara una innecesaria cuarta parte centrada en su persona. Por último, no creo que Sofia Coppola interpretara de manera tan espantosa como se apunta en muchos lugares aunque su aparición dista mucho de ser memorable. Y, por supuesto, se echa mucho, mucho de menos a John Cazale, Robert de Niro y Marlon Brando. Pretender que sin esos tres gigantes (además de la ausencia ya indicada de Robert Duvall), el último episodio de la saga llegara a tan altas cotas como las alcanzadas en los dos primeros, entiendo que era un deseo quimérico.

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A pesar de algunos de los déficits apuntados, es indudable que El padrino III es un filme elegante. Hay planos preciosos, hermosos. Me parece una muy buena decisión que la mitad de la obra transcurra en el sur de Italia. Y, por supuesto, además de su notable y suntuoso comienzo, creo que su final sino esplendoroso sí que es muy, muy, muy bueno. La escena desarrollada en la Casa de la ópera de Sicilia al compás de Cavalleria Rusticana es por momentos casi excelsa. Tirando de tópicos, la calificaría de shakesperiana. Barroca, violenta, lúgubre y trágica. Su inclusión encaja perfectamente con la trama y vida de los Corleone y ese irredento, mítico y eterno círculo de cainismo vengativo soberbiamente estudiado por René Girard en sus sugerentes ensayos. No cabe duda asimismo de que la inclusión de determinados párrocos benignos y sacerdotes diabólicos introduce un trasfondo metafísico y por momentos también casi fáustico, al intento de redención de Michael Corleone; el motivo central de un filme que pone de manifiesto la dificultosa expiación de ciertos pecados. La losa que el crimen deja en el espíritu humano en medio de un mundo tan materialista e impiadoso que hace de la Mafia un mal necesario. Una organización que, en cualquier caso, Coppola sugiere sutilmente que es casi humanista si la comparamos con otras tantas (entre ellas, el Vaticano) que controlan el mundo con mano férrea y pasan por ser salvadores morales de nuestra sociedad.

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Lo que Cristo enseñó es que la violencia sólo se acaba si alguien está dispuesto a sacrificarse y morir ya sea por sus propios crímenes o los ajenos. De no ser así, la rueda de la venganza y el crimen infinito no se detiene jamás. El padrino es una lúcida y carnal ejemplificación de esta tesis. Al final de sus días, Michael Corleone muere con las arcas rebosante de dinero pero solo, completamente solo e imbuido de dolor. Preguntándose probablemente de qué le sirvió tanto poder; para qué tanta muerte; si Dios tendrá piedad de su alma e intentando identificar si las risas que escucha en sueños son las de diablo o las de sus víctimas que lo esperan con las manos llenas de espinas y sangre en un profundo recoveco del infierno. Shalam

الأمل الأفضل خير من الحيازة السيئة

Más vale buena esperanza que ruin posesión

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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