Gravedad

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Incluso cuando era joven, Max Von Sydow parecía un hombre maduro. Alguien falto de fe y angustiado interiormente aunque con la fuerza suficiente para imponerse a sus continuas dudas. El actor sueco transmitía dureza y sensibilidad a partes iguales. Finura y recato pero también pasión y dogmatismo. Su imagen es la del existencialismo. Pero no la del francés sino la del nórdico. Ese procedente de las tinieblas, los faros nocturnos y los hielos que tanto Kierkegaard y August Strindberg sacaron a la luz cuyos efectos sobre la población en general, Ingmar Bergman se encargó de dar a conocer con rigurosidad. Básicamente, porque su rostro reflejaba un sinfín de demonios internos que vencía por un acto de voluntad ciega. Con una fé parecida a la de Abrahám cuando en un túmulo de la región de Moriah alzó su brazo para sacrificar a su hijo Isaac.

Ciertamente, Von Sydow parecía encontrarse al límite en todo momento. En un desfiladero. Podía asegurarnos, mientras se tomaba con calma un café, que acababa de hablar con la muerte hacía unos minutos y no sonaba inverosímil. No únicamente por su icónica interpretación como caballero cruzado en El séptimo sello sino por su porte y gestos habituales. Por la profundidad de su mirada y la tremenda severidad y tristeza que transmitía. Resulta difícil de hecho recordarlo riendo. Siempre que rememoro su figura, lo vislumbro serio y angustiado o preocupado. Como si vivir fuera un desafío continuo contra las fuerzas del destino y en muy pocas ocasiones, una fiesta.

Max Von Sydow era la imagen de la gravedad. Siempre fue un anciano. Un hombre sabio. Alguien que, incluso en épocas de carnaval, guardaba un ápice de desconfianza. Oteaba con desconfianza el horizonte. Lars Von Trier aceptó de pleno al proponerlo como narrador de su Europa. Una severa fábula en blanco y negro sobre nuestro continente que, aunque aparentemente se ocupaba del pasado de Occidente, en realidad vislumbraba su oscuro porvenir solidario.

Max Von Sydow era como un cuervo. Su mirada era una amenaza para el comfort y la sociedad del bienestar. Un puñal contra la socialdemocracia. Básicamente, porque sus ojos dejaban entrever los cientos de peligros que han golpeado históricamente a los seres humanos. Tras cualquiera de sus gestos, se vislumbraban epidemias de cólera y peste y sobre todo, la incapacidad de borrar para siempre el mal y el egoísmo humanos. Max Von Sydow aparecía en un casino de lujo y al momento, comprendíamos la inconsciencia occidental. La tremenda parálisis a la que conduce el exceso de dinero. Y también pensábamos al momento en guerras y batallas sin fin. En los peligros que enfrentaba la humanidad por el mero hecho de vivir. Motivo por el que, a pesar de que sus papeles más gloriosos los desarrolló junto a Bergman, siempre estuvo en candelero. Nunca salió completamente del foco de la pantalla. Pues bastaba su presencia para transmitir rigor e inquietud, miedo y desconfianza, pero también veracidad a cualquier escena.

Von Sydow era un actor muy contenido pero, a la vez, sumamente expresivo. Lo transmitía todo sin necesidad de pegar golpes y sarpullidos. Su mirada o sus profundos ojos le bastaban para confrontarnos con nosotros mismos. Guardaba un misterio en su corazón y nunca dijo lo suficiente de sí mismo como para revelarlo completamente. Daba la impresión además de ser un hombre medieval. De vivir completamente adaptado al mundo moderno pero tener en realidad el espíritu de un ermitaño. De un religioso. Algo de eso habrá porque en cierto sentido, sus interpretaciones eran actos de fé. A veces parecía más un cura que un actor porque tenía impreso en su piel un riguroso ascetismo. Era un monje de la interpretación. Cuando yo al menos lo veía en pantalla, sentía la presencia de Dios y que había llegado la hora de la plegaria. Porque Von Sydow convirtió su profesión en un acto sagrado, casi religioso. Transformó el cine en una iglesia y a los espectadores en fieles devotos hasta el punto de que lo que menos nos importaba era su vida personal porque su excelencia interpretativa nos hacía pensar que no gozaba de ella. Que Von Sydow era una figura artística en movimiento. La llama de Dios advirtiendo al mundo moderno de su estulticia. Shalam

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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