Gritos

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Que no provoca quien quiere sino quien puede lo demuestra perfectamente un filme como Gritos y susurros. Un aullido cinematográfico que me obliga a detener el reproductor durante uno o dos minutos y tomar aire cada vez que lo contemplo incapaz de soportar su intensidad y ciertas escenas de un refinamiento diabólico que asusta. A lo que sin dudas contribuye la exuberante y opresiva fotografía de Sven Nykvist y el color rojo de la mansión donde se desarrollan los acontecimientos. Ideales para retratar la dolorosa menstruación que esta película es. Simbolizar la angustia y el tremendo orgullo con el que la burguesía aniquila el amor y describir un mundo enfermo en el que nadie se encuentra sano a excepción de la criada. De hecho, el cáncer que corroe a Agnes no debilita y corrompe únicamente su cuerpo sino que se extiende por todo el ambiente y al mismo tiempo recibe las ondas depresivas, suicidas y asesinas de sus hermanas y los amantes y maridos de estas.

En realidad, Gritos y susurros no es una película perfecta. Pero sí de las más vivas de Bergman. De las más lesivas. De las menos teatrales. Su decadencia putrefacta y maquiavélica es real. Es aniquiladora y destructiva y puede rastrearse tanto en las más negras creaciones de David Lynch como en las de Lars Von Trier o Michael Haneke. Con esta diabólica obra de cámara, el director sueco alcanzó un abismo estético que nunca ya pudo superar. Lo siguiente hubiera sido filmar el más allá. Acceder a los infiernos. Filmar un encuentro amoroso entre Satanás y sus víctimas laceradas o describir cruelmente el sufrimiento de un hombre torturado psíquica y físicamente. De hecho, creo que a partir de haber engendrado este negro y al mismo tiempo colorido brote demónico y esquizofrénico, Bergman comenzó lentamente a despedirse del cine. Inició su epílogo como creador cinematográfico que se extendió no obstante durante algunas décadas más en las que legó obras maestras como De la vida de las marionetas y Fanny y Alexander y aún le dio tiempo a rodar esas dos inquietantes y hermosas codas que fueron En presencia de un payaso y Saraband.

Gritos y susurros es un delirio. Lo más parecido a una novela de Thomas Bernhard que rodó jamás Bergman. Una película de terror disfrazada de drama existencial. Una pesadilla que dejaba en ridículo en unos cuantos minutos al Exorcista poniendo de manifiesto todos sus tramposos sustos y trucos de feria y al mismo tiempo liberaba y exponía sin miedo alguno toda esa la locura moral que en Como en un espejo o en El silencio aún se encontraba en cierto modo bajo control.

Hay secuencias en la película que casi me hacen vomitar. El rostro de sufrimiento de Agnes es insoportable. Es una llaga tan poderosa que me ha obligado más de una vez a terminar de golpe su visionado. Todo es asfixiante en esta obra que alcanzó una fama inusitada porque por una vez Bergman además de ser sutil también era truculento. Extremo. Era por momentos tan excesivo como el Fassbinder más decadente y repulsivo e iba siempre un poco más allá de la sugerencia. Filmaba secuencias en las que el lesbianismo entre hermanas era más que una insinuación, las auscultaciones de los médicos a las pacientes eran lascivas y los abrazos cariñosos eran prácticamente fogonazos de incestuosa sexualidad. Ofreciendo un mapa infernal de un territorio en el que tanto la lujuria y la castración como la virginidad y la prostitución y la riqueza y la destrucción devenían sinónimos y únicamente era posible hallar cierta pureza y paz en los tormentosos gritos y recuerdos de una mujer desquiciada por una enfermedad que era reflejo de su opresivo entorno familiar y su hostigante mundo interior. Shalam

الفلاسفة هم أولئك الذي الفلاسفة هم أولئك الذين

Son filósofos aquellos capaces de analizar su locura.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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