Hadas rotas

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De Georges Franju se dice que fue capaz de hacer cine inclasificable. Sus películas no se corresponden con ningún género en concreto. No son ni fantásticas ni terroríficas ni surreales ni expresionistas. Tal vez porque, ante todo, fueron francesas. Un género cinematográfico en sí mismo. Aunque tampoco es ajustada esta definición puesto que Franju evitó con maestría los grandes peligros del cine galo: su extrema sofisticación e intelectualismo. Franju se conformó con ser elegante e inquietante y de seducir y sugerir sin necesidad de ser solemne ni opaco. El gran problema de Resnais o Godard -por citar algunos nombres- es que convirtieron su estilo en marca y sus manierismos y hallazgos en sellos. Pesadas cadenas que los transformaron en determinados momentos de su carrera en parodías de sí mismos. Con Franju, -al igual que con Jean Cocteau- sin embargo, no sucede lo mismo. Tal vez porque Godard, Resnais o el mismo Rivette estaban empeñados en que el espectador los considerara genios. Hacían películas parecidas a teoremas cuyo objetivo parecía ser desafiar a la crítica y no tanto el goce. Y sin embargo, Franju dejaba total libertad al público. Sus historias podían internarse por los recovecos más sinuosos pero él siempre las cortaba de manera precisa. No permitía que se alargaran. En cierto sentido, fue el Erik Satie del cine. Un hijo del mago Méliès. Un Magritte mucho más contenido y racional. Más tímido si se quiere. Le bastaban dos o tres planos para crear ambientes y texturas misteriosas. Transformar un paisaje nocturno en un carnaval ensombrecido que presagiaba futuros lamentos y la silueta de un animal en un cuerno de unicornio.

Los ojos sin rostro es sin dudas, una de sus obras maestras. Franju es capaz de convertir una historia de terror en un cuento de hadas sombrío. Transfigurar el dolor en daño y la soberbia en lástima y compasión. Franju describe con sobriedad la vida de un asesino torturado: el doctor Génessier. Un médico con aires proféticos obsesionado con reconstruir el rostro desfigurado de su hija tras un accidente. Franju retrata al monstruo pero no lo juzga. Se conforma con mostrar su sufrimiento. Penetrar en la oscuridad con cierta inocencia que permite vislumbrar con claridad el alma del enfermo. Un ser cuya angustia cualquier otro cineasta hubiera deformado hasta la caricatura. Tim Burton por ejemplo, lo hubiera hecho estallar de cólera una y mil veces, retratando en primer plano su rostro airado. Y muchos cineastas norteamericanos lo hubieran transformado en un perverso psycho killer. Alguien entre Hannibal Lecter y Norman Bates. Pero Franju lo deja ser y hacer. Lo describe con absoluta normalidad. Casi con la sobriedad del funcionario y el documentalista. Dejando que sus propios gestos lo delaten y que las galerías sombrías de la vetusta mansión en la que vive, terminen por configurar su retrato.

Los ojos sin rostro es una película con corazón de relato romántico. Se encuentra filmada de forma austera aunque su contenido y ambiente rememoran ciertos relatos de E.T.A. Hoffmann. Pero, sobre todo, es una película absolutamente vigente. Se dice que el mágico filme de Franju fue el inicio del género “gore”. Y es bien sabido que Billy Idol compuso una de sus más hermosas canciones “Eyes without a face” emocionado tras contemplar esta trágica historia. Una obra que es, en cierto modo, la antítesis de La Bella y la bestia. Un ataque a los cuentos tradicionales. Una mezcla imposible entre el cine negro y el de terror. Un relato opresivo en el que los cementerios dan sensación de seguridad, los hospitales parecen cárceles y transmiten malestar y los ladridos de los perros provocan pena. Se asemejan a los lamentos de reos ciegos, encerrados en tierras extrañas. Y por otra parte, la sutil y evanescente banda sonora compuesta por Maurice Jarre se convierte casi en un personaje más. Llena de contenido los escasos momentos huecos del filme y contribuye a profundizar en las dudas e incertidumbre de una joven mutilada presa de la desgracia y el afán posesivo de un padre tiránico.

Los ojos sin rostro es una película capaz de filmar la inquietud. Una bella y macabra poesía sobre la fragilidad. Pero no es cine poético. Es una maligna sinfonía llena de belleza. Un ballet fantástico transformado en una novela policíaca. Un retrato de la megalomanía y la opresión. Es un folletín decimonónico con máscara de obra mayor. Una película con vocación operística que desciende a los infiernos y entona un secreto cántico por las almas de los lastimados. La asfixia de los condenados. Es, en definitiva, una maravilla que convierte el terror en un objeto sacro y bello. Aire misterioso. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ 

Los ancianos dan buenos consejos porque no pueden dar buenos ejemplos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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