Hombre muerto

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En gran medida, Dead man’s letter es la película que hubiera podido ser Sacrificio si en el film de Tarkovsky hubiera estallado el conflicto nuclear entre naciones. Si en vez de realizar un canto a la vida como testamento, el cineasta ruso hubiera ahondado en las dimensiones de la catástrofe. Se hubiera preguntado cómo sería la vida tras el estallido atómico y hubiera llevado a cabo una obra centrada en los supervivientes a la destrucción. En cualquier caso, en Dead man’s letter se siente el aliento de Tarkovsky, cierta mirada interrogante al humanismo terminal pero, sobre todo, desesperación.

La película de Kostantin Lopushansky -a quien es tradicional presentar subrayando que fue director asistente del maestro en Stalker– es un retrato sumamente pesimista (y seguramente consecuente) del alma humana. Rodada bajo la constante amenaza de una tercera y definitiva guerra mundial y bajo el traumático impacto de Chernobyl es una película donde apenas se escuchan lamentos. Por ejemplo, los monólogos del profesor Larsen, Nobel de Física, mientras escribe cartas a su hijo desaparecido, atiende a su esposa convaleciente y se pregunta por las razones de la catástrofe: ¿Qué es lo que el ser humano hizo con la libertad y el don que se le concedió? ¿Cómo poder explicar este delirio consumado?

Lopushansky muestra el mundo destrozado y convertido en un estercolero de metal. Un fábrica de desasosiego. Un anárquico centro penitenciario donde apenas existe más esperanza debido a la radiación, que encerrarse en una caja durante décadas. Hay habitaciones llenas de niños malformados cuyos gritos -que por momentos dan la impresión de haber podido ser risas- provocan espanto. Guardianes alienados que ni en las condiciones más desastrosas han ablandado su corazón. Y seres ajenos a la compasión que, en medio de la catástrofe, vislumbran la forma de hacerse con el control de la sociedad o lo que resta de esta. Entre medias, apenas vemos partes del mundo derruido. El asombro frente a decenas de libros escritos que no fueron capaces de frenar la hecatombe y las dudas sobre cómo será la nueva cultura en un mundo donde cualquier valor y noción tradicional han quedado exterminados y tal vez la quema de una obra de arte contribuya más a la mejora humana (si es que esto es posible de algún modo) que su conservación.

En Dead man’s letter, los niños no hablan porque están muertos, enfermos o temerosos. No saben qué hacer ni hacia dónde ir. Aunque únicamente en sus rostros se percibe cierta esperanza. La valentía de quien lo ha perdido todo y puede, por tanto, arriesgarse a morir. Recorrer los vestigios de un mundo que muy acertadamente, Lopushansky filma en tono ámbar. Subrayando su pérdida de color, la malformación del aire y su ambiente malsano.

Tal vez Dead man’s letter no sea una obra maestra. No llegue al nivel de profundidad metafísico -algo muy difícil por otra parte- de las obras de Tarkovsky pero es sincera. Transmite con exactitud la atmósfera que recorría Rusia desde mediados de los 80 entre el ocaso del comunismo y las amenazas de guerra. Testimonia el descalabro del humanismo y convierte la ciencia ficción en una leve rama extraída del tronco de la realidad. Una anunciación no tanto del futuro sino del presente que ya está siendo. El Apocalipsis metálico. Shalam 

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Jamás dice la naturaleza una cosa y la sabiduría otra

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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