Ibañez Menta

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Hace poco leí que Narciso Ibañez Menta no llegaba al 1,65 de altura. Un dato que realmente me sorprendió porque, debido a su magnetismo personal, yo al menos le echaba diez o quince centímetros más. Siempre lo concebí como un gigante y no podía creer, por tanto, que su estatura no fuera mayor que la de la media de mortales. Una anécdota que entiendo que da la idea de su dimensión como actor y de su imperiosa personalidad.

Narciso era capaz de llenar la pantalla con un gesto. De recabar toda la atención del espectador con dos o tres frases. Salía él e, inmediatamente, dotaba de respeto e interés a la escena. No creo estar siendo excesivamente fanático al decir que, salvo excepciones, a muchos de los episodios de Historias para no dormir en los que él no aparece, les falta algo. La mayoría de ellos son notables y no sobresalientes porque se encuentran desprovistos del toque trascendente, casi mítico, que él imprimía. Era tan perspicaz, estaba tan sobrado, que lograba transformar personajes trasnochados, un poco ridículos y risibles, en dignos y hacer que diálogos inverosímiles se convirtieran en catecismos totalmente creíbles. No sólo por su talento sino debido a su tremenda profesionalidad. Esa que le hacía siempre destacar tanto en un película de segunda fila como en una superproducción o una serie de televisión acompañado por mejores o peores compañeros de profesión.

Pocos, muy pocos actores he sentido que tuvieran un dominio tan excelso de sus cuerdas vocales como Narciso. Su voz salía de muy adentro. Creaba tensión en cualquier situación, llenaba todo el espacio sonoro, era envolvente, tenía eco, creaba misterio y lograba transmitir innumerables sensaciones: miedo, desgana, apatía, locura, etc. Era la voz ideal para generar incertidumbre tanto en medio de situaciones terroríficas como en otras totalmente normales y cotidianas. Era tan profunda de hecho que a veces se confundía con la del narrador de la historia. Narciso imprimía siempre las pausas justas y el tono adecuado en su dicción. Era sutil pero contundente. A veces hablaba muy lentamente y otras muy rápido. Pero, generalmente, siempre lo hacía como debía para provocar el efecto deseado en el espectador. Lamentablemente, nunca pude verlo actuar en un teatro. Sin embargo, imagino que, a pesar de su pequeño tamaño y su proverbial delgadez, desbordaría la sala con su carisma y su voz se escucharía con total y absoluta claridad en los lugares más alejados de los gallineros. Porque esa voz era rotunda y profunda. Era un puñetazo literario tan sibilino que estoy seguro que, de proponérselo, hubiera logrado hipnotizar y hacer dormir a los espectadores.

Narciso Ibáñez era nuestro Boris Karloff pero también nuestro Clark Gable. Obviamente, no en cuanto a su físico pero sí en cuanto a su capacidad de sacar adelante lóbregos papeles en películas de bajo presupuesto como de interpretar con total soltura roles dramáticos más cercanos al cine de autor. Yo suelo compararlo también con Federico Luppi. Alguien que no desentonaba ni en los filmes más ridículos ni en los más pretenciosos. Narciso al menos siempre se encontraba en su sitio. Manejaba él la situación y casi que parecía dar indicaciones sobre los movimientos de la cámara (algo, por otra parte, normal puesto que durante años fue director de teatro) mientras le hacía constantes guiños a los técnicos.

Su etapa en Argentina fue esencial para su crecimiento. Narciso se encontró como pez en el agua en la culta Buenos Aires de mediados del siglo XX. Se convirtió en un porteño más y en un icono del cine de terror de la época. Terminó de aprender todos los aspectos y recursos de su profesión y, lógicamente, cuando regresó a España a principios de los años 60 se comía al resto de sus compañeros. Estaba a un nivel bastante más elevado que ellos. El podía haberse podido codear perfectamente con los clásicos actores de la Hammer o la Universal y muchos de sus colegas únicamente podían aspirar a hacerlo con él. Ciertamente, Narciso desprendía cultura, sabiduría y saber estar por todos los costados y además, fluía sin cesar. Tenía fama de metódico y supongo que no sería difícil de enojar pero, en esencia, lo vislumbro como alguien demasiado inteligente como para mantener su enfado durante mucho tiempo o caer en fruslerías. En realidad, había algo fáustico en él. Era una persona natural pero también muy elegante. Casi señorial. El actor ideal para encarnar al demonio, a Drácula o a Louis Cyphre (El corazón del ángel) y hacerlo además, sin despeinarse en exceso. Con absoluta sobriedad y seguridad; como quien ha nacido principalmente para ese cometido. Shalam

لا يأتي الموت أكثر من مرة ، لكنه دائمًا ما يشعر به

La muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir siempre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: soy el asesino del paraguas-estilete(una de las noches para no dormir) y detras de mi no paran….. acaso no saben que esto es infernal y que soy ibañez menta……………………..
    2ºimagen: se ha roto la maleta y ha salido todo (cualquiera de los hermanos cohen)………..jajaaaa
    3ºimagen: no se si reducir tu craneo con estas manos o con agua a 100º!!!, baby…..(estoy escuchando el “sings elvis” de g.danzig……(su sonido es muy ambientado)………..

    • Sí. Como te comento, a mí fascina ese sentido homenaje a Elvis. Muy buena la imagen de la maleta y de que se ha salido todo. Asesino del paraguas-estilete —no recuerdo ese capítulo… abrazo.

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