La calle

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La ley de la calle es una mezcla entre Salvaje, un relato de William Burroughs y Graffiti Bridge. Una obra que se encuentra detrás de la mitad del cine independiente norteamericano. Crudas epopeyas como My own private Idaho serían probablemente inconcebibles sin esta oscura reflexión sobre el fin de la rebeldía y la era beat. Un filme mítico no por caprichos de la época y el público sino porque posee un aliento sobrenatural. De hecho, es una de esas magnéticas obras que no se pueden explicar. Hay que vivir en ellas. Sentirlas. Experimentarlas. Un relato de ángeles caídos y reyes destronados sobre el que Rainer Maria Rilke tal vez se hubiera animado a realizar un poema de haberlo visto. Porque, a pesar de que sangran, pelean, se drogan y fornican, sus personajes no parecen humanos sino espíritus. Sombras evanescentes que no encuentran su acomodo en el mundo. A lo que contribuye sin ninguna duda el lirismo con el que se encuentra narrado. Mezclando distanciamiento por momentos brechtiano, drama existencialista y elementos de musical con la rotundidad y contundencia propia de un filme de Orson Welles.

Coppola visualizó la historia como si se tratara de un cuento de hadas. Combinando artificio y magia con inmensa maestría. Cuando la rodó además no cesaba de innovar y buscar la perfección. Hacía poco había fundado los estudios Zoetrope y estrenado Corazonada y se encontraba en la vanguardia tanto artística como tecnológica de su época. Algo que se percibe tanto en los efectos sonoros como en la fotografía completamente adelantada a su tiempo o en múltiples detalles como la condensación de la imagen y la utilización del tiempo y de los extras. Lo mejor de todo es que, aunque existe un impresionante trabajo técnico detrás de La ley capaz de convertir un paseo callejero en un nocturno viaje dantesco, el filme desprende autenticidad por los cuatro costados. Sabe a fracaso y alcohol. A camiseta sucia. Es una cueva bohemia. Un violento y negro bar dedicado al olvido. William Shakespeare pasado por el filtro del desencanto moderno y la desgracia. Es, sí, la película perfecta para que un adicto a la heroína se la ponga en bucle mientras se dedica a explorar sus cánceres personales.

Por otra parte, los actores están desbordantes. Se comen la pantalla. Matt Dillon es un látigo. Dennis Hopper un tizón. Nicholas Gage un tiburón. Diane Lane una oscura tentación. Y Mickey Rourke transmite un fascinante aura. No parece humano. Se encuentra en otra dimensión. Parece proceder del más allá. Las melodías compuestas por Steward Copeland son inquietantes. Los pececitos de colores darían para varios enjundiosos pasajes de un libro de Enrique Vila Matas. Y los diálogos son directamente bombas metafísicas. Se encuentran plagados de lánguidas y melancólicas frases que lo mismo remiten a la vida personal de Rusty James y la de los pandilleros como al destino de la humanidad. De hecho, en gran medida, son puñaladas nihilistas. Reflexiones sobre la ausencia de Dios y el exilio humano. La expulsión paradisíaca. El destierro infinito. Son prácticamente versos bíblicos sobre el fracaso y el espíritu de rebeldía norteamericano llenos de tristeza y soledad que ponen el corolario perfecto a un filme único. Poético y violento. Una profética, callejera y sangrante iluminación de Rimbaud sugida en medio del ocaso beatShalam

يمكنك أن تثق الناس سيئة. لا تتغير أبدا

Se puede confiar en las malas personas. No cambian jamás

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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