La carcoma

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Basta una sola mirada de Isabelle Huppert para entender no sólo que nuestra sociedad está podrida sino que no tiene remedio. Porque el rostro de la actriz francesa es una fría exposición de la decadencia occidental. Del olor a carcoma del edificio burgués. Una prueba incontestable de que la Comunidad Económica Europea está condenada a saltar por los aires antes o después y del veneno instalado en el sistema de bienestar. Las miradas de Isabelle me recuerdan a frases de Thomas Bernhard. Son mareantes y angustiantes. Vendavales. Tanto que, finalmente, me hacen reír. Me imagino en una habitación vacía, condenado a mirarla fijamente a sus ojos durante horas y no puedo cesar de carcajearme. Porque su mirada refleja con tanta frialdad y exigencia, con tanta intensidad, la náusea que provoca la existencia que, finalmente, convoca el absurdo. Esa fiesta salvaje que invita a poner en entredicho la justicia, la educación y cualquier ideología. A destruir tanto el odio como la complacencia. La virtud y la servidumbre.

Isabelle tiene algo especial. Le basta una sola mirada, un pestañeo para inquietar. De hecho, me provoca más estupor cuando la observo sonreír tranquila en medio de una plácida escena que cuando, por ejemplo, acaricia un vibrador o un látigo pensando en sus amantes. Isabelle ejerce de sumisa en una relación viciada o de castigadora de la sociedad burguesa con tanta naturalidad que ha logrado algo muy difícil: transformar las perversiones en hechos cotidianos. De hecho, verla comer, pasear o hablar ya es en sí mismo una perversión. Porque es capaz con tan sólo una mueca de sus labios de mostrar tanta sordidez como una prostituta esperando a un cliente en medio de un triste descampado. Isabelle ha conseguido convertirse en el mayor reclamo de cualquier película en la que aparece. Había escuchado hablar, por ejemplo, maravillas de Elle, la última película de Paul Verhoeven, pero, en realidad, si no fuera por su presencia, sus miradas, exabruptos e insinuaciones, la película sería insufrible. Es Isabelle quien le da fuste y sentido a la obra. Quien la hace corrosiva y no permite que desbarranque totalmente. Porque, de alguna forma, es la viva imagen del cine europeo. Del final de la civilización pero también, de la saña y rabia con la que se resiste a caer.

Isabelle Huppert es un referente para muchas mujeres modernas. Pero creo que más por las circunstancias y el azar que por convicción. Porque su “aura” pertenece más al siglo XIX o al período de entreguerras que al actual. De hecho, no me cuesta nada visualizarla protagonizando tanto una novela de Joris-Karl Huysmans o el famoso libro de von Sacher Masoch como ejerciendo de modelo e inspiración para un lienzo de Modigliani o Paul Klee. Y podría, a su vez, imaginarla perfectamente como musa de Rainer Werner Fassbinder de haber coincidido con el cineasta germano en el tiempo. Porque Isabelle es el arcángel del tedio. La diosa de la frigidez. Un afilado puñal que con un gesto nos muestra con absoluta claridad lo que es el asco y la repugnancia. Los excrementos que la elegancia esconde. Una mujer que no importan los abismos que visite o las crueldades que se vea obligada a cometer, siempre permanece impasible. Como si fuera tan habitual realizar una lluvia dorada a un amante o emprender una relación incestuosa como comprar fruta o ir a la peluquería. Shalam

ذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

El rey no come si los campesinos no labran

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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