La fuga de Alicia

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Claude Chabrol fue un cineasta capaz de diseccionar a la burguesía francesa con precisión de cirujano y de radiografiar con excelencia el mal -germen del fascismo y la intolerancia- surgido en las pequeñas poblaciones. Chabrol filmaba los gestos de los burgueses y comerciantes como si estuviera llevando a cabo una película de cine negro. Oteando en sus movimientos de manos, sus conversaciones aparentemente vacuas o la forma de vestirse y caminar, una ideología y, sobre todo, las raíces de una enfermedad.

Se ha comparado muchas veces a Chabrol con Balzac y la analogía sin ser totalmente exacta pues, al fin y al cabo, crearon sus obras en siglos distintos con circunstancias muy diferentes, creo que es acertada. Ya que, de alguna forma, una retrospectiva de su filmografía completa podría titularse con el nombre del amplio, inmenso ciclo novelístico dedicado por el fastuoso novelista a la burguesía en efervescencia del siglo XIX: la comedia humana. Ni Godard ni Truffaut -por citar algunos de sus contemporáneos- describieron con tanta eficacia las patologías y comportamientos viciados de sus personajes como lo hizo Chabrol. Quien, en determinados momentos, parecía un policía tras la cámara o un narrador que disfrutara más describiendo que contando hechos, sabedor de que en los pequeños detalles se encontraba la clave para crear personajes creíbles. Hacer que todas las piezas de sus lujosos vestidos cinematográficos encajasen a la perfección.

Chabrol, en cierto modo, fue el Hitchcock del cine francés. Un racional descriptor de psicóticos y enfermos. Creador de tramas enrevesadas a mitad de camino del tratado moral y la novela policíaca; los textos de Georges Simenon y el ya mencionado Balzac. Y por ello es, desde luego, sumamente sorprendente encontrar en su amplia, vasta obra, una película del cariz de Alicia o la última fuga. Una deliciosa, delirante miniatura fantástica que amplía los límites de los subterráneos de la cuarta dimensión. Cine de arte y ensayo a mitad de un cómic de Manara y un delicado lienzo de Salvador Dalí.

Como su nombre indica, Alicia o la última fuga es la particular relectura de Chabrol de la obra de Lewis Carroll. Por lo que, consecuentemente, nos encontramos ante un ballet surreal. Una sugestiva enredadera artística. Una odisea mortal por el castillo de la imaginación protagonizada por una inocente y bella Silvia Kristel cuyos rasgos aun adolecentes confieren al personaje el tono justo de etérea fragilidad que era necesario para suspender la credibilidad de la narración y situar la película en ese limbo a mitad de camino de la alucinación y la fatalidad.

Obviamente, la lectura que lleva a cabo Chabrol de la obra de Carroll es totalmente libre. Por lo que aquí no nos encontramos con sombrereros locos sino con personas normales que, aun así, se encuentran llenos de enigmas y secretos. Son el inconsciente hecho carne. Un trazo de un lienzo de Magritte caminando por la pantalla. Una mezcla entre un personaje de Buñuel y otro de Eric Rohmer en medio de un palacio y paisajes cuyas luces y sombras recuerdan levemente a la obra del marqués de Sade.

Por tanto, nada en la película responde a lógica alguna y ningún acto encuentra explicación hasta el perturbador y tal vez previsible final. Y eso provoca un delicioso clima de libertad que, aun sin ser explotado al máximo, hace de la contemplación de la película, un placer. Una especie de merienda en domingo en el centro de un jardín donde caminan a paso lento unicornios, caballeros medievales u hombres sin ojos que aun así, parecen vigilarnos con total atención.

Alicia o la última fuga es una película sumamente sugerente que tal vez no lleve hasta el límite su propuesta pero, aun así, provoca cierto asombro y sonrisas. Ciertamente, creo que es un filme que habría gustado mucho a los representantes del teatro negro de Praga. Y, desde luego, que sería un verdadero placer contemplarla en una tienda de disfraces o en el sótano de un teatro cerrado. Porque como muchas de las deliciosas obras de arte surreales no creo que pueda ser totalmente disfrutada en nuestros hogares o un cine tradicional. Merece la pena buscar nuevos y atípicos emplazamientos para su contemplación. Y sueño con algún día poder verla en un inmenso castillo lleno de espejos que consigan reflejar decenas de veces las fantasmagóricas siluetas de Kristel, reforzando así el sentido y significado del fúnebre y sorprendente recorrido de esta sensual Alicia por el purgatorio. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Todo el mundo desea ser feliz; pero no que lo sea todo el mundo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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