La hamburguesa

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El cine de Quentin Tarantino es como una hamburguesa. Yo recuerdo que cuando era niño, moría de envidia cuando mis amigos me comentaban que sus padres les habían llevado a cenar a un McDonald’s o cuando alguno de ellos venía de jugar de unos inmensos recreativos y había restos del tomate de un perrito caliente en su rostro. También recuerdo que varias de las noches más felices de mi niñez se encuentran relacionadas con películas que no son precisamente referencias de alta cultura: Terminator, Tarzan, CobraKarate kid o Rocky. Haberme tirado al suelo bailando la sintonía de series como Los ángeles de Charlie o Misión imposible y estar ansioso por completar colecciones de cromos de motos y coches fardones. Pues bien, el aspecto que más me fascina del cine de Quentin Tarantino es precisamente ese: que sus películas consiguen que tenga una sensación parecida a la de aquellos momentos. Y lo hacen ahora que soy un adulto.

Todos sabemos lo malo que es comer una hamburguesa. A mí, realmente, me dan asco. Pero me basta con escuchar, leer o ver el nombre de Quentin Tarantino para sentir ganas de tomar una. Rememorar esa sensación tan especial que tenía en mi infancia cuando veía el ketchup, la mostaza y la carne recién hecha. Motivo por el que pienso que todas las hamburgueserías deberían tener o bien colgados posters de sus películas en sus paredes o bien servir hamburguesas con su titulo o el nombre de sus personajes, y estoy seguro de que sufriría mucho si me prohibieran ver cualquiera de sus nuevas obras y tuviera que soportar que mis amigos me las contaran. Porque lo que ofrece su cine es algo difícil de encontrar actualmente: diversión. Cuando veo sus filmes, de hecho, tiendo a sentirme lleno. Percibo que al salir del cine, suelo tener uno o dos kilos de más. Porque Tarantino posee una virtud muy americana: no nos pregunta si nos gustan las hamburguesas. Lo da por hecho y nos sirve una gigantesca. Tan grande que la grasa chorrea por todos los asientos. Y por eso creo que si Tarantino fuera peluquero, sería de esos que llenarían nuestros cabellos de laca y spray y de ser chófer, su coche sería enorme y tendría un equipo de sonido que haría que el volumen resonara por todas partes. Pues es cualquier cosa menos alguien contenido. Es el monstruo de las galletas del mundo cultural. Un depredador. Hace películas con la actitud del niño que, cuando llega la Navidad, exige a sus padres que le compren todos, absolutamente todos los juguetes del catálogo y todavía es capaz de pedir más o ponerse a llorar si ve que uno de sus amigos posee uno que él no tiene.

Tarantino crea obras maestras con la basura. Con lo desechable. Porque, en realidad, lo que busca es gozar. Una película de Tarantino es como follar con un desconocido y hacerlo con condón y en una habitación de hotel. Nadie espera ni pide nada. Sólo se disfruta el momento y ya. Se exprime la noche. Algo parecido a lo que ocurre al montar en los coches de choque. Se viven esos dos minutos al máximo, se empuja, golpea el auto cuantas veces sea posible contra el de otros conductores y a otra cosa. Por eso el Tarantino más grande es el descerebrado. El más instintivo. Pero por eso mismo también, cuando se pone serio, es igualmente genial. Porque nunca pierde su instinto asesino. Al niño terrible. En todas sus películas es posible hallar el inconfundible sabor a hamburguesa. La sensación de consumir un producto desechable que, sin embargo, nos depara momentos inolvidables. Y por eso creo que sin los detractores de Tarantino, la experiencia Tarantino está incompleta. Porque su cine es tan visceral y alocado que consigue que los espectadores seamos adolescentes por un rato y los críticos se conviertan en nuestros padres. Gente aburrida ensimismada con un ensayo de Deleuze incapaz de mover los pies con un tema de James Brown.

En realidad, si soy sincero, las películas de Tarantino no me gustan tanto por ellas mismas como por lo que consiguen hacer con la cultura popular más minusvalorada. Porque logran que cuando vea una peli de karate piense en él. Y también cuando contemplo un western o un filme de cine negro. Consiguen que una viñeta de cómic y una cerveza  tengan el sello de Tarantino y también un Mustang, James Dean y una cazadora negra. Sé que Tarantino aspira a mucho más. Que ha hecho un western maravilloso y ha filmado varios clásicos contemporáneos pero tiendo a visualizar su cine como un jukebok de imágenes que no nació para ser proyectado en Cannes sino en un club o una discoteca. Pues, en realidad, no hace películas sino canciones. Temas de esos de Isaac Hayes o Randy Crawford que sonaban en las discotecas y los McDonald’s cuando las discotecas eran discotecas y los McDonald’s, McDonald’s. Shalam

إِنَّمَا الْمَرْءُ بِأَصْغَرَيْهِ: قَلْبِهِ وَ لِسَانِه

La felicidad no brota de la razón sino de la imaginación

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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