La mamá y la puta

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Hace unos años escribí para el nº11 de la revista El coloquio de los perros, un artículo sobre La mamá y la puta. Una película que me obsesionó -aún no muy bien por qué- durante mucho tiempo. De hecho, durante una época me dejé el pelo a lo Leaud, llegué a ver determinadas escenas varias veces al día y en alguna visita a Francia no sólo compré los escasos libros publicados sobre ella y su director sino que llegué a desplazarme por donde lo hacían los protagonistas buscando que su magnetismo se entremezclase con mi aura. A tanto llegó la fiebre que hasta que no hice este texto no conseguí quitarme sus imágenes de mi cabeza fascinado como me encontraba por los diálogos entre sus protagonistas así como la autenticidad con que su director, Jean Eustache, filmó sus rituales cotidianos y sus paseos por una París sórdida y surreal.

Dejo a continuación el artículo con sus correspondientes modificaciones no sin antes advertir que el mismo no refleja en absoluto la locura que sentí por este film. Es más bien una racionalización necesaria, una puesta en perspectiva de una fascinación que prometía volverse amenazante si no ponía entre ella y yo el espacio adecuado.

Eustache o el suicidado por la sociedad.

Los manipuladores de la publicidad con el cinismo de aquellos que saben que las gentes son llevados a justificar las afrentas de las cuales no se vengan, le anuncian hoy tranquilamente que “cuando se ama la vida, se va al cine. Pero esta vida y este cine son igualmente poca cosa; y es por ello que son efectivamente intercambiables.

(Guy Debord, In girum imus nocte et consumimur igni)

Si hay una película a través de la que se pueda constatar el fracaso de gran parte de los postulados levantados en mayo del 68, esta no es otra que La mamá y la puta (1973). Algo esperable teniendo en cuenta su creador: Jean Eustache. Un director que supo condensar y sintetizar en su arte mucho de lo más veraz y real que el cine francés nos ha legado: desde los hermanos Lumière -de los cuales era un ferviente admirador-, pasando por Jean Vigo hasta la incombustible fisicidad del cine de Pialat, los severos y rigurosos encuadres de Bresson o los manifiestos nihilistas de Guy Debord. Por lo que parece lógico que, cuando se dieron las condiciones adecuadas, el cineasta galo pudiera parir una obra maestra como ésta a través de la que radiografió los fracasos y decepciones con los que se encontraron los jóvenes post-68 tras el estallido del maremoto revolucionario.

La mamá y la puta es tanto una obra de culto como de referencia cuyos fotogramas se encuentran detrás de algunas de las más lúcidas aventuras artísticas del cine francés. Por ejemplo, Philippe Garrel no puede evitar citarla continuamente, ya sea a través de la planificación de muchas de sus secuencias o el discurso de sus personajes. Y resulta imposible realizar una mirada crítica de la evolución de esta cinematografía en las últimas décadas sin detenerse a radiografiar las aristas del film de Eustache. Un hombre que como Debord y antes Antonin Artaud, llevó al límite su lucha contra la esterilización que el mercado pretendía hacer de las fuerzas matrices de todo arte, de toda vida; se atrevió a realizar una crítica áspera y sin concesión alguna al sistema capitalista al que se opuso; y desarrolló un contra-lenguaje artístico -más allá del discurso poético-simbolista o surrealista- para atentar contra la sociedad de consumo. Alzado, por tanto, frente a los sueños de grandeza capitalistas, se empeñó en radiografiar con crudeza el verdadero “pathos” estéril de una década y sociedad que se quisieron concebir rebeldes y fueron mucho más mansas y serviles de lo que parece. Y siendo capaz además de cultivar el anarquismo en un tiempo en que el marxismo era casi religión, fue lo suficientemente lúcido como para advertir que había construido su cine gracias a muchos de los atributos sociales que denunciaba en sus films. Lo que, al entender que no había salida ante esta contradicción, puede que precipitara su suicidio. Acaso buscando paz para una conciencia donde, como en la obra de Sade, la idea de Dios había dejado de existir a golpe de látigo.

En esencia, La mamá y la puta se construye desde la imposibilidad que sus personajes poseen de adaptar su lenguaje a la realidad, a partir del vacío que deja el fracaso de una revolución en los jóvenes que, aunque sólo fuera durante un instante, quisieron creer en ella. Y muestra de manera clarividente que lo que queda después de una revolución -parafraseando a Bernardo Bertolucci- no es muy distinto de lo que había antes de ella. Ni el vértigo, el vacío o la angustia han desaparecido. Tan sólo se han agrandado y han abierto la fosa del aburrimiento. Y ese es uno de los grandes méritos de la película de Eustache: dibujar el aburrimiento, el vacío como, asimismo, el exacto momento en que toda una sociedad advierte el fracaso de sus rebeldes sueños, se pliega ante la nueva situación y se dedica a olvidar. El haber sabido retratar no sólo el desencanto y las contradicciones de aquellos estetas y burgueses revolucionarios sobre los que ironizara Pier Paolo Pasolini sino, a su vez, cómo el olvido fue penetrando en la conciencia de toda una generación frustrada.

De hecho, ahí se dirige el discurso de Eustache: a cuestionar la realidad que tanto él como Debord sentían opresora y traidora para poner en imágenes el momento justo en que el sistema está engullendo a quienes con más ferocidad se opusieron a él. Por lo que no resulta difícil seguir la pista de toda una generación en los paseos sin finalidad alguna de Alexandre como en los rostros que se dibujan en el fondo de los bares y terrazas de París abrazados con resignación complaciente a una cerveza, un café, unos cigarrillos.

Realmente, creo que gran parte de la verborrea que caracteriza a Alexandre, surge por su necesidad de completar el hueco que hay detrás de todas las preguntas que el movimiento revolucionario que originara mayo del 68 no pudo contestar, cegado como estaba para observar cómo el rostro del poder que enfrentaba era, en verdad, muy parecido a su faz contestataria. Como también pienso que si Alexandre es cínico y satírico hasta el límite es porque  se siente incapaz ya de contestar las preguntas que dejó detrás de sí el fogonazo revolucionario: ¿cuál es la revolución que pedían aquellos jóvenes que disfrutaban las consecuencias de un estado de bienestar asentado en parte gracias al impulso colonialista del país francés en África? ¿Contra quién gritaban aquellos que volcaban coches incendiados sobre las aceras de un París en estado de sitio sino sobre el rostro conformista de quien un día serían? ¿Cómo pensar una verdadera revolución a través de un marxismo elitista cultivado en las Universidades y, en cuyo fondo, -eliminada la procelosa sombra de Dios– latía la necesidad de repensar no ontológicamente sino económicamente el cuerpo y espíritu de las sociedades modernas favoreciendo, por tanto, su desarrollo y futura expansión consumista?

Es allí, a ese vacío, donde pienso que que se dirigen los discursos de Alexandre, sus ansias por cuestionar una situación que no puede hacer más que devorarlo en cuanto es un hijo  fortuito y sin raíces del mundo sin cuartel que aparece a sus ojos tras la revolución y al que se opone. Es ahí, por tanto, donde radica su angustia y su necesidad de cabalgar como un desnutrido jinete por el caballo del lenguaje en una lucha mortal sin posible vencedor por intentar determinar dónde se encuentra aquel desconocido que llamamos hombre. Por saber dónde se encuentra su yo, el de sus compañeros y el de toda una generación sometidos a la insulsa doctrina de un Jean Paul Sartre que aparecerá en la película ridiculizado como si se tratara de un melagómano borracho incapaz de engañar ya a nadie. Sin más iglesia ni acólitos que un vaso de alcohol.

Mismamente, otro de los grandes temas de La mamá y la puta es el engaño. La mentira de la rebelión, de todo lenguaje crítico y, por tanto, de cualquier sistema filosófico, político o social capaz de condenar a la locura a quienes no pueden adaptarse al mismo, como ya radiografiara con precisión Foucault. La inmensa paradoja que supone intentar construir un discurso revolucionario desde el mismo cuerpo social que se denuncia. Algo que acaso conceda una explicación al motivo por el que la película de Eustache impacte tanto. Pues desvela con precisión los mecanismos a partir de los que el sueño deviene pesadilla y la utopía no puede ni siquiera ser pensada; revela el reflejo evanescente de una época que ya no volverá jamás y que se ha ido para siempre como aquellas melodías de Marlene Dietrich que Alexandre escucha taciturno en su habitación. Y en este sentido, La mamá y la puta es más que una película: es una experiencia intensamente moderna y bajo cuyos cimientos, se escucha el latido de la ideología que, por ejemplo, llevaría a Lars Von Trier a construir la alucinada metáfora que daría lugar a su cínica, amoral y sangrante visión de nuestra actual sociedad de consumo, Los idiotas.

Desde este punto de vista, el film de Eustache sería una especie de cuchillo sangriento que mostraría sin piedad las vísceras muertas de la sociedad francesa. Algo que refleja a la perfección, por ejemplo, la ausencia de árabes o negros a lo largo de todo su metraje. Los cuales, por otra parte, no pueden ser elididos del primer plano  de la realidad social retratada. Todo lo contrario. Ya que gracias a su ausencia, el monólogo tiránico, infinito y estéril de Alexandre, de todo Occidente, se muestra tan descarnado como violento y contraproducente. Dado que si el revolucionario o el antiguo soñador no pueden ni tienen la oportunidad de dialogar con un “otro” diferente, un hermano de otra raza, esto significa que su progresivo ascenso al poder será fruto estéril labrado y desgastado por el lento transcurso de los años. Al fin, su programa será el vacío o la consolidación del orden establecido.


De hecho, parece inevitable, a día de hoy, noviembre del año 2005, y una vez vistos los acontecimientos sucedidos en Francia en este violento fin de año, recordar que si la revolución de mayo fracasó fue para que no se hiciera para ningún “otro”. No se construyó para aquellos extranjeros, árabes y negros, a los que hasta entonces se había explotado e intentado negar su identidad. Fue más la rabieta de unos adolescentes que observaron que no podrían cambiar su sino y destino ya marcado por su educación que la petición de una amplificación total de los derechos de la sociedad de consumo hacia los emigrantes que, poco a poco, comenzaron a formar parte del paisaje social francés.

No es vano recordarlo. Le Pen estuvo a punto de ganar unas elecciones y ninguna encuesta lo consideraba favorito de las mismas. Y es en el país francés donde se ha forjado el debate más s enconado y la resistencia más estrecha a la entrada de Turquía en la Comunidad Económica Europea. En ese lugar en donde finaliza y empieza, como supiera Debord, nuestra sociedad de consumo: en la mentira. O el egoísmo. Y en escasas oportunidades, el cine ha intentado hablar y mostrar el violento rostro de esta mentira como lo hiciera Eustache.

Es bien claro que, por ejemplo, Chabrol no ha cesado de radiografiarla pero lo genial del intento realizado por Eustache es que, por una vez, tenemos la sensación de que la pantalla del cine se desvela y se cierra sobre sí misma para mostrarnos no una película sino la realidad. Un documental y un debate más que una ficción sin que la narración pierda en ningún momento su brío. Si, para Debord, era fundamental acabar de una vez con las imágenes, hacer estallar la proyección y comenzar a rodar la verdadera película con el diálogo de quienes asistían a la sesión cinematográfica, creo que la película de Eustache tiene el merito de conseguir que este debate se produzca sin interrupción en la mente de cualquier espectador que se anime a introducirse entre sus imágenes.

Otra cuestión, por otra parte, que nos obliga a plantear la película -más aún teniendo en cuenta el papel casi dictatorial que juegan actualmente los estados occidentales- se referiría a dónde y quiénes serían los padres de los personajes: ¿dónde queda y radica su familia? Pues en ningún momento sabemos nada respecto a los vínculos familiares de los protagonistas. Algo que muestra de nuevo donde radica el gran poder de La mamá y la puta: en lo elidido, en lo no visto tanto como en la radical impiedad a través de la cual está representada la realidad. Pues para Eustache, la maquinaria occidental es en el fondo un despiadado padre preocupado por llenar los huecos afectivos de sus hijos a través de los objetos fabricados en serie por la sociedad de consumo. Un estado forjado a través de la violencia que, como muestra con radicalidad, el excelente film de Garrel, Les amants réguliers, es incapaz de contestar la cuestión que late en el fondo de toda búsqueda artística: ¿qué y quiénes somos en realidad?

Resulta, por ejemplo, hoy en día un poco enojoso acercarse al Pompidou a contemplar la exposición dedicada al Dadaísmo y encontrarse totalmente mediatizadas y ya absorbidas por las sociedades de consumo, las anti-reglas a través de las que Tzara o Breton formularan sus alegatos creativos. Sentarse entre un público ávido de novedades, con la mirada ansiosa y perdida a componer un poema surrealista al tiempo que somos filmados o fotografiados por las abstrusas cámaras de cientos de turistas, al fin y al cabo, es reconocer que se ha perdido otra batalla. Afirmar que la sociedad del espectáculo que pensamos denunciar ya lo ha inundado todo. Ni la vida ni el cine pueden dar cuenta de una batalla que fue ganada hace demasiado tiempo por el capital. Y, desde ese punto de vista, se ha de entender que el lenguaje de la liberación sexual es, en realidad, como se visualiza en la La mamá y la puta, un intento de huir hacia delante sin tomar conciencia de los verdaderos problemas que laten ocultos en el fondo de la sociedad en la que nos desenvolvemos. Es, en suma, otra forma de comercio, de soledad. Como puede que, a estas alturas, todo lenguaje artístico.

Creo que La mamá y la puta refleja el exacto momento en que se percibe que, por ejemplo, el urinario de Duchamp ha sido ya totalmente integrado al paisaje catódico y mental de la misma clase y medio social contra el que, en principio, pensó atentar. Muestra con una agudeza y una precisión demoledoras, cómo las sociedades occidentales –a pesar de y gracias a los manifiestos y gritos de tantos burgueses “rebeldes”– se han construido a partir de la lógica de la exclusión y cómo, todo discurso que no sea capaz de abrirse a recibir a un “otro” o “extranjero” en su interior, acaba por autodestruirse o afirmarse, precisamente, a partir de y gracias a todos los hechos frente a los que se forjaba la rebelión. Esto lo supo bien Passolini y también lo comprendió con lucidez y entereza Eustache. El hecho mismo de su suicidio refleja con meridiana claridad desde dónde se construyó la noción de caridad y salud en las naciones llamadas cristianas.

La progresiva aceptación e integración de argelinos, tunecinos o marroquíes en la sociedad francesa y su progresivo hacinamiento en los extrarradios de las ciudades, no es más que la consecuencia de seguir midiendo a los individuos en torno a una lógica económica cruel frente a la que los protagonistas de mayo del 68 -ahora en el poder- quisieron rebelarse. En realidad, no deberíamos quejarnos más del cine ni de nuestra sociedad. Como supiera Debord, tenemos tanto el cine como la sociedad que nos merecemos. Lo demás son palabras. Flujo perdido de significantes que no van hacia ninguna parte y que, antes o después, como le sucederá a Alexandre frente al mítico discurso de Verónica al final de La mamá y la puta, deben admitir su fracaso y la imposibilidad de romper las leyes y reglas de la naturaleza. Deben reconocer, como toda la sociedad occidental actual a un grito, su radical imposibilidad para ser amor. Shalam

 ربّ اغْفِر لي وحْدي

 El que quiere hacer algo busca un miedo; el que no quiere hacer nada busca una excusa

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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