La región salvaje

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H. P. Lovecraft es tal vez el escritor más actual de todos los clásicos. Tanto que no parece haber muerto hace casi ya un siglo sino encontrarse vivo. Algo tienen sus monstruos que no sólo no desfallecen sino que continuamente aparecen en todo tipo de historias. En cualquier tipo de contextos. Probablemente porque son encarnaciones del mal que explican el deterioro del mundo moderno a la perfección. Anclan la angustia moderna en el cosmos. En un universo de siglos de injusticias y desesperación. Y por tanto, liberan a los depresivos y psicóticos de la culpa de sus males. Basta de hecho, la aparición de una de estas criaturas para que entendamos instintivamente las razones de la decadencia de una sociedad. Aunque probablemente otro de los secretos de su éxito es que son explícitos. Esto es; no es necesario en principio convocarlos con ocultos hechizos y conjuros. No hay que integrarse a una secta o una logia para vislumbrar uno de sus mórbidos tentáculos. No hay que ser iniciado para gozarlos o sufrirlos. Y además, no es necesario verlos para sentir su presencia. Están ahí y lo sabemos. Basta nombrar el sinfín de patologías sexuales modernas, los viscerales comportamientos de las masas y las decenas de asesinatos y suicidios para corroborarlo. No tanto porque se alimenten del mal y nuestro sufrimiento sino porque su misma presencia los causa. O al menos asegura. Son, sí, monstruos modernos y panteístas. Visceralmente paganos. No necesitan invalidar ni a dios ni a Satanás porque no los cuestionan. Son indiferentes a ellos. Viven bajo los mares o en los subterráneos de casas escondidas con la naturalidad que lo hacen los insectos. Sin ego. Sin necesidad de ser adorados en las iglesias o por un culto para aumentar su poder. De hecho, les basta con ser y estar para asombrarnos. Catapultarnos hacia dimensiones ignotas y cósmicas como los océanos.

La región salvaje es otra muestra de lo vigente que se encuentra el legado de Lovecraft. Amat Escalante, su director, conduce con asombrosa naturalidad a Chulthu al México actual creando una salvaje metáfora sobre violencia de su país. Porque curiosamente, la mayoría de los personajes humanos que aparecen en el film -no importa cuánto sexo tengan, cuántos tacos suelten o hasta dónde lleguen sus deseos- son parecidos a zombies. Deambulan de un lado a otro sin saber bien por qué y por el contrario, el monstruo sí parece tener claras sus intenciones. Sabe perfectamente su lugar en el mundo. Cuál es el sentido de su existencia. Algo que se corresponde con la vida social de un país donde la mayor parte de la población sobrevive como puede y no tiene conciencia de para qué lo hace y al contrario, narcotraficantes y gobernantes corruptos sí parecen tener muy delimitida cuál es su función: extraer hasta el último gramo de sangre de sus subordinados. Violarlos mental y físicamente hasta llevarlos al límite. De hecho, yo interpreto gran parte de la fascinación sexual que sienten hombres y mujeres por el viscoso monstruo como un símil de la morbosa admiración que las clases humildes sienten en México por sus verdugos. Algo tan inconcebible e inexplicable que sólo es posible simbolizar con metáforas tan monstruosas y horrendas como la de Chutlhu.

Desde luego, uno de los fuertes de la película de Amat radica en lo bien que integra a Chulthu en el mundo mexicano. Tanto que estoy seguro de que en la próxima ocasión que visite el país, no podré evitar pensar cuando coma o cene en casa de unos amigos, que ocultan al monstruo en el sótano o en una habitación secreta. Porque La región salvaje no parece una película. Es casi un documental. Un testimonio gráfico sobre la atmósfera violenta de un país en el que Chulthu no sólo es un mito o una ficción. Es una criatura pegajosa, sudorosa y viscosa cuya esencia parece haberse inoculado completamente en una población que tal vez viva tan obsesionada con la Virgen de Guadalupe porque es consciente de que necesita de un milagro para no ser succionada por el mal. Un terremoto. La boca lasciva de esta criatura ancestral. Shalam

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

Cuídate de los que sólo ven desorden en el ruido y paz en el silencio

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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