Llorando en el club Silencio: Mulholland Drive.

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Hace unas semanas colgué en averíadepollos una charla sobre la visión de los hispanos en Norteamérica que leeré a mitad de octubre en Siracusa. Finalmente, decidí concluirla con un reivindicativo y famoso tema de Los Tigres del Norte. Pero durante varias horas estuve pensando si no sería mejor finalizarla con una proyección de la soberana interpretación de Llorando que aparece en Mulholland drive. Y si no lo hice fue porque las referencias al tema hispano-norteamericano estaban, en este caso, más en mi cerebro que en la realidad. Eran más subjetivas que reales. Y no tenía ningún asidero al que agarrarme para defender mis posturas frente a un auditorio que podría cuestionar sin problema alguno aquello que sostendría.

En cualquier caso, como ahora nos encontramos en un blog; que es un espacio eminementemente creativo donde todo tipo de hipótesis son bienvenidas, pues voy a terminar de desarrollar lo que no me pareció conveniente realizar en ese (otro) lugar.

En realidad, era algo muy sencillo. Y puede que hubiera funcionado. Lo que pretendía era contraponer la voz y la imagen de la sensual interpretación, plena de emotividad y corazón, que realiza Rebekah del Rio de su mítica versión del tema Crying de Roy Orbison (símbolo de lo latino/mexicano) en el Club Silencio con la actitud sibilina de las protagonistas del film de Lynch (Norteamérica) que contemplan su actuación.

Si conseguimos escarbar y desentrañar las distintas capas a través de las que está compuesta la película, nos daremos cuenta que, en esencia, la historia que se nos desgrana se compone de todo tipo de  de engaños e hipocresía. Es un retrato de la perfidia. Por ejemplo, las actrices principales rivalizan por un papel, llegando a hilvanar asesinatos o a pensarlos para conseguir sus metas, mostrando una actitud competitiva, feroz, que termina por desestructurarlas. Es decir; son la imagen perfecta de la pesadilla en que ha devenido el sueño americano en su versión más extrema y capitalista. Lo que provoca que, en un momento determinado, ni ellas ni nosotros podamos conectar con sus sentimientos debido a los constantes artificios que entretejen para evadir sus responsabilidades, conseguir sus objetivos y ocultar su verdadero ser.  Y frente a ellas, en el club Silencio, aparece una mujer no excesivamente guapa, con ningún rasgo que la destaque -a no ser su maquillaje peculiar-, y que hace gala de su sencillez en todo momento. De hecho, si no fuera por su llamativo collar rojo (el color del corazón), incluso podríamos confundirla con una prostituta de caché medio. Y lo más increíble es que esta persona que además aparece sin banda acompañante, canta con tal pasión la canción, con tanto amor y sensibilidad que termina por provocar algo que parecía imposible: derrite la dureza del castrado corazón de las protagonistas que terminan por llorar al encontrarse de frente con un ejemplo de simplicidad que les conecta con la verdadera raíz de la vida; el amor.

En este caso, lo que yo pretendía era indicar a mi auditorio que, de alguna forma, teniendo en cuenta que el lugar, L.A., donde se desarrolla la película fue un día México como el inmenso estoicismo demostrado por los mexicanos que pueblan USA actualmente, me parecía posible -o al menos interesante y aleccionador-  interpretar algunas de las letras de la canción -ese recurrente y hermoso “llorando por tu amor”- como un grito a través del cual los latinos solicitaban a los anglosajones que los considerasen, les diesen el estatuto que merecían como seres humanos a través de las armas que mejor manejan: el corazón, la sensibilidad, el sentimiento y la pasión. Y es de esta forma que pretendía cerrar mi charla. Con la voz de la mágica Rebbekah elevándose por los aires reivindicando sentimentalmente a esos hermanos hispanos que únicamente desean ganarse la vida honradamente y les bastaría el amor, la aceptación, una sonrisa sincera de los norteamericanos para sentirse justificados y plenos. Un razonamiento que, por otra parte, se me rompía a medida que la canción continuaba y se comprobaba que la letra hacía -como todos sabemos- referencia a una relación amorosa entre una pareja. Pero que, en cualquier caso, me pareció lo suficientemente bello como para no desecharlo sino hasta el último momento. Además de que no se podrá negar que -más allá de la película que entiendo que pueda tener sus detractores- esta escena es delirantemente majestuosa.Y deberíamos verla al menos una vez cada año para entender o recordar de dónde surge la fuerza de la vida. Evitar cualquier depresión. Y afrontar la existencia con valentía y arrojo. Por lo que la tentación de ponerla ante un auditorio era muy grande.

De todas formas, me parece la opción que tomé es la adecuada. Y estoy convencido que la canción de Los Tigres del Norte conseguirá el efecto deseado y tal vez alguien entre el público tome conciencia de una situación -la de los hispanos en Norteamérica- que está necesitada de miradas y visiones que consigan terminar de darle la importancia que tiene y ponerla en el lugar que merece.

 Por cierto que no me he vuelto loco. Ni he perdido la cabeza más de lo que ya la tengo ida (en mi opinión, afortunadamente). Si he colgado tres veces en esta entrada el mismo vídeo es para que si el lector se atreve, pruebe a escuchar al unísono todas las reproducciones de la canción. Algo que yo he hecho mientras escribía este texto y ha conseguido transportarme a otro lugar mucho más sutil y evanescente que el habitual en que vivo. Un hecho que me parece realmente deseable cuando se trata de referirse a cualquiera de las creaciones de Lynch. Ese genio indescriptible. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 La lengua del justo está detrás del corazón, más la del necio va siempre delante, suelta y dicharachera

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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