Luchador

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The Wrestler es uno de esos filmes que podría contemplar en bucle durante varios días. Una inyección de metadona cinematográfica y energía maltrecha. La película de Darren Aronofsky tiene el alma de un relato de Bukowsky y de un documental intimista. El director neoyorquino logró algo realmente difícil: enseñar el arisco rostro de una actividad, el wrestling, que muchos consideran infantil. Mostrar el drama humano que hay tras los músculos de los luchadores, las horas de gimnasio, los combates pactados, los pósters a todo color en las revistas, las continuas ingestiones de anabolizantes o los muñequitos de juguete que se venden en las grandes superficies. Creo que incluso consiguió algo más: captar esa sensación de vacío y oquedad que la mayoría de artistas y deportistas experimentan tras el envión de adrenalina, la lucha y los aplausos. De hecho, eso es lo que predomina en la película: malestar, desesperanza, incomprensión y una sensación de ocaso acuciante que enturbia las imágenes de esta crepuscular e intensa obra parecida a un whisky reseco o a un puñetazo en los morros.

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En realidad, The wrestler es un filme sobre la soledad. La soledad del hombre contemporáneo. Ese virus que recorre nuestro mundo hiperconectado. Randy Robinson no produce tanta pena porque se encuentre frente al final de su carrera deportiva sino porque nadie es capaz de ponerse en su lugar. No es capaz de ser comprendido ni de hacerse comprender. De hecho, aunque las escasas palabras que pronuncia transmiten lucidez y, en algún caso, madurez, no sirven de mucho. En uno de los momentos más tristes de la película se folla a una rubia platino que no cesa de hablar en un lavabo y más que alegría por su flirteo lo que produce es lástima. La chica se está follando al póster que lucía en la habitación de su hermano y él al recuerdo de quien fue.

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Randy es casi un samurái condenado a vivir su drama en silencio. Suicidarse públicamente y ejecutar el ritual colectivo para el que fue preparándose durante toda su vida: morir entre aplausos y cámaras. Por lo que al final del filme ya le da igual que le paguen o no. Lo único que posee son las memorias de sus ficticias hazañas. El sueño del público. La ilusión heroica. El espejismo espectacular tras el que yacen cientos de frustraciones, esfuerzos y almas abatidas.

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¿Escribió Charles Bukowski The Wrestler? Creo que perfectamente pudiera haberlo hecho. No obstante, y a pesar de la sencillez del argumento, el guión sufrió múltiples revisiones. En alguna de ellas participó hasta Rourke preocupado por imprimir a una historia que era un autorretrato de sus propias andanzas como actor y que, en cierto modo, también reflejaba sus experiencias como boxeador. Asunto este último que no tuvo claro durante mucho tiempo porque, como muchas personas, minusvaloraba al wrestling. Al fin y al cabo, un espectáculo con un final pactado.

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Si el personaje magníficamente interpretado por Mickey Rourke, Randy «The Ram» Robinson, se enamora de una bailadora de striptease es porque, en cierto modo, se siente identificado con ella. Darren Afnosky apunta precisamente a eso. A que los deportistas y probablemente los artistas son también putas. Venden su espíritu, imagen, cuerpo y tiempo a cambio de gloria, fama y dinero. Por eso la película exuda suciedad y dolor por todas partes. Por eso el cuerpo de los luchadores no causa admiración sino que provoca incluso repulsión. Y por eso, tras cada combate, Randy no se siente reforzado sino cada vez más abatido y desgastado. El dinero no lo dignifica sino que lo envilece.

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La idea original de la película la tuvo Aronofsky muchos años antes de su estreno tras escuchar The Clown de Charlie Mingus. En el mítico disco, se nos cuenta la historia de un payaso que por más que se esfuerza en hacer reír al público no lo consigue. Pronto, se da cuenta que cuando tose o se muestra confuso y pálido en el escenario, la gente disfruta y aplaude como nunca. Se hace sangre y logra un gran éxito. Nada en comparación con el día que muere frente al público. Al terminar el espectáculo le llueven las ofertas, los contratos, los elogios, pero ya está muerto.

Aronofsky rastreó múltiples historias para transmitir el mensaje contenido en «The Clown». Y finalmente, lo logró. De aquel tema se deducía que el mismo público que ama y encumbra a sus ídolos, disfruta secretamente (guiño a lo ocurrido con Maradona) al verlos perder sus facultades y ser derrotados. Una reflexión que se percibe clara y sutilmente en The wrestler. El agotamiento de «Ram» es en el fondo es un acto de canibalismo social. Y su lucha final, su única certeza de tener un nombre en los libros de wrestling y aparecer en la portada de todos los diarios.

Si Rourke hubiera fallecido a los pocos días de rodar el filme, de seguro le hubieran dado un Oscar honorífico. Como no murió, le tocó seguir la senda del anonimato y los trompicones. El póster en la pared de viejas adolescentes apuntando a un pasado aparentemente glorioso y un presente lleno de deudas afectivas, rencor y dolor por las oportunidades perdidas.

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No me suelen gustar este tipo de calificativos con los que los críticos suelen despacharse. Pero realmente, The Wrestler es una película sobre el cuerpo. Nos dice tanto o más un vistazo sobre el tórax, abdomen y piernas de Randy que cualquiera de las palabras que pronuncia. Randy podría ser mudo y comprenderíamos su drama igual.

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The Wrestler es un filme tan notable que no posee prácticamente escenas de relleno. De hecho, parece mentira que en una película centrada en un luchador (que no en la lucha), destaquen aquellas en las que Randy despacha pacientemente, casi como un héroe bressoniano, a los a veces un tanto insolentes clientes de una carnicería. Otra muy potente es aquella en la que, junto a otros luchadores, acude a un evento de firmas para los fans donde pasa la mayor parte del tiempo resoplando solitario.

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Las dos intérpretes femeninas están increíbles. Evan Rachel Wood ejecuta con mucha convicción su papel de hija. Con dos o tres gestos permite vislumbrar todo un pasado de sinsabores familiares. Un presumiblemente traumático divorcio, días y noches pasados en reformatorios o colegios impersonales mientras su padre se acostaba con decenas de mujeres, alzaba los brazos en los rings y malgastaba su dinero en juergas nocturnas. Y, por otra parte, Marisa Tomei roza directamente el cielo. Su papel de bailarina se prestaba a ser interpretado con trazo grueso pero lo llena de matices. Expresa dudas, lascivia, responsabilidad y es capaz de hacer dúctil y familiar a una mujer encerrada en un sórdido club.  La conversación que tiene con Rourke, a ritmo de Ratt, es realmente estremecedora. Hay momentos en que The wrestler parece El último tango en París. Ese es uno de ellos. Otro el baile de Ram con su hija en un local abandonado.

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The Wrestler se centra en un luchador de wrestling, pero podía haberlo hecho perfectamente en un músico de heavy metal. Pienso, por ejemplo, en Chris Holmes. Estoy seguro que la vida de Randy Robinson y la del salvaje guitarrista de W.A.S.P. tienen mucho en común. No sólo obviamente la de Chris. Su nombre es intercambiable con el de muchos otros músicos de aquella época como Steven Adler, Stephen Pearcy o Kevin Dubrow. Incluso, si nos pusiéramos, podríamos ampliar su drama al de actores como Brando o Monty Clift y unos cuantos artistas más.

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Por cierto, he contemplado pocas películas en las que se trate con tanto respeto, admiración y cariño a las bandas metaleras de los 80. Posiblemente porque a todas ellas se les ha acusado casi de tantos defectos como a los luchadores de wrestling. Han sido, en muchos casos, motivo de mofa universal. Pienso, por ejemplo, en un famoso vídeo –«Touched by the hand of God»– de New Order. Dicho esto, muchos de aquellos grupos grabaron enormes discos. Fue un placer, casi un orgasmo, escuchar en su momento a Ratt a todo volumen en la pantalla grande. También, por supuesto, a Quiet Riot, Accept o Scorpions. Pero lo de Ratt, teniendo en cuenta los eternos problemas de la banda, fue directamente divino. No puedo imaginar mejor banda sonora para acompañar al drama de Randy. ¡«Round and Round»!

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De la interpretación de Rourke, realmente no voy a hablar demasiado. Creo que es tan soberbia que no merece desgastarla con palabras. Rourke no actúa, va más allá. Mucho más allá. Shalam

ما تعلمناه بالأمس ، نميل إلى نسيانه في اليوم التالي

Lo que aprendimos ayer, solemos olvidarlo el día después

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:supuesto a)…….luchador=patata….ring= olla………la patata quiere salir de la olla hirviendo………jajajjjjj
    2ºimagen:….luchador en busca de olla…………
    3ºimagen:……el tuberculo se dirige a la olla voluntariamente………
    4ºimagen:…..la entrevista esta pactada con los mass media……..
    5ºimagen:…..la patata comprende que es verano y necesita un baño como su inventor peter gabriel………….
    6ºimagen:……la patata ha conseguido salir de la olla hirviendo con amor y dinero………
    7ºimagen:…….como alguien puede elegir ese tatuaje, la virgen sea santisima, santisima sea la virgen……jajajjj
    PD:……video de maximo nivel…..https://www.youtube.com/watch?v=g93mz_eZ5N4….sledgehammer…..

    • 1) Campeonato de natación. Juego de acrobacia 2) La dura caída. 3) Colegas y superhéroes 4) ¡Todavía puedes dar un poco más 5) Thor 6) Enamorarse. 7) El planeta e las bestias. PD: Sí. Sin dudas, gran vídeo. Amo casi todo lo que ha hecho Peter Gabriel. No todo. Casi. Por esa época estaba desatado. No cesaba de innovar. Comenzó a bajar el pistón cuando le dio por los derechos humanos. Pero aún así, grabó cosas interesantes. Hay un disco muy desconocido suyo, creo que se llama Momo o algo parecido, que a mí me gusta bastante.

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