Mad Max

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La primera Mad Max era una sucia historia policíaca que, a los pocos minutos, se convertía en una parábola sobre el colapso de toda una época. No era una película sino un estado de ánimo. Era un filme en el que importaban más las sensaciones que lo que se narraba. Algo que se puede sugerir de toda la saga. Una cruzada nihilista que apuntaba al ocaso y a la destrucción en la que el Santo Grial eran la gasolina, el gas Metano, el petroleo, el agua escasa y las heces de cerdo. Una incursión en los estertores de la era industrial en la que amar era heroico, las carreteras eran desfiladeros mortales y los vehículos armas diabólicas. Una distopía nitscheana cuyos fotogramas olían por todos costados a la amenaza nuclear que torturaba el inconsciente occidental durante los años 80 cuyo guión podría perfectamente haber sido realizado por Frank Miller y haber surgido tras la digestión de una de esas ácidas y breves historietas que inflamaban los comics gore de los 70.

La saga Mad Max se encargó de clausurar para siempre todos aquellos filmes norteamericanos que, a raíz del boom automovilístico, poblaron las pantallas de cine de rebeldes sin causa, universitarios, triunfadores y pilotos profesionales que competían por ser los más rápidos en límpidas e inacabables autovías, descampados o intrincados circuitos. De hecho, tras la apocalíptica creación de George Miller, películas del cariz de Días de trueno (dirigida por Tony Scott y protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman) resultaban inverosímiles por optimistas. Casi infantiles. Entretenimiento juvenil sin substancia realizado para adolescentes. Porque Mad Max transformó a los coches y camiones en cañones. Fieras metálicas que remitían al fin del mundo. A un futuro sin esperanza que convertía a los caballos de las carreteras modernas en objetos perversos y turbios. Fantasmagóricos símbolos de pesadillas sin fin,  tal y como John Carpenter, David Cronenberg o David Lynch dejaron claro en tormentosas y oscuras obras como Christine, Crash o Carretera perdida.

Existía algo auténtico y verdadero en Mad max que la diferenciaba de otras sagas. Un aliento negro y mórbido que no permitía minusvalorarla como sí se solía hacer con películas del cariz de Desaparecido en combate, Rambo o las surgidas de la factoría Canon. Mad Max era aterradora y real. Un motor sin aceite. Un coche sin frenos destruyendo las paredes de una refinería. Era trash metal. Se encontraba fuera de moda. Al menos hasta la tercera, no se sabía bien dónde situarla. Si en el terreno de la serie B, de los grandes clásicos de acción o en el de las películas apocalípticas de la serie Z. Porque su espíritu era visionario, lograba convertir los errores argumentales en aciertos y a un héroe plano como el interpretado por Mel Gibson en icono de una era insensible y viciosa cuya atmósfera sólo había sido hasta entonces retratada con más o menos talento por los artistas del cómic y algunos de los minusvalorados y delirantes escritores de la ciencia ficción.

En realidad, Mad Max era un combate de boxeo apocalíptico y extremo. Una road movie ácrata y punk sin esperanza. Un adiós al  western clásico que tenía la virtud de transformar la desesperanza en espectáculo y el pesimismo en coreografía destructiva. Sus virtudes radicaban (¡de ahí la decepción con la segunda parte de la tercera entrega!) en no dar espacio para la redención ni al mesianismo. En convertir el odio en imagen frenética. Hacer bailar a sus personajes entre himnos de desesperanza y oscuridad. Llevar la barbarie a la discoteca.

En Mad Max no había jedis. No había magia. Y tampoco aventuras y misterios. Sólo muerte y crueldad. Escupitajos, mala leche y navajeros. Villanos asquerosos extraídos de algún concierto de The exploited o una canción de Megadeth cuya única aspiración consistía en matar, violar o acelerar a fondo en carretera. Y su única medalla en sobrevivir. Ciertamente Mad max retrataba, como pocas sagas de su época, en qué se convertiría el mundo sin religión. Una sociedad sin Cristo ni Satanás en la que el bien y el mal no es que fueran nociones caóticas o que no existieran sino que dependieran del oscuro azar o de la voluntad individual. Y en este sentido, la virtud de George Miller y el resto de su equipo consistía en llevar a cabo esta descripción a ritmo de automóviles con el motor gripado y de motocicletas de metal que parecía que se iban a incendiar en cualquier momento o a desaparecer entre explosiones y estallidos de rabia y furia asesina. Como si fueran kamikazes adolescentes disfrutando de cada puñetazo al estómago y de cada caída al asfalto en medio de una buena ingestión de palomitas. Shalam

     لا يمكن للإنسان أن يعيش حيث تتدهور الزهور

El hombre no puede vivir donde las flores degeneran

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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