Malas calles

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Hace varios días vi Malas calles de nuevo. La primera vez fue hace más de 30 años y lógicamente, apenas recordaba nada de este inquietante y peligroso paseo por los bajos fondos de Scorsese que me da la impresión que pertenece más a John Cassavetes que al director italoamericano. No porque Cassavetes estuviera presente físicamente en su rodaje dando instrucciones sino porque las marcas de su estilo son patentes en múltiples escenas que se alargan indefinidamente para dar una mayor sensación de realismo y naturalidad.

En realidad, Malas calles es más Bebop que Rolling Stones. Está más cerca de la marihuana que de la cocaína. No es contundente y escueta sino, a pesar del indudable carisma de sus actores, un tanto farragosa. Es una mezcla entre Faces, el cine de gangsters y el stand-up. Paródica por accidente. Casi una especie de maqueta del cine posterior de Scorsese. Ante todo, porque el genio aún estaba buscándose cuando la rodó. Todavía era demasiado joven. Y la dispersión, locura e improvisación que convirtió a muchos de los filmes de Cassavetes en descarnados melodramas pasionales áridos, sucios y concisos, en Malas calles termina desembocando en la imprecisión. Ciertamente, el gran Scorsese siempre ha sido mucho más directo y frontal. Mucho más rápido y efectivo. Su cine siempre ha estado más cerca de la novela que del ensayo. Y las dudas las ha resuelto a base de instinto y puñetazos. De raza y cojones. De golpes de efecto y coraje. Motivo por el que obviamente tampoco Cassavetes hubiera podido rodar Toro Salvaje. Y, en caso de ponerse manos a la obra, no se hubiera centrado tanto en los combates como en por ejemplo los rostros y conversaciones de quienes los contemplaban o en las relación de pareja del boxeador. Algo que, sin dudas, hubiera restado pasión e interrumpido el ritmo anfetamínico de aquella contundente e intensa biografía sobre Jake Lamotta que ya no remitía al creador de Shadows sino a Elia Kazan, Robert Rossen y al neorrealismo italiano.

También es obvia la influencia del cine de Godard en determinados momentos de Malas calles como en la notable escena de amor protagonizada por Harvei Keitel y Amy Robinson que tanto recuerda a determinados momentos de Al final de la escapada y Vivir su vida. Prueba de que Scorsese aún no caminaba libre. Tenía que apoyarse en sus amigos y referentes cercanos para reflejar lo que imperiosamente necesitaba expresar. Se encontraba en un cruce de caminos del que finalmente saldría a base de intuición y rock ‘n’ roll. Rodando películas con la actitud con la que keith Richards toca su guitarra. Sin miedo a romper las reglas pero teniendo claro la importancia del ritmo y el montaje. Transformando de paso la cámara en una ametralladora cuya misión no era sólo registrar los disparos de los personajes sino acribillar al espectador. Shalam

الرجل المسكين يتوسل لكن الرجل الغني يستجيب  بقسوة

El pobre habla con ruegos; mas el rico responde con durezas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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