Michael

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La escena en la que Michael Corleone acaba con Sollozzo y el capitán McCluske en el restaurante Louis de El Bronx es, sin dudas, mi favorita de El padrino. ¿Por qué?  Por muchos motivos. Entre otros, porque hasta entonces Michael es el único de los personajes masculinos de la película parecido a cualquiera de nosotros. Eso provoca una rápida identificación con el espectador que produce un alto grado de nerviosismo cuando pasa a cometer su primer asesinato. ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo? ¿Cómo nos sentiríamos cenando en esa mesa junto a nuestras futuras víctimas?

Todo lo que hemos visto hasta entonces es una película pero, desde el momento en el que Michael urde la treta para comenzar a vengar a su padre, la realidad nos golpea y pasamos a formar parte de la pantalla. Por eso es que probablemente cada vez que contemplo esta escena me pongo nervioso. Porque a través de Michael me observo a mí mismo preguntándome cómo reaccionaría en una situación así. Hay varios segundos, justo cuando accede al cuarto de baño y no encuentra en primera instancia la pistola que se encuentra escondida en la cisterna (debe rebuscar un poco), que siempre logran ponerme los pelos de punta. ¿Y si la pistola no estuviera ahí? Otro momento que logra enervarme se produce justo cuando sale del cuarto de baño. Existe la posibilidad de que vuelvan a rastrearlo; de que perciban un bulto en su chaqueta. ¿Qué ocurriría entonces? En fin, todo en esa escena está pensado para hacernos pensar qué haríamos nosotros en una situación parecida. Por eso en el momento en el que Michael mata a Sollozzo y a McCluske siempre siento alivio. Casi satisfacción. Entiendo que he roto mi indefinición y he actuado al fin. De momento al menos, las consecuencias de nuestro acto no me importan.

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El padrino tiene algo de cine mudo. Los Soprano sin embargo no. El director necesitaría rótulos y rótulos para por ejemplo intentar resumir las conversaciones de Tony con su psiquiatra y su familia. Los Soprano es cine sonoro. No se entiende sin sonido. Sin embargo, El padrino sí. Ahí radica su elegancia. Su frontalidad. En que tanto Rober Duvall como Al Pacino o Marlon Brando lo transmiten todo con sus gestos y rostros. No necesitan hablar para que los comprendamos ni entendamos sus motivaciones. Por eso sé que podría contemplarla en blanco y negro en el cine con una música de piano y unos cuantos carteles y probablemente seguiría vislumbrando sus últimos alcances.

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El padrino es un homenaje y al mismo tiempo una emulación del cine de gangsters clásico. Tanto del norteamericano como del europeo y, en concreto, del de Jean Pierre Melville. De hecho, hay secuencias (pienso ahora en aquella en la que Michael y un pastelero velan en la entrada de un hospital porque nadie atente contra su padre), miradas y trajes que remiten directa o indirectamente a El silencio de un hombreLos Soprano al contrario es la constatación del desorden posmoderno. Es un brindis al caos y a la vulgaridad. Una obra que retrata al gangster de manera no muy distinta al consumidor fofo de pizzas y hamburguesas; como un descerebrado, eso sí, maquiavélico. Alguien primitivo, sí, pero psicológicamente complejo que no respeta ya más códigos de honor que los de la supervivencia y el dinero, cuyo hábitat natural es por tanto el enfado; el enojo. No se siente a gusto si no deja salir el monstruo de tanto en tanto. Por eso tal vez nos damos cuenta de que El padrino es una obra maestra desde el primer instante y no es hasta que han pasado al menos tres temporadas que comprendemos que Los Soprano es un monumento artístico. Porque el filme de Coppola aparenta ser un caro traje de boda italiano y la serie de David Chase un chándal barato de imitación comprado en un mercadillo. De hecho, tiene momentos en la primera temporada en los que podría pasar perfectamente como una estúpida comedia familiar. Algo completamente desechable que con el paso de los minutos se va tornando y revelando como absolutamente perdurable.

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Es un tópico decir que El padrino es una visión estilizada de la Mafia; que a los mafiosos les gustaría verse como en El padrino; pero que, en realidad, la mayoría son como los que aparecen en Los Soprano. Supongo que la verdad se encontrará, como en ciertas ocasiones, en el medio.

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Uno de los grandes méritos de El padrino consiste en presentarnos un personaje, Vito Corleone, que parece omnipotente al principio del filme y que, pronto, tras ser acribillado, demuestra poseer debilidades. Ser uno más. Una operación distinta a la que realizó David Chase con Tony Soprano. Al principio, aparenta ser el más débil del grupo. Se ve obligado incluso a iniciar terapia psicológica tras sufrir varios mareos. Parece que ya no puede con la vida. Pero conforme pasan los capítulos, Tony se va convirtiendo en alguien indestructible. Más y más fuerte. Hasta el punto de que parece inmortal y resultaría completamente inverosímil la noticia de su muerte. Michael Corleone sin embargo respira entre medias de ambos personajes. Nunca parece tan fuerte como Vito y Tony pero tampoco tan débil como ambos en sus horas más bajas. Es probablemente por ello el carácter más ambiguo y difícil de desentrañar de los tres. El más humano. Shalam

أسوأ مرض هو الملل

La peor enfermedad es el aburrimiento

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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