Monteiro

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Hoy he contemplado de nuevo el rostro de Joao César Monteiro. Lo he visto a través de una pantalla de cine pero ha sido una experiencia tan real como si se me hubiera aparecido en sueños. Sus ojos eran los del espíritu santo y un solo gesto, una sola mirada me bastaban para saber que en ellos anidaba la verdad; la buena nueva de un mañana que los hombres, esos obsesos, se empeñan en alejar.

Las películas de Joao César Monteiro están llenas, sí, de imágenes pero están sustentadas en la palabra. Pero no una palabra cualquiera sino la palabra anárquica y rebelde que funda mundos, concede esperanza y construye mares y desiertos allí donde no hay más que iglesias derrumbadas de cuyos lienzos caídos surgen estorninos heridos con ojos llorosos. La palabra que permite que las aves se eleven y los hombres se autodestruyan con total libertad. Sin exigencias ni demandas al creador. Con la firmeza y agradecimiento con la que reciben las madres al recién nacido y los niños un alumbramiento. Con la nobleza y entereza, sabia lucidez, con la que Fernando Pessoa se difuminaba en sus cuadernos de Lisboa, el diablo traba los designios de Dios o deciden abandonarnos algunos alcohólicos. Ciertos suicidas.

El rostro de Joao César Monteiro es sagrado. Y es sagrado porque, al igual que el de don Quijote, está desnudo. Porque no se esconde. Como su arte. Un cine lleno de personas para las que el tiempo es una tortura. De seres capaces de distinguir la belleza al caminar por el vestíbulo cerrado de un edificio, un jardín interior o al contemplar el seno de mujer.

Así definiría yo el arte de este terrorista místico: un cazo en donde nunca falta leche. Tal vez porque su rebeldía es generosa. Su individualismo huele a desprendimiento. Ausencia de vergüenza. Al fin y al cabo, Monteiro es un caballero que, sin aparente esfuerzo, ha conseguido que los crucifijos se den la vuelta a su paso para que él pueda gozar de esas muchachas jóvenes cuyos cuerpos son la fuente de la que surgen esas novelas a medio hacer y escritas a mano que son sus películas. Es un señor mayor que continúa desplazando su lengua entre los recovecos de los clítoris mojados de sus amantes como el hambriento se alimenta de unas lentejas cocidas a fuego lento o los peregrinos llegan a Tierra Santa entre gritos de “Hosanna, Hosanna” que anuncian la próxima llegada del salvador. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 No cuentes los pollos antes de que nazcan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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