Negro caballo

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Nadie ha narrado y captado de manera impresionista la esencia de los últimos años de vida de Friedrich Nietzsche como Bela Tarr en su filme El caballo de Turín. Su obra comenzaba con una cita que hacía referencia al momento en que el filósofo alemán se puso a llorar al contemplar cómo un cochero golpeaba sin piedad a un caballo al que abrazó conmocionado antes de perder la razón. Tal vez porque, de ser rey, Nietzsche habría podido salvar a ese bello animal y habría cabalgado sobre él infinidad de veces. Y esa imposibilidad le hizo comprender que nunca, jamás podría reinar. Siempre sería un rey destronado. Un rey loco buscando su palacio con los ojos ciegos. Un rey perdido al que nadie jamás iba a reconocer su grandeza.

El cineasta húngaro intentaba reflejar la destrucción de la mente de Friedrich Nietzsche. El ruido de su alma. La tormenta de pensamientos destructivos surgidos al vislumbrar el Apocalipsis del mundo antiguo. Y lo hacía, filmando la vida cotidiana de un padre y su hija que eran un remedo simbólico de Friedrich Nietzsche y su hermana. Penetrando internamente en la visión caótica de la existencia del filósofo alemán y grabando oscuras secuencias llenas de indómitos y negros parajes que el profeta de Zoroastro vislumbraba debido a la caída de la monarquía. La ausencia de valores heroicos en una sociedad que se negaba a proclamarlo rey y no era capaz de comprender su idea de Superhombre. Transformándolo contra su voluntad en un hombre trágico. Un creador de libros llenos de rayos y truenos dispuesto a enfrentarse a dios y matarlo si es posible. A desafiar a quien lo juzgara.

En realidad, Nietzsche estaba convencido de poder acabar con el hambre por el mero hecho de ser proclamado rey de la filosofía. Estaba convencido de poder aniquilar el futuro y el pasado y transformar su vida en un eterno presente. Y estuvo hasta el momento que enloqueció, convencido de dar a luz un libro eterno que significara para los hombres del futuro lo que la Biblia a la religión. Pero al no poder lograrlo, acabó con la filosofía para siempre y se dejó ir. Rumiando el fin de su existencia puesto que no había ya colinas que subir. El caballo de Turín profundizaba en esos últimos momentos de vida sin necesidad de referirse concretamente a los mismos. Utilizando paisajes nevados, mesas vacías, el frío y los temporales como metáfora de las tormentas experimentadas por un hombre cuyos sufrimientos y temores así como su valentía apocalíptica nadie ha captado con tanta grandeza como Bela Tarr. Shalam

القرود جيدة جدا للرجل لينزل منها

Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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