Nymphomaniac

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Soy obviamente de los que piensan que las películas hay que contemplarlas tal y como las concibieron sus autores. De los que se encuentran absolutamente en contra del recorte en la duración de las obras de arte siempre que sea por motivos comerciales. Es habitual recurrir al ejemplo de La puerta del cielo. Un ejercicio vacío y un tanto estéril según la versión de los productores y una obra maestra si nos atenemos a la de Michael Cimino. Aunque obviamente la lista podría ampliarse hasta la extenuación. La delgada línea roja es sin dudas un buen filme. Pero cuentan quienes la han visto que la versión estrenada es muy inferior a la de dos horas más de duración que Terrence Malick deseaba estrenar y ha de encontrarse guardada entre las paredes de un estudio. Algo que dejaría en suspenso también mi exacta opinión sobre la apabullante El árbol de la vida hasta que no contemple la versión de 188 minutos recientemente aparecida en DVD.

Afortunadamente, este no ha sido el caso de Nymphomaniac. Hace poco pude al fin visionar la toma de cinco horas y media rodada por Lars Von Trier y puedo asegurar sin duda alguna que es muy superior a la de cuatro horas que fue además, para más escarnio, innecesariamente dividida en dos partes. Un acto de sadismo con el espectador moderno que deja muy claro el poco respeto y consideración que se tiene con él. El tamaño de las bofetadas y guantazos que constantemente recibe desde los estudios de producción modernos. No sólo por obligarlo a acudir a vivir esta intensa experiencia en dos ocasiones distintas sino por hacerlo de manera incompleta puesto que a aquella obra le faltaba algo. Existía, de hecho, a pesar de su extensión, cierto apresuramiento en ella. Parecía que el director danés había despachado ciertas etapas y episodios de la vida de la ninfómana con cierto desdén. Sin miramientos. Como si le incomodara el tema que trataba. Algo totalmente falso tal y como pone de manifiesto la versión integra del filme. Una decadente y oscura salvajada vaginal. Una absoluta bestialidad que huele a sábanas sucias, semen, clítoris húmedo y sexo derruido a lo largo de todos sus fotogramas. A peligro y corrosión corporal.

Nymphomaniac no es tanto una película sobre la sexualidad como sobre la enfermedad. De hecho, a pesar de ser extrema hasta por momentos decir basta, no es tanto salvaje como melancólica y nostálgica. Una muestra de locura erótica que exprime la imposibilidad de su protagonista de controlar sus impulsos para componer un fresco más neurótico que erótico. La radiografía de una adicción autodestructiva que transforma cada orgasmo en un pinchazo de heroína en la vena de su protagonista y cada amante en un negro avance del cáncer del odio y la soledad en su corazón.

Creo que nadie ha logrado describir la vida y pulsiones íntimas de una ninfómana como lo ha hecho Von Trier. Sobre todo, porque el director danés filma sus impulsos como problemas, sus juegos eróticos casi como traumas y sus gemidos como arañazos de dolor. Intensos cortes púbicos que acaban con el amor y la posibilidad de una vida familiar. Nymphomaniac es de hecho una caída a los abismos. Puro heavy rock. Un tema de black metal sonando en los albores de un bosque nevado en el que una muchacha se masturba constantemente. Un retrato animal, visceral, putrefacto y clínico de la sexualidad. Dolor y asco. Suciedad, nocturnidad y delincuencia.

Nymphomaniac es un atentado contra el amor. Una demostración quirúrgica de que no existe y de que el sexo es el gran enemigo del orden burgués porque, en el fondo, es más violencia que placer. Es un escupitajo a la familia y al rostro de dios que termina lógicamente convirtiendo a quienes se encadenan a él en delincuentes. Llamas diabólicas que prenden el fuego de la discordia allí por donde van.

Puedo imaginar perfectamente el rostro de Von Trier salivando y sonriendo de placer con esta nocturna poesía que hiela el alma y demuestra que la sexualidad incontrolable, como sugería Sade, es la madre del crimen y la discordia. Y que tanto la represión como el libertinaje son enfermedades. Demonios que atacan constantemente a la humanidad y, de tanto en tanto, como ocurre con la protagonista de su filme, terminan fustigando y controlando el alma de una mujer que en otros tiempos hubiera sido quemada en la hoguera, alejada de su aldea o acusada de brujería. Y en este caso, acaba orgullosamente enajenada. Satisfecha de derribar todos los límites que encuentra. Convertida en esencia en una gota nocturna y delirante que recuerda a esas viciosas diosas de la venganza, las herinas, encerradas en los círculos infernales por Dante cuya faz incontrolable aparece de tanto en tanto en ciertos lienzos renacentistas y barrocos. Y puede también rastrearse tanto en diversos personajes femeninos de la novela picaresca y existencialista como acompañando a esos bandoleros y asesinos que, escondidos en los bosques, asaltaban a los viajeros por Europa siglos atrás.

Nymphomaniac es un gélido bloque de granito. Es repugnante y ácida. Inmoral y cruel. Perversa y real. Es un poema sucio y viscoso de Baudelaire llevado a la pantalla. Aunque sinceramente creo que mencionar al poeta simbolista se queda corto para describir la aridez de ciertas escenas como la del aborto que se provoca la protagonista. Una de las secuencias más crueles y viscosas que he visto jamás en una pantalla. Una navaja afilada que demuestra por sí misma que, en cuestiones artísticas, no hay que aceptar jamás sucedáneos. Hay que penetrar y dejarse llevar por el corazón de los creadores y olvidarse momentáneamente del dinero aunque lo que encontremos no nos guste nada. Sea como en este caso un vaso de absenta ácido y venenoso que corroe y deja sin aliento al espíritu. Shalam

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Sólo los muertos ha visto el final de la guerra

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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