Pantalones

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En Yo soy Espartaco, Kirk Douglas cuenta unas cuantas anécdotas impagables sobre Stanley Kubrick. La mayoría de ellas dejan claro que el director británico además de ser un genio exigente y metódico, vivía en su propio mundo. Un ejemplo es la que dejo a continuación: “Estábamos rodando una escena en la que yo iba a caballo. Cuando iba montado sobre mi hermosa yegua castaña con su franja blanca a lo largo de la cabeza, vi a Stanley preparándose para la siguiente toma. Llevaba puesta la misma chaqueta informal y los mismos pantalones de color caqui que llevó puestos desde el primer día, aquel en que lo presenté como nuevo director. Yo ya había oído murmuraciones entre el equipo que decían que la despreocupación de Stanley por su apariencia era una señal de que no le importaba lo que pensaran de él. Era cierto, no le importaba. Pero un director con más experiencia habría comprendido que siempre era mejor contar con un equipo técnico a su favor, antes que en contra.

Me acerqué a Stanley al trote.
—Oye, Eisenstein —le grité.
Sabía que Stanley admiraba al director ruso. Levantó la vista desde detrás del
ocular de la cámara.
—¿Has pensado en la posibilidad de cambiarte de ropa? —le dije.
(…)
—No —susurró discretamente volviendo la vista hacia el visor de su cámara”.

No obstante, la que más me ha sorprendido, sin dudas, es la siguiente: “Hay un vínculo más extraño entre Kubrick y yo que jamás he contado a nadie. Cuando atravesamos aquellos problemas durante el rodaje de Espartaco, en una ocasión le pedí que me acompañara a una de mis consultas con el doctor Herbert Kupper, mi psiquiatra. En aquella época no era raro utilizar las consultas para tratar de resolver problemas concretos; y Stanley y yo teníamos más de una cuestión que podría requerir un arbitraje profesional.

No sé decir si aquello sirvió para mejorar nuestra relación, pero el doctor Kupper sí hizo una sugerencia a Stanley que acabó teniendo repercusiones palpables en su vida. Le recomendó un libro, una novela en alemán del año 1926 escrita por Arthur Schnitzler, Relato soñado, de la que pensó que se podría hacer una buena película. Cuarenta años después, ese libro sirvió de base para la última película de Stanley, Eyes Wide ShutShalam

عندما لا يستطيع الرجل الاختيار يتوقف عن كونه رجلاً

Cuando un hombre no puede elegir deja de ser un hombre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: oye kirk, ¿no te parece que deberias de tirarle la espada a la tribuna cuando estos te den el dedo hacia abajo?………o.k…..stanley…..(los dos son guapisimos)

    2ºimagen: solo por el aspecto, de izq a dech: un gris(acojona, eh!), stanley glorioso, un jefe tecnico con gorro de robin hood, un americano con boina (gañan), y otro americano con pinta del fbi…..abajo bocatas y 5 duros….

    3ºimagen: “eyes wide shut”……..mira el “incorruptible” boyero lo que dice en filmaffinity:
    “Fascinante, misteriosa, dura, agresiva, perturbadora, memorable. Cine insólito, magníficamente escrito, desasosegante, sensual, audaz, más que bueno”………(la hostia)……….

    • jjajaj. Sólo tú te podías fijar en los extras de la segunda imagen. ¡Vaya! ¿Dice eso Boyero sobre eyes wide shut? La verdad es que coincido en todo aunque todos esos adjetivos son tantos y tan excesivos que parecen escritos de coca…..

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