Pepito Grillo

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Carlos Boyero es tema perdido en cualquier discusión cultural en España. Conozco una persona que desearía matarlo y que afirma que, en caso de tenerlo delante, no dudaría en insultarlo y golpearlo. Decenas de cineastas y novelistas han clamado contra los directores de distintos periódicos exigiendo su dimisión y son innumerables las discusiones que hay en facebook despotricando de su figura. Algo que indica que, sin dudas, es un señor interesante pues un periodista que provoca pasiones inquebrantables en medio de esta era de la atonía crítica donde decenas de reseñas se encuentran pactadas y a veces es necesario leerlas con un diccionario al lado para comprender qué es lo que quiere decir quien las escribe, es, por lo menos, alguien destacable.

En realidad, hace tiempo ya que Boyero es una marca. De hecho, indirectamente, ha contribuido a convertir a la cultura en campo de hooligans. Pocos leen o escuchan, por ejemplo, lo que dice. Su nombre es un sello de odio y pasión. Es casi como un equipo de fútbol. Aparece en la pantalla o el periódico y, rápidamente, unos cuantos gritan a favor y otros en contra. Su figura concita el amor de “progres” y viciosos que sienten la cultura instintivamente y el odio de intelectuales universitarios con el cerebro lleno de elaboradas teorías críticas.

En cierto modo, sus palabras son una droga. Porque a Boyero no se lo lee para aprender sino para enfadarse o reír. Estoy seguro de que, en medio de fiestas desmadradas, unos cuantos escritores y cineastas se han metido varias lonchas de cocaína por la nariz apoyándose en uno de sus artículos y que otros cuantos han quemado textos suyos en los que su imagen aparecía ridiculizada jaleados por la multitud. Porque Boyero es una hoguera. Un chivo expiatorio. Un Pepito Grillo pero también eso tan difícil de encontrar actualmente como un hombre fiel a sí mismo. Alguien que ha convertido su escritorio en una cacería. Cada frase en una bala. Y, en cierto sentido, homenajea con sus reseñas a los excesivos mitos artísticos del pasado sin necesidad de un lenguaje muy elaborado. Tan sólo con intensidad, sinceridad y unas cuantas dosis de mala uva.

Intentaré ser claro. A mí me gusta cómo escribe Boyero. Disfruto con su irreverencia y su visión de la vida y el amor. Admiro la tranquilidad con la que expresa que una u otra obra le parecen pretenciosas aunque algunas de la películas que ha atacado, destrozado y tachado de inagotables embrollos se encuentren entre mis favoritas. Ciertamente, estoy prácticamente seguro de que abominaría Bruja o Martillo y me recomendaría dedicarme a la fontanería. Pero, antes que nada, valoro su valentía. Su libertad de expresar su criterio con total radicalidad y como le venga en gana.

Suelo disfrutar mucho con sus escritos. Creo que tienen vida y aire. Que hay en ellos una sabiduría de barra de bar y un amor entregado hacia el cine. De hecho, creo que Boyero es, en alguna medida, un escritor. Convierte  a veces sus reseñas en visiones profundas de la existencia y otras en desesperadas odas. Y, en verdad, suelo pasar un muy buen rato leyéndolas independientemente de si esté de acuerdo o no con ellas. En cierto sentido, comprendo muy bien la razón de sus exabruptos y filias cinematográficas y, aunque no concuerde, suelo entender sus puntos de vista. Si la literatura me ha educado para comprender la perspectiva de violadores, asesinos, locos, delirantes, ancianos y ciudadanos de las más diversas culturas, ¿cómo coño no iba yo a entenderle? Otra cosa, claro, es -repito- que compartamos gustos y opiniones. Algo que, por otra parte, muchas veces lleva a todo tipo de malentendidos porque el hecho de que Radiohead me parezcan tediosos y Opeth una suntuosa iglesia maligna no tiene por qué fortificar mi amistad con una u otra persona. Puede que el fan de Opeth me estafe y que el de Radiohead me salve la vida. ¿Qué más da?

La mayoría de las verdaderas obras de arte, en cualquier caso, se encuentran por encima de las opiniones. ¿Qué podrían hacer las palabras de Boyero contra una catedral? ¿Han cambiado en algo sus exabruptos la recepción universal de la obra de Andrei Tarkovsky? Realmente, nada. Por eso creo que tiene mucho mérito que sea sincero. Que no esconda su opinión. Porque, en la mayoría de los casos, lo único que podía conseguir era ganarse unos cuantos enemigos influyentes y poderosos. De hecho, vuelvo a repetir que creo que una bestia de la sinceridad como él es realmente necesaria en un mundo en el que la crítica se ha convertido en un masaje o una caricia y ciertas reseñas parecen apéndices de un ensayo de la escuela de Frankfurt. Además, creo que incluso cumple una función social y terapeútica. Pues su figura ha sido muchas veces utilizada como desahogo de sus frustraciones y fracasos por decenas de trabajadores de cine que se sentían íntimamente reforzados al enviarlo en los infiernos.

Boyero es un crítico con cojones. Hay que tenerlos bien puestos para soltar los estufidos que ha lanzado en primera plana de unos cuantos periódicos nacionales contra todo tipo de artistas engolados y superproducciones. Muchos de los que lo denigran y ridiculizan no han dudado en postrarse ante los ejecutivos de Disney, Almodovar o cualquier artista con influencia internacional. Y, sin embargo, Boyero ha soltado ostias contra verdaderos capos y se ha quedado tan tranquilo. Casi con serenidad zen o si el cuento no fuera con él.

En verdad, no es un ilustrado ni un romántico. Es un salvaje. Ha puesto en juego decenas de veces su trabajo por sus opiniones aunque, finalmente, ha sido su actitud incorrecta el motor que ha permitido que su firma siga apareciendo y brillando. En cierto sentido, es más un crítico norteamericano que europeo porque siempre ha vivido a su manera, como si hoy fuera su última día y su nueva reseña su última reseña. Como si no hubiera mañana, el mundo fuera una novela de Hemingway o Scott Fitzgerald y todos los meses hubiera un crack en bolsa. Por lo que hay restos de droga y alcohol en muchos de sus artículos y también demasiada pasión y corazón. Tanta que, al leerlos, a veces se escuchan chillidos rockeros y orgamos sexuales. Demasiada adrenalina, en cualquier caso, como para que puedan ser aceptados en el medio universitario o los palacios intelectuales. Cualquiera de los medios acomodaticios habituales.

En realidad, creo que a Boyero hay que agradecerle algo. Que lleva recordándonos semanalmente desde hace años una lección tan simple como contundente: que, más allá de toda la compleja argamasa teórica, un crítico no es ni un informador ni un publicista. Es, ante todo, una persona que debe dar su opinión personal sobre una obra de arte. Y si no es capaz de dejarla clara y de (caiga quien caiga) ser sincero, debería dedicarse a otra profesión. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Un ser humano no puede ser admirado sin ser creído

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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