Rubber

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Rubber es una gamberrada. Una de esas estupideces posmodernas sumamente divertidas. Su director es Mr. Oizo. Un famoso compositor de música disco. Y exactamente, eso es lo que parece la película: un videoclip house. Un videojuego punk y salvaje. Una videoinstalación de un museo de arte contemporáneo.

Rubber se encuentra protagonizada por una llanta de automóvil asesina. Un vengativo neumático que persigue todo lo que mueve y se ensaña con quien le cae mal cuyas andanzas son contempladas por un grupo de morbosos espectadores. Y en realidad, poco más hay que decir sobre su argumento. No hay que buscarle muchas más explicaciones. De hecho, el discurso interno del film pide con descaro al espectador que se dedique a gozar y punto. Que se olvide de los muchos errores e incoherencias y se entretenga sin más. Y en mi opinión, desde luego, lo consigue. De hecho, Rubber no es tanto una película de terror sino una comedia. Una ida de olla que merece la pena ver por el desparpajo y la libertad con la que está rodada. Por su mezcla de detalles mal resueltos, escenas mal planificadas y, claro, la inquietante y ridícula presencia de la llanta asesina. Una idea que de tan absurda termina por ser casi prodigiosa. Una vindicación de la capacidad del cine de hacer real lo imposible.

Me interesa Rubber porque no sólo es parecida a uno de esos locos temas electro que estrujan la mente de quienes suelen pasar sus noches en discotecas sino que creo que es una película que -tal vez inconscientemente- comienza a clausurar géneros cinematográficos revoltosos que crecían a los márgenes del sistema. Por ejemplo, el gore. Pues en cierta medida, Rubber se ríe -al tiempo que homenajea viciosamente- de gran parte de los presupuestos de esas películas sangrientas rodadas en carreteras desiertas protagonizadas por serial killers. Y es también una carcajada siniestra sobre el cine posmoderno. Todas esas películas que intentan teorizar sobre el espectador contemporáneo a las que apabulla con actitud cínica y punk. En cierto sentido, Rubber es hedonismo puro. Una obra parecida a una masturbación que sin embargo, nos dice más de lo que podríamos pensar sobre lo que esperamos ver cuando entramos a una sala de cine y en qué se ha convertido este arte. Un ente sin sorpresas ni provocación.

 Rubber, sí, es un blockbuster que se ríe de los blockbuster. Una película a la que le hubiera encantado nacer en la época de los videoclubs. Nacida para ser emitida a altas horas de la madrugada, cuando nadie la espera, y desordenar la conciencia de cualquier adolescente. El típico film que sólo puede nacer tras una borrachera o una ingestión potente de ácido y que termina por cuestionar tantos conceptos como el más meditado de los films de autor. Una muestra en definitiva de que al arte sólo le faltamos al respeto cuando no probamos nuevas cosas. Shalam

إِذَا نَزَلَ الْقَدَرُ عَمِيَ الْبَصَرُ

La mayoría de personas cuidan su reputación pero no su conciencia

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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