Sombras

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No resulta difícil indicar unas cuantas diferencias entre el cine francés y el norteamericano tras un fugaz visionado de Shadows y Al final de la escapada.

Cassavetes y Godard se divierten pero lo hacen de distinta forma. A uno le basta una colonia barata para salir a pasear y el otro aspira en todo momento a hacerlo con una cara aunque de momento no se lo pueda permitir. Cassavetes en cualquier caso es más inconsciente y gamberro. Más hedonista. No hace guiños al público intelectual sino al rebelde. A la juventud con mayúsculas. Su película se va haciendo. Cada escena es un plano de vida robado al arte. Sus actores no son actores. Son gente. Tipos como tú y como yo. Forajidos alejados del mundo universitario y sus intrigas. Perros callejeros que disfrutan de New York sin excesivos remordimientos de conciencia.

Cassavetes se hace colega del espectador. Es muy coral. Nos invita a un whisky. Nos pide que nos relajemos y disfrutemos. Busca cómplices y no críticos. Espectadores bohemios.

Shadows es un bar. La vida diaria. Una locura sin sentido que sin embargo transmite todo tipo de sensaciones. La libertad con la se encuentra rodada es tan o más importante que aquello que aparece en pantalla. Tanto es así que de vez en cuando se escucha un saxofón cuyos continuas circunvalaciones superan en trascendencia a los diálogos de los personajes. En realidad, lo que dicen quienes aparecen en pantalla podría ser distinto y la película no cambiaría. Pero si desapareciera el saxofón ahí sí estaríamos ante algo radicalmente diferente. La obra sería otra. Probablemente porque ante todo, Shadows es un estado de ánimo. Y pocos detalles como ese instrumento o la seca fotografía para transmitirlo ademas de, claro, la manera de fumar de los personajes o su manera de reírse al mirar a la cámara sabiendo que en el fondo el vodevil en el que participan no tiene más argumento y cometido que el de pasar un buen rato. Una hora y media divertida que, paradójicamente, logra retratar un momento histórico de la cultura americana. De hecho, Shadows explica y justifica a la Generacion beat y la era bop casi mejor que En el camino. Sin pretenderlo. Porque su esencia es la libertad. El amateurismo y el colegueo. Es más un tercio de cerveza y un polvo a destiempo con un desconocido que una obra de arte y ahí radica su fuerza. En que no busca la belleza sino el olvido.

Godard sin embargo es mucho más ambicioso que Cassavetes. El sí quiere cambiar la historia del cine. Improvisa, sí, pero con una dirección clara. Camina hacia un punto fijo que va apareciendo en el horizonte mientras rueda. Ama epatar. Llena su película de guiños intelectuales. Atenta contra el establishment porque en el fondo quiere ser estudiado en las Universidades. Ser el nuevo Pepito Grillo del público intelectual. Godard se dirige al cerebro. Emociona de refilón. Porque no tiene más remedio que hacerlo. Su mirada se antepone a lo que narra. A los actores y al argumento. El gran protagonista de Al final de la escapada es Godard. La ágil mente de Godard en movimiento. Cassavetes es jazz y Godard utiliza el jazz. Le importan más los signos que los símbolos y sentimientos. Tiene un ego enorme pero es muy joven y también busca divertirse. Por lo que finalmente, sí que logra transmitir sensaciones. En este caso, una alegre y oscura vitalidad que sintonizaba libremente con las nuevas maneras de concebir el cine y las relaciones sociales a principios de los 60. Shalam

الفن مليء بالابتزاز

El arte está lleno de chantajistas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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