Suspiria

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Suspiria es un film realmente perturbador. Un eneagrama apocalíptico.  Un guiño al fin de los tiempos en el que no hay sustos ni momentos de tensión porque cada uno de los escenarios donde transcurre la película -aeropuerto, vestíbulos, habitaciones, ventanas, cortinas o recónditos pasadizos- son pedazos del vestido de una bruja. Una hechicera aterradora cuyo influjo se percibe en todas las secuencias de esta obra maldita. Y, sobre todo, se extiende sobre un grupo de muchachas internas en una academia de baile donde parecen esperar su turno para ser sacrificadas y no tanto formarse para lograr sus sueños profesionales. Pues la mansión es prácticamente una cárcel. Una prisión frívola y nocturna.

Suspiria es una película que filma el sentimiento de miedo. Es horror esteticista y, en cierto modo, efectista. Darío Argento usa y abusa de ciertos clichés que estira, contrae y alarga perversamente para componer una obra en la que casi que se puede escuchar respirar a las profundidades. Un film donde prácticamente asistimos en primera fila a la persecución del espíritu de varias mujeres por sombras y brujas remotas de otros tiempos.

Suspiria es una ópera. Una sinalefa cinematográfica tan sinuosa como la mítica banda sonora de Goblin. Una alucinación visual en la que importan más las sensaciones, la conexión visceral con las imágenes que los delgados y brumosos hilos de su trama. Una fantasía onírica en la que tampoco son especialmente importantes para disfrutarla las asincronías de guión, la coherencia argumental ni esos bruscos movimientos de cámara parecidos a mordiscos de vampiros. Lo que importa realmente son los retortijones de tripas del espectador. Las palpitaciones del corazón. La sangre corriendo de arriba abajo del cuerpo.

Suspiria no sólo es una oda terrorífica sino que también tiene tintes jocosos y macabros. Se desarrolla, por ejemplo, entre unos decorados que recuerdan a los castillos góticos de Roger Corman y a los diseños de plástico del arte pop más frívolo. Suspiria es un delirio. Un  guiñol sangriento sobreactuado y extremo cuya teatralidad provoca miedo. Es una oda nocturna y decadente que abre continuamente dimensiones visuales y mentales a medida que se desarrolla la paranoica trama. Por eso, su estética esquizofrénica alude tanto al nazismo como al capitalismo más frívolo o a las vieja historias de brujerías y a varias de las más clásicas películas de terror.

Suspiria es una cumbre del giallo. Un fascinante cruce entre “la dolce vita” y el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. Es una filmación épica de los artificios del mundo moderno que concluye con una escena imposible de describir. Una secuencia que impresiona tanto como el rostro demacrado de una bruja cuyo aspecto y feroces gruñidos ponen de manifiesto lo importante que es saber morir. Aceptar que si bien es muy posible que nuestro espíritu sea eterno, el cuerpo es transitorio. Lleva grabado en la piel su fecha de defunción. Y no entender esto, supone una condena. Vernos obligados a comprobar in situ cómo las gozosas carcajadas que emitíamos en nuestra juventud terminan degenerando en malditos llantos. Maldiciones, ecos y voces de muertos. Shalam

مَنِ اسْتَرْعَى الذِّئْبَ ظَلَمَ

Convertir al chacal en pastor es injusto

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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