Tarantinitis

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He vuelto a ver todas las películas de Tarantino este verano. He hecho mención a varias de ellas en los últimos días. Pero a ninguna de las que sigue. Kill Bill me pareció en su momento un arfetacto absolutamente vacío. Nunca compartí los inmensos halagos que recibió. Debo reconocer que este segundo visionado la ha mejorado, pero sigue sin convencerme. Más que nada, por la exageración. No es necesario (por más que se utilice una estética de cómic) que la Novia (Uma Thurman) deba vencer a tantos y tantos enemigos para lograr su objetivo. Si ya de por sí resulta del todo inverosímil que sobreviva a su asesinato y que despierte con sus facultades intactas tras cuatro años de coma, ¿qué decir del resto? Obviamente, el filme tiene muy buenos momentos, como los combates de la Novia con Vernita Green (Vivica A. Fox) o Elle Driver (Daryl Hannah). Además, siempre es interesante comprobar cómo Tarantino crea algo nuevo apoyándose constantemente en otros referentes cinematográficos y lo grita a los cuatro vientos sin complejo alguno. Eso es genial. Pero lo que ofrece es demasiado hueco. Sobre todo, excesivamente forzado. Me da la impresión (no sé los detalles) de que esta película no le salió natural; que no fue un parto fácil. Más que nada porque en las dos ocasiones en las que la he visto, he tenido la sensación de que, en vez de dedicarse a contarme una historia, me estaba intentando convencer todo el tiempo de que era un genio. Le estaba, en definitiva, pidiendo al espectador que meditara sobre lo inteligente que es. Por eso, prefiero con mucho Death Proof a Kill Bill y no me gustaría ni en broma que cumpliera su promesa (que yo tomo como amenaza) de realizar una secuela.

Es obvio que Death proof es una película totalmente deslabazada. No obstante, ahí radica precisamente su encanto. Los diálogos se extienden y se extienden tanto que acaban por perder mucho de su jugo y punch. Por otra parte, el serial killer resulta muy poco creíble, a pesar de que Kurt Russell está tan espectacular como de costumbre y cada una de sus miradas y risas llena la pantalla. Y las persecuciones de coches del final son un gran chiste. Pero como, a fin de cuentas, se nota que Tarantino únicamente está haciendo el gamberro y pasándoselo bien, al final siempre acabo disfrutando (y mucho) del filme: una sencilla hamburguesa con lechuga, tomate y un poco de ketchup y mostaza que el director norteamericano tiene la decencia de no empeñarse en convertir en doble o triple o en transformarla en royal. Algo que se agradece. Porque lo que ofrece es algo intrascendente y divertido y a mí al menos me basta con eso para empatizar con él. No busco mucho más en sus filmes. Ni necesito que reinvente el cine ni que abuse de manierismos porque el mejor Tarantino es, en la mayoría de las ocasiones, el más directo y frontal. Ese que me hace rememorar felizmente los años en que en cada barrio de una ciudad había un videoclub en donde, entre carátulas de las pelis comerciales del momento y los clásicos rostros de Stallone y schwarzenegger, era posible encontrar en sus estanterías tanto violentos policíacos protagonizados por Charles Bronson y filmes bélicos alimenticios como clásicos de artes marciales o de ciencia ficción además de, claro, sucias salvajadas porno escondidas de la vista del público en general.

En cualquier caso, tan sólo por ver a David Carradine gesticulando, moviéndose y respirando, ya merece la pena el tiempo dedicado a Kill Bill. No se me ocurren más que tópicos para describir su crepuscular interpretación. Cuando él aparece, da la impresión de que algo importante está ocurriendo que nos concierne a todos. No únicamente a los personajes. Hay una enorme sabiduría en su mirada; un resplandor inmortal. En realidad, Carradine se interpreta a sí mismo pero también realiza una parodia de algunos de sus más míticos papeles. Se encuentra en otra dimensión. Cada una de las palabras que pronuncia en el transcurso del filme es importante. Cuando habla, parece que nos va a contar una historia inmortal de esas que se transmiten de padres a hijos durante generaciones. Cuando calla, parece que es un diablo nipón quien lo hace; que un siniestro demonio maneja y contamina su alma. Y, en fin, obviamente, su monólogo final es directamente una cumbre del cine pop. Algo sobrenatural. Porque David es capaz de convertir un divertimento en un incendio divino. Es decir; de hablar sobre la identidad secreta de Superman, Clark Kent, como si estuviera refiriéndonos la mítica batalla entre los titanes y los cíclopes llevada a cabo en los albores de la humanidad. Y encima, no sólo no resulta frívolo ni cómico sino que, al contrario, transmite una elegancia y una sobriedad que sólo están al alcance de los más grandes. Shalam

الشائعات ، صحيحة أو خاطئة ، كاشفة للغاية

Los rumores, ciertos o falsos, son muy reveladores

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: “ran” te esta esperando(kurosawa), bienvenido como deseado…
    2ºimagen: lo peor esta por venir… sardana…(homenaje a matisse)….
    3ºimagen: hipocampo “iberico” se une a “el huevo de la serpiente”…hipocampo solemne, carradine convulsivo.
    ……….se puede pensar que el principio es una botella de cristal vacia tipo antibiotico, de gran tamaño (2metros) que estuviera colocada al lado, cerca, de un hipocampo(su idea, su simbolo)…………

    • Muy buena la comparación con Ran. Me costó entender lo del homenaje a Matisse pero sí, al final recordé el famoso cuadro y me pareció también muy bien lo de la sardana. Lo que no comprendo del todo bien es lo de hipocampo ibérico .. aunque si vemos un huevo de serpiente en vez de la pistola en las manos de Carradine me parecería bien. la botella de cristal vacía…lo peor está por venir…… estrategias oblicuas… Brian Eno…

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