The witch

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The Witch, el film de Robert Eggers, tiene todo aquello que desearía ver en una obra sobre la brujería. De hecho, transcurre en la misma región y época donde sitúo mi novela Bruja. Y podría servir de introducción perfecta para lo que acontece en ella. O al menos, ser parte de algunos recovecos de su trama.

En cualquier caso, The Witch es mucho más directa y real que mi libro aunque, no obstante, es también una obra de arte repleta de alusiones y alucinaciones simbólicas. Es una fotografía estática de una época que destaca, sobre todo, por dos o tres escenas en las que las brujas son representadas casi como nunca se había hecho antes. Mezclando el horror mórbido con el arte ancestral. De hecho, su retrato parece una combinación entre un lienzo de Rubens, un fotograma filmado por Ingmar Bergman y las viejas ilustraciones de los cuentos de folklore antiguo. Una invitación a ver la vida desde el punto de vista de Satán.

The Witch me recuerda a ciertos discos de Mercury Rev porque, en cierto modo, es una angustiosa exploración sobre el aislamiento realizada desde el otro lado de la realidad. Con la conciencia de que la verdad y, sobre todo, la historia no pueden ser explicadas ni comprendidas sin el mal y que la esquizofrenia no es tanto una enfermedad mental como una herida del diablo. Un arañazo de lo oscuro. Una manifestación hambrienta de un espíritu vicioso.

En The witch, la brujería es psíquica y física porque es metafísica y casi también maquiavélica: divina y demoníaca. Por lo que no hay lugar ni espíritu que aparezca a resguardo de su influjo. El absoluto rencor con el que corrompe los corazones que buscan la paz sin dar explicaciones. Esa violencia eterna con la que sobrevuela el abismo invitando a todos aquellos con quienes se cruza a respirar su seco aliento.

En The Witch, no hay inocentes ni culpables. Toda la vida es perversión. Bucle malvado del que no es posible escapar. La inconsciencia y tozudez del hombre de fe, la obstinación de la santa, la fragilidad sexual del adolescente o la aparente inocencia de los niños se encuentran al servicio del mal. De hecho, los seres humanos que allí aparecen son semejantes a estatuas atrapadas en un bosque demente. Apenas dialogan si no es para dirigir sus palabras a dios y cuando lo hacen, monologan o insultan. Sospechan del otro o incluso de sí mismos.

A The Witch tal vez le sobren los últimos cinco minutos. La transformación de la protagonista en bruja seguida del correspondiente ritual orgiástico celeste. Sin ellos, el horror habría sido más solitario, absoluto, definitivo, complejo, angustiante y difícil de desentrañar. Pero no por ese motivo, esa delirante última escena es fallida o lo suficientemente explícita como para desarmar la ambigüedad de una película que muestra que el mal, en esencia, es poder y también placer. La promesa de un orgasmo sostenido en el tiempo a cambio del alma.

The Witch es, ante todo, una sensual exploración del mal. Una caricia del lado siniestro. Es una obra que dialoga directamente con algunos de los referentes más sagrados del el cine clásico europeo y bucea en el inconsciente de Norteamérica y la iconografía cultural occidental sobre la hechicería con sumo respeto. Es, sí, una mirada llena de pureza a las raíces del país anglófilo. Casi un sortilegio espiritual que permite comprender tanto los desquiciados juicios de Salem como las causas por las que el dinero se convirtió en un dios e inaccesibles rascacielos comenzaron a brotar como plantas salvajes en la mayoría de grandes ciudades norteamericanas.

The Witch, sí, es una parábola desquiciada muy válida para entender que la civilización moderna nace, en primera instancia, como protección contra la naturaleza y se desarrolla como venganza contra ella. Razón por la que suplicar que modere su ritmo para no aniquilar el planeta, no puede surtir demasiado efecto. Básicamente, porque la idea central del capitalismo es destruir el mundo natural -de ahí su apuesta por el virtual- para así poder controlarlo totalmente y convertirse en el hechicero que domina el cauce de los ríos y el calor del sol. La bruja de la técnica opuesta a la del bosque. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 La venganza eterniza los odios

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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