Tímido

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Montgomery Clift parecía destinado a convertirse en el yerno ideal de Norteamérica. Un actor admirado y carismático dotado de un inusual talento al que le bastaba pronunciar unas cuantas palabras y mirar fijamente a la cámara para tener el mundo a sus pies. Era un hombre firme y delicado. De una belleza clara y sosegada. Un galán sensible y apuesto que provocaba suspiros de deseo a su alrededor. Sus ojos melancólicos enloquecían a las mujeres que soñaban con corromperlo. Existía cierta pureza en él. Una aureola mística que lo convirtió casi en un sacerdote del Star System. Un ángel procedente del más allá que logró santificar con sus intervenciones todas las películas en las que apareció sin importar que fueran bélicas, westerns o pertenecieran al cine negro.

Lamentablemente, su esplendoroso futuro se quebró debido a su homexualidad. De todos es sabido que Monty nunca aceptó del todo su condición. Tenía miedo a ser descubierto y de que este hecho perjudicara inevitablemente a su carrera. Le condenara al ostracismo y de que, por tanto, los aplausos y suspiros de admiración que su eclosión había generado se convirtieran en gritos de odio y ausencia de llamadas importantes en su teléfono.

Vivió toda su vida con ese miedo terrible. Ofreciendo dinero a los jóvenes con los que se encontraba en moteles a cambio de su silencio y mirando a los cuatro costados por si algún periodista lo fotografiaba o una fan lo veía en actitud sospechosa junto a alguien de su mismo sexo. Obviamente, cayó en el alcoholismo y tenía una tendencia muy fuerte al aislamiento. Su existencia estuvo siempre fracturada. Las mujeres lo adoraban pero Montgomery poseía tanto una atracción como una aversión muy profunda por ellas. Su madre había sido extremadamente exigente con él desde su infancia. Nunca le permitió relajarse e insistió en repetirle que era mucho más importante el éxito que la felicidad. Una presión que lo convirtió en un perfeccionista, un maniático obsesivo de su trabajo y, a su vez, transformó su relación con su progenitora en tormentosa. Un hecho que ayuda, desde luego, a entender sus tensas y complicadas relaciones con el sexo femenino.

Algunas señoritas consiguieron llevarlo a sus habitaciones (se cree incluso que tuvo dos hijos que nunca reconoció) pero, en la mayoría de las ocasiones, Montgomery se mostraba silencioso y esquivo con ellas. Sufriendo tanto por no poder darles con total intensidad lo que necesitaban como por levantar sospechas. Hay quienes sugieren que era bisexual. En cualquier caso, nunca se aceptó a sí mismo y se vio abocado a experimentar crisis de todo tipo. Un infierno que aún se acrecentó más tras un accidente de coche que desfiguró su apolíneo rostro y, de no ser por sus ingentes dotes actorales y que su legendaria figura era un seguro de vida para los productores, probablemente le hubiera dejado sin trabajo hasta el resto de su vida.

Creo que su tragedia lo terminó por convertir en el excelso intérprete que fue. Al fin y al cabo, Montgomery Clift era alguien que estaba siempre interpretando un papel. Nunca podía ser él mismo. De hecho, fue actor más por azar que por vocación. Por un imprevisto del destino. Y, en principio, no estaba en sus planes dedicarse al cine puesto que consideraba el teatro un arte mucho mayor y trascendente. Pero todo ese caótico mundo interior contribuyó ciertamente a hacer de él un inmenso artista.

No es difícil rastrear sus sufrimientos en sus atormentadas, contenidas y precisas interpretaciones. Monty nunca sobreactuaba. No era excesivo. Sabía por experiencia propia condensar perfectamente los puntos débiles del personaje. No necesitaba ni de una excesiva gestualidad ni de un guión sobresaliente o un experimentado director porque con dos detalles captaba la naturaleza del papel. Su timidez no le perjudicaba sino que le aportaba más misterio. Sus silencios eran seductores y sus ojos eran capaces de transmitir con inmensa convicción los sufrimientos y dudas de sus personajes. Monty miraba a la cámara con cierta tristeza, por ejemplo, y podía provocar el llanto en sus seguidores. Las cámaras estaban, desde luego, enamoradas de su fragilidad. Y eso le permitió humanizar todos los personajes que interpretó. Convertirlos en seres humanos reales. No hay, de hecho, un carácter interpretado por él que parezca de cartón piedra. Todos son creíbles y verosímiles y, sobre todo, -repito- reales.

Marlon Brando tenía tanta energía que parecía que iba a romper la pantalla en cualquier momento con su mirada. James Dean era revoltoso. Se movía como un pato elegante ante las cámaras y gozaba exhibiéndose. Mostrando su alma egocéntrica y rebelde. Pero Montgomery Clift no parecía disfrutar exhibiéndose. Incluso cuando aparece en primer plano, existen ciertos movimientos y gestos que nos indican que si pudiera, preferiría permanecer en el fondo. Montgomery no deseaba ser contemplado. No quería que se enamoraran de él. Evitaba al público y se concentraba totalmente en su personaje. Muy probablemente, porque tenía un miedo feroz a que los espectadores descubrieran su secreto. Un temor que lo transformó -repito de nuevo- en un enorme actor. Una persona que deseaba pasar desapercibida. Anhelaba ser un hombre gris y se comportaba ante la cámara con la sobriedad de un funcionario pero poseía un talento desbordante. Era, sí, un genio a pesar de sí mismo. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Nada hay en la tierra más difícil de sostener que la boca

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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