Toros

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Hay quienes dicen que Martin Scorsese rueda una y otra vez la misma película. Algo que por otra parte se puede afirmar de la mayoría de grandes cineastas desde Jean Luc Godard o Akira Kurosawa hasta Gus Van Sant o Alfred Hitchcock. No seré yo desde luego quien los contradiga. ¿Para qué? Pero sí me gustaría apuntar que la obra original en la que se ha basado el director italoamericano para desarrollar, según ellos, el resto de su filmografía ha de ser desmesuradamente potente y visceral porque la mayoría de sus secuelas son realmente impactantes.

De tal modo que tengo muy claro que si mañana enfermara, no pudiera escribir y tuviera que quedarme en casa durante varias semanas, una de mis principales ocupaciones sería ver en bucle una y otra vez muchas de sus obras maestras: desde Taxi Driver o Malas calles hasta Uno de los nuestros o Toro salvaje. Películas que o se sienten o no. No hay más. Porque son un intenso puñetazo en el estómago. Un tiro en la frente. Una adaptación a nuestra época del cine norteamericano de los años 40 protagonizado por tipos duros, solitarios y gángsters y de las películas más torrenciales y dramáticas del neorrealismo italiano. La fuente más cercana de la que David Chase bebió para crear ese monumento llamado Los Soprano.

Hace unos días de hecho volví a ver Casino y El lobo de Wall Street y disfruté muchísimo. No podía quitar la mirada de la pantalla. Algo que realmente me sorprendió porque cuando ambos filmes se estrenaron me parecieron en cierto sentido repetitivos. Un nuevo escalón en la filmografía de Scorsese que no aportaba mucho más a lo ya consabido y ahora encuentro explosivos. Pura metralla. Un cruce entre una raya de cocaína y un concierto de los Stones en los 70.

De hecho, hacía tiempo que no me revolvía tanto una escena como aquella en la que Jorgan Bedfort (Leo DiCrapio) y Donnie Azoff (Johan Hill) resbalan por los suelos debido a una intoxicación de pastillas Quaaludes y el segundo está a punto de morir atragantado. Aunque El lobo se encuentra llena de momentos memorables como el diálogo lleno de sobreentendidos (y malentendidos) en el que Belfort intenta sobornar a un agente del FBI en un lujoso barco. O mismamente, la aparición en sus primeros minutos de un soberbio Matthew McConaughey al que le bastan cinco minutos y un monólogo esquizoide y delirante para revelar los misterios de Wall Street y poner patas arriba la película. Echar a andar el biopic de un hombre capaz de vender un bolígrafo a un cliente como si fuera un Mercedes o la lujosa carrocería de un Porsche.

Casino se encuentra también plagada de escenas imborrables. La pelea entre Sam Rothstein (De Niro) y su esposa Ginger (Sharon Stone) mientras comienzan a sonar fragmentos de la mítica “Without you” de Harry Nilson es un videoclip, sí, pero de los buenos. Refleja perfectamente el estado de ánimo de una época. Y por otra parte, Joe Pesci prácticamente rompe la pantalla. Se la come. Está tan bien como en Uno de los nuestros. Esplendoroso en su papel de matón. Casi egregio. Y por supuesto, tanto De Niro como Sharon Stone bordan sus interpretaciones. Esta última incluso logra substraer la atención del espectador de sus dos titánicos compañeros. Aunque probablemente los más intensos momentos de la película se encuentran vinculados a la descripción de los antiguos y monumentales casinos de Las Vegas. Un retrato esplendoroso y minucioso de los coliseos del juego perfectamente secundado por las crisis existenciales y amorosas de sus protagonistas. Por la voracidad, la avaricia y la consabida corrupción política.

Hay algo abstracto, casi matemático, en Casino más allá de los golpes violentos y las matanzas. Una mirada árida que probablemente tenga que ver con el frío carácter de los centros de apuestas y los desiertos de Nevada. Con el alma solitaria de unos hombres que no pueden fiarse de su propia sombra y valen por el dinero que tienen en su billetera que, a pesar de estar condenados al fracaso, se empeñan en amar. Continuar con una comedia en la que al final son reducidos a números y donde no hay una sola concesión al perdedor.

Sé que Jorge Luis Borges no le dedicaría las mejores palabras a la obra de Martin Scorsese. Que la despacharía con uno de sus geniales chascarrillos irónicos. Y que probablemente haya obras actualmente más estimulantes intelectualmente. Aventuras más sombrías, recónditas y laberínticas. Pero si me es posible, en los próximos días volveré a ver El color del dinero, El rey de la comedia e Infiltrados y no tengo dudas de que disfrutaré muchísimo. Aunque tengo ciertos reparos hacia Gangs of New York.

En cualquier caso, seguro que no me arrepiento de esta revisión que me parece necesaria antes de introducirme en El irlandés. Una película que huele a canto de cisne por todos los costados. A blues fúnebre. A epílogo de una época y manera de entender el cine que me tomaré mi tiempo, eso sí, para contemplar. Tal vez de hecho lo haga en primavera. No importa. Lo haré cuando me sienta preparado. Dispuesto. Pues previamente quiero valorar como se merece la obra de uno de esos hombres cuya filmografía y la visión de la vida que de ésta se desprende, me han hecho experimentar idénticas sensaciones que míticos filmes del cariz de La ley del silencio, los discos de  Bob Dylan y Neil Young o unos nutridos y bien condimentados espaguetis a la carbonara. Y eso obviamente son palabras mayores. Historia en carne viva del arte cinematográfico. Shalam

بَابُ النَّجَّارِ مَخْلُوعٌ

Hasta la puerta del carpintero puede romperse

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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