Trip gamberro

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Cada vez que he visto un cortometraje de Velasco Broca he tenido la sensación de estar tomándome un tripi. Y por ello creo que su cine es más sensorial que intelectual. Más sentimental que cerebral. Pues la fascinación que provocan sus imágenes tiene más que ver con los recuerdos y el inconsciente que con ideas previamente concebidas o un guión hábilmente trazado. De hecho, podría afirmarse perfectamente que sus creaciones surgen de aforismos extraídos de una novela de Philip K Dick o brotan espontáneamente de unas cuantas viñetas de un cómic de ciencia ficción de serie B. Y que, en vez de rodar escenas, filma sentimientos, miedos, fobias, angustias o deseos. Esa contradictoria moviola de fotografías que gira continuamente en la mente cuando el cerebro se encuentra libre de ataduras.

En realidad, los textos fílmicos de Velasco Broca beben del surrealismo pero no son precisamente surrealistas. Van más allá del estilo dado a conocer por André Breton. Son un encuentro en el limbo entre el cine Val de Omar, las novelas esquizoides de J.G. Ballard y la escritura psicotrópica de Thomas Pynchon. Una locura que creo que no termina de comprenderse hasta que se escucha hablar al cineasta.

En las escasas entrevistas realizadas al director vasco que he tenido la oportunidad de ver, he comprobado que habla de una manera muy peculiar. Como si las ideas se mezclaran en sus neuronas creando continuos torbellinos y elipsis mentales que van creando espacios discursivos distintos a los cotidianos. En otras palabras, Velasco Broca parece estar siempre drogado. Pero no haber consumido una de esas drogas que queman neuronas y aturden el cerebro sino una que ayuda a estar lúcido y riega continuamente los conductos sanguíneos creando nuevas conexiones ideales para la práctica artística. Afrontar los más insólitos riesgos.

Velasco Broca es el rey del desparpajo. Alguien que filma cortometrajes parecidos a camisas hawaianas o a chicles de esos elásticos que se pegan en cualquier parte. Junta imágenes que parecen proceder de cómics enterrados en las playas del olvido cuyas viñetas, de golpe, aparecen en la pantalla como reflejos.

Su trilogía de cortos sobre una invasión extraterreste (Kinky Hoodoo voodoo, La costra láctea y Avant Pétalos Grillados) era una auténtica maravilla. Una obra que evocaba a Buñuel, a Ed Wood, al semanario El caso y al cine malvado y poético de manera intrépida. Con Sorna jocosa. De tal modo que las películas podían ser leídas tanto como chistes malos como lustrosos homenajes al cine mudo y a los viejos documentales, revistas y películas sobre marcianos que provocaron el pánico (y también unas cuantas risas) en medio mundo. Tanto es así que si alguna vez tengo que definir qué es lo insólito, tal vez me ayude de cualquiera de los cortos de Broca. Alguien que convierte un pensamiento normal en un sueño y un día soleado en un océano de vibraciones, sonidos y colores porque para él la realidad debe responder a aquello que deseamos que sea y todo lo que filma, lo filma no como un profesional sino como un adolescente. Con espíritu gamberro y parricida. Shalam

إِنَّ الْكَذُوبَ قَدْ يَصْدُقُ

Es más fácil engañar que desengañar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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