Una mano

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No importa el film que se vea de Raoul ruiz porque en la mayoría de ellos hay magia. En prácticamente todos resuena el eco divino del arte antiguo y puede escucharse la voz de ángeles caídos. Niños divirtiéndose en una fiesta donde se sirven platos sugerentes y exquisitos que unos cuantos payasos se tiran a la cara frente a la mirada indiferente de los anfitriones. Generalmente, burgueses palaciegos que habitan mansiones europeas que podrían aparecer perfectamente en cualquier lienzo de Magritte.

El cine de Raoul Ruiz es un cruce salvaje y desacomplejado entre el surrealismo francés de alta costura, el sentido del humor chileno y el onirismo americano. Y si tuviera que definirlo de alguna forma sería, desde luego, de manera original: como unos versos de Vicente Huidobro cayendo en una copa de champagne.

Acabo de ver Voyage d’une main y he de reconocer que me ha dejado un sabor de boca muy dulce. Como si hubiera asistido en vivo y en directo a una obra de teatro en el cafe dadá o hubiera tenido una cita con varios de los primeros surrealistas en la que se hubieran contado ristras de chistes negros sin más finalidad que provocar la carcajada celeste. El delirio orgiástico.

Raoul ruiz nos cuenta en este caso una historia mítica: la de la mano. La negra y violenta. La tersa y arrugada. Una mano en cuyas líneas se lee el destino del mundo y se pueden contemplar todo tipo de imágenes: la geografía de ríos africanos, las siluetas de países asiáticos, los ojos de mujeres orientales, juguetes, magos, hornos, catástrofes, suicidios y romances en medio de colinas donde los buitres rugen continuamente y los caballeros o bien juegan al poker o se enfrentan en duelos de espadas que parecen no terminar jamás. Se extienden por horas como las caricias de esa mano capaz de provocar un orgasmo con tan sólo ponerse en la frente de una mujer.

El cine de Raoul Ruiz no es que sea libre sino que es indefinible. Es un bigote cojo. La risa. La carcajada al momento de emitirse. Una historia fantástica contada a un fantasma. Un deporte divertido en el que gana quien más goles encaja.

Ruiz es capaz de radiografiar la burguesía francesa como si fuera chilena: un nido de buitres perdidos en el oropel de la cultura tan fácil de ridiculizar que ni siquiera merece la pena gastar el tiempo riéndose de ella o criticándola. Compone frescos que nunca apuntan allí donde se dirigen las palabras o imágenes. Normalmente, remiten a otra cosa: lo bien que se lo pasan los dioses (y diablos) con nuestros esfuerzos por comprender la vida. De hecho, su cine parece un travestido Olimpo donde las egregias personalidades del santoral mitológico occidental siempre, absolutamente siempre, aparecen disfrazadas y básicamente, se dedican a componer un poema sinfónico lleno de estelas y estrellas capaz de extraer una sonrisa a los muertos. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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