Viridiana

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Lo que hizo Buñuel con Viridiana es histórico. El régimen franquista le abrió tímidamente la puerta, esperando tal vez beneficiarse subrepticiamente del retorno del hijo díscolo, y éste le pegó dos sopapos con la mano abierta. Una patada en los cojones histórica. Ciertamente, muy pocos de los republicanos que criticaron al aragonés por regresar a su país se atrevieron a la mitad.

Cuando a Buñuel le propusieron rodar en España a finales de los 50 sabía que lo estaban invitando a golpear donde más le dolía al generalísimo. No a darle la mano respetuoso y sumiso. Pero ni el más osado de sus admiradores pensó que se atrevería a tanto. Porque el mítico filme rodado entre Madrid y Toledo es lo más parecido a un estruendoso eructo en un ágape burgués o a un insulto al cura en medio de una ceremonia. Así que no me extraña que no pudiera proyectarse durante más de una década en nuestro país. O que tuvieran que sacarlo de nuestra frontera tras enterrar sus bobinas y jurar que había sido destruidas en el coche de unos toreros (guiados por Domingo Dominguín) que iban a llevar a cabo una corrida en Montpellier. Un acontecimiento tan o más surrealista que la misma película cuya creciente fama debido a la Palma de Oro recibida en Cannes se agrandó más y más debido a las dificultades de contemplarla (como no tenía permisos de importación no se podía vender y tenía que verse en sótanos, colinas, pases privados, etc)  y la rabieta que con ella tomó el Vaticano.

En España mencionarla era casi como nombrar al diablo. Un oscuro y perverso desliz de la dictadura que le costaría el puesto al director de Cinematografía del Régimen, José María Muñoz Fontán, y dejaría a Francisco Franco con cara de tonto y asombro durante años. De aparecer en una película de Buñuel, habría sido el típico personaje al que un mendigo se le hubiera acercado y le hubiera soltado un «atontao, que pareces atontao». Y algún tipo en un bar hubiera dicho de él: «Pues no era tan bravo el toro como lo pintaban», entre risas de borrachos y plebeyos.

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Creo que la transgresión llevada a cabo por Buñuel fue tan grande que se ganó instintivamente el respeto de Francisco Franco. Imaginemos a un gladiador que antes de que le suelten a pelear contra las fieras o soldados mejor alimentados, en vez de saludar al César le saca el dedo o le hace un corte de mangas. Alguien capaz de jugarse la vida de tal forma no tenía que ser desde luego un cualquiera y el generalísimo, preocupado además por otros menesteres, lo dejó pasar. Para cuando se quiso dar cuenta del caballo de Troya que le habían metido, ya era tarde.

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En cualquier caso, Francisco Franco fue uno de los que mejor definió la película. Una sucesión de chistes baturros. Le faltó añadir a baturros, salvajes y deliciosos. Pero realmente acertó. Porque Viridiana es un no parar. Desde el primer al último minuto, no hay un momento de desperdicio. Buñuel enlaza golpe con golpe sin descanso.  Hilvana puñetazo tras puñetazo, hostia tras hostia y ocurrencia tras ocurrencia en una película bestial. Transgresora, fúnebre y jocosa hasta decir basta. Un filme que en el fondo lo que dice es que la Virgen María tuvo que follar con alguien para dar a luz a Cristo. Plantea una lucha entre el espíritu y la carne llena de morbo y alevosía en la que el primero sale derrotado por el progreso, el desarrollismo y el deseo sexual. Y que, al mismo tiempo, ridiculiza la bondad igualándola a la estupidez.

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Santa Teresa de Jesús no era santa. También era puta. Eso nos sugiere Viridiana. Y también que no hay hombre sin pecado ni burgués que no sea un degenerado. Un fetichista del sexo o el dinero. Buñuel pone contra el paredón al Espíritu Santo y a la caridad cristiana. Tras ver su película parecen invenciones de rancios curas. No conceptos teológicos sino frases viejas escritas en libros caducos vencidos por el capitalismo. El sudor del falo y la humedad de la vagina.

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La primera parte de Viridiana es un cuento gótico y melancólico. Hay partes que podría haber rodado alguien de la Hammer y otras que podrían brillar en una novela del Marqués de Sade o erótica de bolsillo. Pero Buñuel es tan directo que deja de lado la nostalgia y la tristeza. Parece que lo cuenta está sucediendo ahora mismo. En realidad, lo que hace Buñuel es destruir el pasado y la literatura. Contar las cosas tal y como ocurren en la vida. La perversión es siempre más transgresora que cualquier retrato artístico de la misma.

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Viridiana es una bomba. Buñuel mezcla el melodrama y los Evangelios con el costumbrismo y el casticismo hispano, a la vida franciscana con la picaresca y los retratos grotescos, con una naturalidad pasmosa.

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En realidad, Viridiana es la segunda parte de Nazarín. Ambas obras estaban basadas en dos novelas de Galdós que Buñuel se llevó a su terreno totalmente. Como si en vez de estar escritas por un soberbio escritor fueran dos trozos de carne que echarse a la boca.

El personaje interpretado deslumbrantemente por Silvia Pinal era una bifurcación y continuación del inocente y quijotesco párroco don Nazario. Aunque Buñuel iba más lejos y jugaba con más reflejos. Porque el sacerdote interpretado por Rabal en Nazarín encontraba su doble y opuesto en Jorge, el hijo natural de don Jaime, interpretado, a su vez, por el actor de Águilas en Viridiana. El pragmatismo volvía a ganar al espíritu. Que levante la mano o calle para siempre quien pueda subsistir sin una pizca de sexo.

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Revisando ambas obras, vislumbro que tanto Viridiana como Nazarín eran una reinterpretación en clave católica de gran parte de los postulados sostenidos en el Cándido de Voltaire y El idiota de Dostoievsky. Don Nazario y Viridiana son dos cándidos idiotas que creen en la doctrina de la iglesia al pie de la letra. Son sinceros hasta decir basta. Y por eso van creando problemas por donde van.

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Viridiana está llena de momentos memorables. La cena de los miserables, el suicidio de don Jaime o las miradas cargadas de deseo reprimido de Ramona, la criada, a don Jorge. En realidad, si tuviera que escoger alguna que la diferenciara del resto, algo absolutamente inimitable, elegiría la famosa escena en la que don Jaime salva a la abeja de morir ahogada (algo que no figuraba exactamente así en el guión) o aquella otra en la que Viridiana intenta ordeñar a una vaca. Aunque si alguna me parece distintiva es esa otra en la que la hija de Ramona (Teresa Rabal) dice tener miedo porque ha visto a un toro negro muy grandote. Eso ningún personaje de ningún otro filme lo diría jamás. En cualquier otra película, la niña diría haber soñado con arañas o ver rostros deformes pero nunca confesaría haber visto entrar a un toro negro por la alacena. Para más señas, ¡grandote! ¡Un toro negro grandote!

De todas formas, siendo sinceros, me quedaría con todas y cada una de las escenas de la película. Esa en la que don Jorge libera a un perro atado a un carro me gusta también mucho. Por no hablar las fetichistas protagonizadas por don Jaime. El rey de los condes muertos.

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En Viridiana hay algunas escenas mal filmadas pero eso es precisamente lo que las hace tan potentes. Auténticas. Verdaderas. Buñuel no cuidaba el estilo. Buñuel era el estilo. Hablaba y aunque se refiriera a un puro o a un columpio, su tono era soez. Transmitía carnalidad. Vida. Cada una de sus palabras era un chupito de tequila. Un coñac. El cine bien filmado es burgués. Un juego de niños. Eso lo sabía bien el director aragonés. Ni a España ni a México se les puede retratar en Cinemascope o en planos limpios para captar su esencia. Buñuel sabía que un pantalón roto en el suelo dice más de un personaje a veces (y probablemente siempre) que cien diálogos.

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Hay una frase en Mi último suspiro que define perfectamente lo que hizo Buñuel con la españa franquista en Viridiana: «Con frecuencia, he pensado introducir en una película una escena en la que un hombre trata de contar una historia a un amigo; pero olvida una palabra de cada cuatro, generalmente, una palabra muy simple: coche, calle, guardia… El hombre farfulla, titubea, gesticula, busca equivalencias patéticas, hasta que el amigo, furioso, le da un bofetón y se va». El régimen le medio abrió la puerta y Buñuel la desencajó, le golpeó en la cabeza con ella y cogió un avión con destino Francia y México.

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Tengo la impresión de que los diálogos de Viridiana responden casi punto por punto a lo escrito en el guión. Que los actores, en realidad, están recitando. Haciendo teatro. Y sin embargo, son completamente naturales. Eso es algo anormal que casi que sólo ocurre con Buñuel. Sus actores se nota que no se creen lo que están diciendo, se percibe que están interpretando pero, como tanto ellos y nosotros sabemos ese secreto, al final nos lo creemos todo. Absolutamente todo. De hecho, a pesar de que Viridiana es un auténtico delirio, es una película profunda, intensamente real.

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Viridiana es una película tan viva, sorda y rebelde que creo que todavía no he dicho nada de ella. Que este avería está comenzando. Hablando de comienzos, no me gustaría despedirme sin citar su torrencial inicio. A Buñuel le basta con poner un plano fijo de la mansión de don Jaime y una versión ruidosa de El Mesías de Haendel de fondo sonoro para despertar en sus espectadores futuros la más franca admiración.

Nosotros ya sabemos lo que viene, pero los censores y curas que la vieron en su momento no. No puedo evitar obviamente reírme al imaginar sus rostros satisfechos al escuchar los Aleluyas iniciales y cómo sus sonrisas se pudrirían en el transcurso de la proyección. Pero lo más fuerte no es esto (que ya de por sí lo es y mucho) sino el hecho de que esa música enlace perfectamente con la mítica escena del convento y, en cierto sentido, sea también un homenaje a la bondad de Viridiana. Una mujer de ancho corazón que no se queda en las meras palabras y lucha sinceramente por aunar intención y acto. Oración y misericordia real por sus semejantes. Shalam

الحب بلا خطيئة مثل البيضة بدون ملح

El amor sin pecado es como el huevo sin sal

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

4 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….el cartelista hizo a fernando rey pero al que se le parece es a vincent price……..sonrisa…..

    2ºimagen:….la actriz secundaria(margarita lozano) que le lleva la cola a silvia pinal esta viva y vive actualmente en aguilas(hace unos meses conoci casualmente a su cuidaora(joven morena) que al hablar precisamente de este titulo absoluto me dijo que era quien cuidaba a la anciana(viuda y 2º novia de fº rabal….raton y gato)……

    3ºimagen:…….el angelus de millet…y dali….https://muhimu.es/cultura-entretenimiento/historia-real-tras-dali-cuadro-angelus-jean-francois-milletmillet/?cn-reloaded=1

    4ºimagen:….silvia pinal me parece guapisima…»primita»……te iba a poner el enlace de la ultima cancion-ultima escena pero:…https://www.alohacriticon.com/preguntas/como-se-titula-la-musica-que-suena-en-la-ultima-escena-viridiana/…….te pongo una de ellas:….https://www.youtube.com/watch?v=rJoTiZ0tHYc del gordo turner………..buñuelpower……….viridianasonrisa……….

  2. 1) Sí. Eso me llamó la atención del cartel. Por no hablar de los colores. El cartelista pensó que Viridiana era un melodrama. 2) Creo recordar que me comentaste esa anécdota hace poco. Hace también no demasiado tiempo, le dieron un premio en la Universidad. Margarita Lozano se sale en este filme. 3) Fascinante la historia del lienzo que realmente no conocía. 4) Vaya. Buen dato. Tampoco me lo había preguntando nunca. Este final conecta por cierto completamente con el de Simón del desierto. O ¿quién sabe? Carne radiactiva. Es el baile final.

  3. andresrosiquemoreno on

    ………….alejandro este es el temaviridianotheend: Shimmy Doll” de Ashley Beaumont…….
    https://www.youtube.com/watch?v=-TIN-OwbiXE………..aunque yo creo que a buñuel le daba un poco igual la musica…… la usaba como los calcetines que se pone la gente para ir a juego….sonrisa……
    en youtube aparece ahora mismo esto y no me resisto………………………….
    https://www.youtube.com/watch?v=hiw9g3mG040…esplendido littlerichard…..jajajjjj…carneradioactiva……

    • Yo también creo que a Buñuel le daba exactamente igual la música. Pero estoy seguro de que recordaba profundamente cuatro o cinco canciones. Una de su abuelo. Por no decir el tema de los tambores. Pero claro que sí. Eran calcetines y hebras de tabaco. Bueno. Nunca está de más escuchar a Richards. Pura radioactividad. El era el anti-simón del desierto aunque acabó también predicando. Un mundo travestido y difuso.

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