Visiones II

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Dejo a continuación el segundo avería que dedico a varios de los últimos filmes y documentales que he visto. En este caso, a MidsommarLost soul, Suspiria, Once upon a time in Hollywood y Vinyan.

Ahí va:

Midsommar: De Midsommar me sobra la primera media hora. Prácticamente los primeros 45 minutos. Me parece que están muy mal explicadas y justificadas las razones por las que unos jóvenes estudiantes norteamericanos viajan a un pueblo sueco. De manera confusa y banal. En cuanto a su estancia en el entorno rural donde se desarrollarán los intensos y violentos rituales paganos percibo varias inconsistencias en el guión. Pero he de reconocer que, no por previsible, todo aquello que ocurre en la comunidad sí se encuentra muy bien trabado y termina por inquietar. De hecho, hay varias escenas que se me han quedado grabadas en la memoria haciéndome reflexionar sobre las imágenes de un filme que considero bastante mejor que Hereditary. Tanto que tengo bastante deseos de ver la versión original ideada por Ari Aster pues entiendo que tal vez corrija la irregularidades que posee su más que interesante obra. Un zumo agrio lleno de sangre inocente destinada a honrar la memoria de ancestrales e ignotas divinidades vikingas ávidas de sacrificios.

Lost soul: soy de los que disfrutan rastreando anécdotas sobre rodajes cinematográficos fallidos. Odiseas que terminaron en esperpentos creativos.  Locuras absolutas. Y en este sentido, el documental realizado por David Gregory sobre la fallida adaptación llevada a cabo por Richard Stanley de La isla del Dr. Moreau (y finalmente realizada por John Frankenheimeren la selva australiana es una verdadera golosina.

Las declaraciones del bizarro director de Hardware son oro puro. Casi un manifiesto cómico. Bastan por sí mismas para realizar un tratado surreal y delirante sobre el cine. Y, desde luego, su insólita aparición, (después de haber sido despedido y haberse tomado unas vacaciones para reflexionar sobre el fracaso de su proyecto), como figurante vestido de simio o bestia en el rodaje es demencial e invita a echarse infinitas risas. Por otra parte, todas las historietas relacionadas con Marlon Brando son un monumental homenaje al extravío y al ego. Una invitación a la carcajada dionisíaca más feroz. Todavía más si contrastamos la actitud de coloso actor con la intransigencia feroz de un Val Kilmer que, teniendo en cuenta que su figura no queda en muy buen lugar, lógicamente se negó a participar en este documental parecido a varios cigarrillos de marihuana. Un cuelgue obligatorio para cualquier friki cuyos continuos desvaríos ayudan a valorar aún más el mérito y grandeza de las obras de arte bien perfiladas y acabadas.

Suspiria: el problema de la adaptación realizada por Luca Guadanigno del clásico de Dario Argento radica en que desvela demasiado y se pasa de manierista. Todo lo que en la versión anterior era sugerencia y ambigüedad, aquí es bastante explícito. Indudablemente, la adaptación posee momentos sobresalientes. Se atreve ir más allá de la canonizada. Pero, a pesar de que profundiza en sus aspectos sombríos y truculentos, es más superficial que la obra maestra del Giallo. Porque, en vez de penetrar por sus recovecos y flecos ocultos, lo que hace es abrir de par en par las habitaciones de una academia de baile que ni siquiera en la mítica, intensa y emocionante escena final del filme clásico quedaban totalmente al descubierto.

Guadanigno llena de sangre y dolor su película. De vísceras y revoltijos de carne. Flirtea por momentos con el gore. Y emplaza a su protagonista en medio de una Alemania desbordada por el terrorismo y su pasado nazi. El estanque perfecto para el reinado de las madres superiores y brujas. Pero algo falla aquí. Algo no termina de encajar. Y no es desde luego la meritoria banda sonora de Thom Yorke ni la fotografía ni el vestuario. Es el ritmo. Tal vez la naturaleza del propio desafío. La necesidad de superar lo insuperable. De echarse un pulso con el pasado para derrotarlo (o enterrarlo) en vez de conformarse con homenajearlo honrosamente.

Once upon a time in Hollywood: amo a Tarantino. Me gusta Tarantino. Disfruto del cine de Tarantino. No tengo nada en contra del cine de Tarantino. Podría dedicarle sin ningún problemas más averías de las dos que ya he urdido en su honor. Los odiosos ocho me pareció una obra maestra. Django desencadenado era sumamente disfrutable. Una gozada. Y esperaba por tanto lo mejor de su nueva hamburguesa. Su nuevo viaje en Porsche. Sin embargo, no he disfrutado del todo con su homenaje a los 60. Únicamente lo he hecho con detalles. Con momentos. El final desde luego me encanta. Me parece soberbio. Los gritos de una de las ariscas asesinas de la tropa de Charlie Manson en la piscina son geniales. Son intensos. Son épicos. También las apariciones del perro que acompaña al personaje interpretado por Brad Pitt. Obviamente, amo la banda sonora y el entrañable diálogo entre DiCaprio y una niña en medio del rodaje de un western así como cualquiera de las escenas que hacen referencia al mítico cine de acción del pasado. Pero me sobra prácticamente toda la secuencia emplazada en el desierto de California o la consagrada a la desmitificación de Bruce Lee.

Comprendo perfectamente las motivaciones internas de Tarantino para rodar este filme. Pero tal vez le falte ritmo. Sólo eso. Visualizo Once upon a time como un disco soul en el que hay dos singles muy claros y una balada estremecedora en medio de seis o siete medios tiempos que, sin ser descartables, no llegan al nivel de los tres temas estrellas y otros Lps anteriores del actual monstruo de las galletas de la pantalla grande. Alguien que no obstante concita una inmensa expectación con cada una de sus obras que recuerda a otras épocas de la historia del cine que ya creía olvidadas desde el advenimiento de Internet. Un hecho que, obviamente, sólo puedo celebrar pegando tiros al aire mientras me pruebo unos pantalones de campana clásicos.

Vinyam: Vinyam es como un cruce entre Desaparecido y Apocalipsis now en medio de Tailandia. La película está llena de tópicos y sin embargo, funciona. Tal vez porque Fabrice Du Welz es capaz de retratar la desesperación de una madre y su correspondiente pareja por la pérdida de un hijo tras un tsunami y retratar la fantasmagórica y espeluznante atmósfera de una selva irreal. Parecida a un insecto sombrío. A los pies de una babosa o a las antenas de una mosca.

Vinyam es una cabeza de vaca descuartizada en medio de una pesadilla. Una incursión en un hormiguero. Un filme de terror con aires de novela de Conrad cuyo desvarío se siente en el alma. Es una crónica de la locura provocada por un paisaje cruento que rápidamente se convierte en el auténtico protagonista de este telúrico viaje a los infiernos, contribuyendo decisivamente al delirio y el extravío de dos occidentales en territorio desconocido. En medio de un país asiático lleno de almas errantes y colmenas de niños cuya inquietante e ignota presencia recuerda a la de los indígenas que aparecían en la media hora final de Apocalipsis now. Pues en vez de ser símbolo de inocencia, lo son del horror. Shalam

    الجهل لا يحط من قدر  الإنسان أكثر مما يصاحب الثروة

La ignorancia no degrada al hombre más que cuando va acompañada de la riqueza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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