Doom

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Existen pocos villanos tan carismáticos como el Dr. Muerte por muchos motivos. Tanto que, aunque suene exagerado, no resulta descabellado afirmar que, hasta la maravillosa época de John Byrne y la posterior de Walter Simonson, Los 4 Fantásticos era un cómic en el que la mayoría de historias y avatares sufridos por los héroes no tenían mayor sentido que el de dejar transcurrir el tiempo suficiente hasta su nueva aparición. Los destinos de aquel grupo de increíbles personas y el suntuoso malvado se encontraban vinculados desde sus años universitarios hasta el punto de que eran inconcebibles el uno sin el otro. Si el Dr Muerte moría, Los 4 fantásticos se acababan y viceversa. Ambos estaban unidos por una respiración subterránea como Thor y Loki, La Patrulla X y Magneto o Spiderman y el Duende Verde. Cuando aparecía el Dr Muerte se incrementaban las ventas y el cómic desprendía trascendencia y dramatismo. Disparaba sus expectativas artísticas. Hacía pensar en la novela romántica y en las viejas epopeyas shakesperianas. Proporcionaba un componente mítico y místico a Los 4 fantásticos. Una obra que sin el Dr Muerte vivía de los chistes de Ben Grimm y el zeitgeist científico y tecnológico de la época pero se encontraba demasiado encorsetada como para detener el tiempo. Para transformar sus historias en colosales tragedias.

El Dr Muerte transmitía potencia, soberanía, dolor y crueldad. Su aspecto hacía pensar en indómitas enfermedades como la plaga, la peste o el cólera. Era un símbolo del mal eterno. Un hombre misterioso que escondía una dolorosa historia, dotado de tan intenso magnetismo que llegó incluso a poseer su mini serie hace varias décadas junto a Ka-zar. Algo inconcebible para un villano. Pero comprensible teniendo en cuenta sus características. Pues su biografía era digna de novela de Bram Stoker. Había amado a una muchacha en su juventud a la que había debido olvidar a la fuerza para convertirse en quien deseaba ser. Poseía conocimientos de magia negra, era un genio de la ciencia y la ingeniería y, tras haberse exiliado y haber conocido los mejores centros científicos norteamericanos y las montañas budistas, había regresado para ser rey de su patria, Latveria, situada en los Alpes bávaros. Una nación de corte medieval cuyos súbditos se encontraban satisfechos con su dictadura puesto que, a pesar de su congénita maldad, velaba por su pueblo. Algo que tenía muy claro que debía hacer para demostrar su inteligencia y saber hacer. Su capacidad de convertirse en el señor del mundo.

No obstante, sus humildes orígenes parecían en principio condenarlo a la pobreza perenne. Ya que su padre había muerto a manos de un gobernante del que, después de largos años, logró vengarse. Y su madre había sido una bruja que, tras su muerte, había sido condenada a sufrir suplicios infinitos en el infierno. Un hecho que lo torturaba y le hacía, año tras año, intentar rescatarla y llevar a cabo tormentosos enfrentamientos contra Mefisto de los que siempre salía derrotado. Pero con su dignidad intacta. Y un halo de héroe romántico y faústico cada vez más grande rodeando su figura. Puesto que a su intenso amor y recuerdo por su progenitora se unían sus férreos códigos internos de conducta. Su desprecio absoluto hacia sus semejantes que no eran obstáculo para que salvara a determinados héroes si se lo pedían puesto que lo que deseaba era que murieran a sus manos. Pudiendo así demostrar su sobrehumana inteligencia.

A pesar de que se le han dedicado valiosas mini series ( véase Books of Doom de Ed Brubaker) y cientos de historias en las que su aura ha ido creciendo incesantemente, el Dr. Muerte aún no ha sido tratado como debiera. Porque en realidad, es un personaje operístico. Una gárgola gigante que merece una novela y una sinfonía en su honor. Estoy seguro por ejemplo de que Franz List hubiera compuesto unos temas de piano mágicos llenos de profundas resonancias hacia su figura. Y que Anton Bruckner podría haber trazado fragmentos orquestales en su memoria realmente escalofriantes. Dignos de ser escuchados bajo la sombra de un castillo o el desfiladero de una colina desde la que se contemplasen interminables anocheceres. Y no quiero pensar qué hubiera podido hacer Richard Wagner con su figura. Si por una de esas jocosas tretas del destino hubiera conocido al personaje y le hubiera consagrado una ópera que imagino enmarcada por monumentales violines y un solo título: Latveria.

El mundo del arte no estará completo hasta que la historia del Dr. Muerte no sea narrada por los mejores tenores en los escenarios de medio mundo. Porque su influencia en la cultura popular es grande. Enorme. De hecho, su máscara inspiró la de uno de los pocos villanos que pueden comparársele: Darth Vader. Era por tanto, un caballero sith mucho antes de que supiéramos lo que es un sable láser. Y por otro lado, su vida se encuentra llena de retruécanos violentos, contradicciones y huidas hacia delante dignas de un personaje shakesperiano. Aunque ciertamente, su maquiavélica inteligencia se ha desarrollado de tal forma que su existencia no es ya únicamente una condena para los hombres sino ante todo, una amenaza, un desafío para el Todopoderoso, tal y como demostró durante su solemne participación en las primeras Secret Wars.

En realidad, el Dr. Muerte tiene tal poder de seducción que no puedo evitar preguntarme por qué es necesario que luche constantemente contra héroes. Sino sería mejor realizar una serie introspectiva centrada tan sólo en sus pensamientos internos. Pues cada una de sus reflexiones es una tormenta, su mirada un trueno y su vida en general una tempestad tan grande que es inevitable no sentir una atracción inmensa por penetrar en su negro corazón y conocer de qué material se encuentra forjada un alma tan oscura y grande que ha trascendido el propio mal. Es aún la justificación para que Los 4 fantásticos sigan existiendo. Y una explicación muy clara de que el odio es muchas veces más interesante que el amor. Puede en ocasiones ser la fuerza suprema la existencia. La justificación absoluta de una vida. Shalam

خطأنا الأكبر يكمن في القلق بشأن أخطاء الآخرين

Nuestra mayor culpa se encuentra en preocuparnos de las culpas de los demás

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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