El eternauta (1)

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Dejo a continuación el primero de los dos averías que pienso dedicar a la mágica obra de Héctor Oesterheld y Francisco Solano: El eternauta.

El eternauta (1)

El eternauta es un cómic que no ha perdido vigencia. Al contrario, el tiempo ha agrandado aún más su estela que es la de las obras clásicas. En realidad, el argumento no era demasiado original. O mejor dicho, no era lo suficientemente original como para justificar únicamente el éxito artístico de la obra en su desarrollo.

A finales de los 50, muchas obras cinematográficas se ocupaban de invasiones extraterrestres. Tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de las típicas reticencias del sector duro de la cultura por las manifestaciones populares, la ciencia ficción había pasado de ser un subgénero a un género mayor. Y en este sentido, el tema del viaje en el tiempo, sin encontrarse tan trillado como lo está a día de hoy, había sido tratado en diversas obras literarias y generado una gran expectación y aceptación. Así que si El eternauta impactó no fue tanto por su temática sino por su atmósfera. El ambiente realista y, al mismo tiempo, con aroma a fábula eterna que Oesterheld y Solano lograron crear.

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Paradójicamente, a El eternauta le favoreció el ser publicada en breves entregas en el suplemento semanal «Hora Cero». Digo paradójicamente porque a veces tenemos la sensación de que la eternidad, como inquiría Borges, no se mezcla con lo cotidiano. Que los periódicos son la antítesis de los libros. Pero el hecho de que esta historia tan subyugante se publicara en entregas, agrandó en sus lectores la urgente sensación de intriga. La llenó de ganchos que permanecen en el original completo.

El eternauta es una historia lenta pero llena de vericuetos argumentales que atrapan y enganchan. Es una obra trepidante y, al mismo tiempo, tranquila. Única en definitiva. De ser joven o adulto en los 50, no tengo dudas de que me hubiera presentado a primera hora en los kioscos para seguir su trama que se va desvelando cuidadosamente. Sin pausa pero sin prisa y sin excesivos golpes de efecto. Con la sutileza debida.

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Oesterheld era un gran lector y se hizo un nombre en el mundo del cómic trabajando junto a prestigiosos autores como Hugo Pratt y Alberto Brescia con una cultura literaria amplia. Eso quiere decir que fue capaz de imprimir un toque de autor a la ciencia-ficción. No es extraño, en este sentido, encontrar ecos de inmortales narraciones bélicas o de aventuras de Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson o incluso Ernest Hemingway en las primeras cien páginas de El eternauta. Un cómic que, a pesar de su trama fantástica, posee el aliento de una novela existencialista. De hecho, hay algo que recuerda a La peste, la novela de Albert Camus, más allá de su trama interestelar. Sobre todo, en ese magistral, pausado comienzo en el que Buenos Aires se encuentra completamente sitiada por una nieve mortal y aún no sabemos con certeza a qué enemigo se están enfrentado los héroes. El villano es, en esencia, una masa deforme incognoscible y una naturaleza mortal y peligrosa que obliga a cada uno de los protagonistas a dar lo mejor de sí mismos. A superar sus límites al tiempo que intentan racionalizar la horrorosa e inverosímil experiencia ante la que se enfrentan.

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Dicho esto, la grandeza de El eternauta no radica únicamente en la sobria y ágil manera a través de la que Oesterheld logra dotar de un aliento imperecedero a una historia futurista sino en cómo, a las influencias antes citadas, (a las que habría que añadir las de autores de ciencia ficción clásica como H.G. Wells o filmes del cariz de Metrópolis) añade otras autóctonas como las de Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares. Ciertamente, si alguien me hubiera dicho que El eternauta se le ocurrió a Héctor Germán tras la lectura de un cuento del autor de El aleph o un breve diálogo con él en un parque de Buenos Aires o un descansillo de la Biblioteca Nacional, me lo creería perfectamente. Aunque también lo haría en caso de que alguien me dijera que fue su respuesta cruda y realista a algunos de los cuentos de Bioy Casares incluidos en La trama celeste o a La invención de Morel.

En verdad, el hecho de que Osterherld recurra a su entorno inmediato para contar la historia provoca un efecto realmente envolvente y sugestivo. Estaremos de acuerdo en que una obra de arte no es ni mejor ni peor porque aparezca una ciudad en concreto en su interior o sea protagonizada por hombres, mujeres o niños. Pero lo cierto es que, en este caso concreto, la presencia de Buenos Aires; el que la trama se centre en la ciudad porteña y existan impresionantes escenas que se desarrollan en escenarios tan reconocibles como el estadio de River Plate, le confieren verosimilitud y un sabor único al cómic.

En mi caso concreto, cada vez que he abierto las páginas de El eternauta me he sentido como si me encontrara en Argentina cuando se publicó. He creído percibir el olor al mate y dulce de la leche de aquella época y, al mismo tiempo, me he adentrado con absoluta profundidad en esta historia oceánica tan perfecta y lograda que ni una sola de las continuaciones que se llevaron a cabo -incluso la segunda acometida por el mismo Oesterheld en 1976 antes de ser secuestrado por la dictadura militar- me parecen pertinentes. Todas aportan, sí, matices y desvelan originales subtramas al tiempo que incursionan en nuevos pliegues argumentales, pero ninguna de ellas es ni de lejos tan redonda y mágica como la primera. Una de esas historias que poseen, más allá de sus irregularidades y algunos de sus inverosímiles giros argumentales, el sabor de los clásicos. Es perfecta en su inocente y trágico desarrollo y en muchos de sus múltiples detalles que contribuyen a hacerla cercana. De hecho, creo que el gran éxito de El eternauta se explica en que, a pesar de que se ocupa de invasiones y seres de otros planetas, es una historia muy humana. Nos habla de los hombres de carne y hueso. Se refiere a cualquiera de nosotros más que a los extraterrestres. Algo realmente atípico y delicioso porque el gancho y reclamo son precisamente las criaturas procedentes de otras dimensiones. Shalam

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..el pescador de pulpos……….
    2ºimagen:…..lo que hay detras mio lo he escrito yo……
    3ºimagen:…..legible y convencional …………………
    4ºimagen:……sea como sea esta es la tormenta de una cita con el futuro……sonrisa…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Futuro buceador. 2) ¿Soy yo Juan Salvo o Germán Oesterheld? 3) Robert Lous Stevenvon y H.G. Wells en medio de Buenos Aires. 4) Un cómic de la Segunda Guerra Mundial. PD: Radio Futura y sus tormentas de decibelios. Imprescindibles.

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