El incal

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En el recientemente estrenado documental sobre la versión cinematográfica de Dune que Alejandro Jodorowsky no pudo realizar, el psicomago chileno afirma que lo que pretendía ofrecer a los espectadores en el filme, era una especie de viaje similar al que produce el LSD sin necesidad de probar la droga. Y esto es algo que, sin dudas, se percibe en el cómic que realizó a continuación de esta fallida experiencia junto al dibujante, Jean Giraud-Moebius, que se estaba encargando de realizar los diseños de vestuario y buena parte de las maquetas de la frustrada adaptación de la novela de Frank Herbert. Fatigados por la experiencia, decepcionados pero al mismo tiempo llenos de energía, liberados de las servidumbres económicas propias del séptimo arte y necesitados de demostrar al mundo que su visión interestelar podía haber hecho historia, ambos se embarcaron en un proyecto, El incal que, en este caso, sí gozaría del éxito y reconocimiento masivo y haría removerse de sus cimientos la ciencia ficción de la época. El cual a pesar de no ser redondo y poseer un buen número de irregularidades, desde luego, era lo suficientemente amplio de miras e interesante además de rompedor como para marcar un antes y un después en el género.

¿Es una obra maestra El incal? En cierto modo, ya lo he sugerido previamente. Mi respuesta es que no. ¿Por qué? Porque Jodorowsky, como guionista, abrió excesivos caminos y tramas, se permitió recorrer tan gran número de vericuetos simbólicos y místicos y quiso abarcar tantos rincones, espacios y lugares no transitados previamente por este medio, que como es natural, el cómic no alcanza el equilibrio necesario entre forma y fondo que sí poseen, por ejemplo, otras obras cumbres del noveno arte.

No me gustaría que se me malinterpretara. El Incal es monumental. De eso no hay dudas. Pero no termina de alcanzar todo aquello que promete y ofrece con amplia generosidad. Lo que, por otra parte, gracias a lo extremo de su apuesta, no invalida en absoluto sus propuestas que son muy seductoras y que -como él mismo sugería de su Dune-, recomendaría leer sin prejuicio alguno, con la mente ampliamente abierta y sin interés en desentrañar todos los vericuetos argumentales y encontrarles un significado. Intentando disfrutar en la medida de lo posible a través de los sentidos, (más que por medio de la mente),  la peregrinación hacia la iluminación del detective John Difool y el resto de habitantes de los extraños mundos que visitaremos.

El incal une las imágenes y proyecciones alucinadas de un viaje en ácido con las de un florido sueño que nos condujera a otra dimensión astral. Y a esto hemos de sumar, las enseñanzas procedentes de las culturas orientales y chamánicas que lo riegan o el que se desarrolle en una distópica sociedad futura. Lo que si bien provoca muchos momentos excitantes así como la sensación de encontrarnos ante una obra radicalmente diferente a cierta ciencia ficción deshumanizada e impostada de los años 80, en determinados momentos nos hace perdernos y desconectar de lo narrado pues es imposible seguir todas las tramas y sentidos que se abren con un mínimo rigor y lucidez si no se leen con lentitud cada una de sus páginas o, casi mejor, se está en el estado interno adecuado para conectar con ellas. Que, en cierto sentido, es similar -ya lo he indicado previamente- al del que se acaba de inocular un ácido no tanto con el objetivo de alucinar sino con el deseo de ampliar su conciencia.

Podría sugerirse, por tanto, que El Incal es una pastilla de LSD construida con el objetivo de conducir a la iluminación a su consumidor. Moebius sería quien se encargaría -de manera magnífica y muy esforzada por cierto- de ponernos las imágenes delante y Jodorowsky -muy en la línea del personaje interpretado en La montaña sagrada (1973)- el gurú que nos acompañaría en este viaje hacia las profundidades del inconsciente humano que, apoyándose en las teorías junguianas y las leyendas míticas, se esfuerza en ampliar los espacios espirituales y de libertad del ser humano hasta hacerlos infinitos.

Para ello, por supuesto, le sirvió de mucha ayuda la imaginería propia de la ciencia ficción ya que, dadas las características de este género, cualquiera de sus invenciones y ocurrencias podían cobrar verosimilitud. Pues al no existir límites para lo imaginado y poder aceptar los lectores todo tipo de adelantos científicos así como la presencia de los más asombrosos seres, su incursión por el inconsciente del Universo, podía ser desarrollada sin ninguna cortapisa. Circunstancia que, finalmente, le acaba pasando cierta factura pues, bajo mi punto de vista, el genio chileno no fue capaz de frenar el vertiginoso desarrollo argumental en ocasiones en que era necesario hacerlo como tampoco de dar una justificación clara y precisa a la presencia de todos los personajes que aparecen allí o describir fielmente su mundo interior. Resultando, por tanto, en exceso, planos. Algo que no creo que le importara demasiado pues su baza básicamente consistía en narrarnos las peripecias de un grupo de personas (que podemos identificar no sólo con determinadas cartas del tarot sino con los vicios y pasiones del ser humano así como determinados estados interiores simbólicos nuestros) hacia la iluminación y el desprendimiento total. A ese estado más allá de la sombra y la luz, del bien y el mal que en el cómic surge de unir y disolver los opuestos y contrarios, el incal negro y el incal luz, lo que está arriba y lo que está abajo, la iluminación y las tinieblas, hasta llegar a un centro que lo traspasa todo y crea una nueva conciencia. Un nuevo despertar que es lo que la humanidad a gritos está necesitando actualmente tal y como Jodorowsky preanunció décadas atrás en una creación que puede presumir de visionaria. Aunque, en cierto modo, no alcanza el grado de genialidad de ciertas obras posteriores como Los metabaronesque traspasa y transgrede muchos límites establecidos desde cierta contención que la hace disfrutable en todas sus partes. Al contrario que, en mi opinión, El incal.

Nos encontramos, por tanto, ante un cómic excesivo. Repleto de tantas ideas y proyecciones que acaso habría que escribir un tratado para ocuparnos de cada una de ellas como es debido. Y que ha alcanzado el grado de imprescindible por muchas razones intrínsecas a él mismo -el pájaro parlanchín, el rocoso personaje del barón, el enigmático Incal, el prodigio de imaginación de muchos pasajes o los magníficos retratos de las urbes estelares-  y en otras, extrínsecas. Por ejemplo, la forma en que fue conocido y degustado por los primeros lectores le favoreció mucho. Pues apareció periódicamente en la revista Metal Hurlant en fragmentos de al menos 8 páginas. Lo que permitía que el lector saborease la viñetas durante largo tiempo, tuviese a su vez el espacio suficiente para pensar en posibles interpretaciones o familiarizarse con sus símbolos y sintiera, asimismo, el vértigo y la necesidad de leer la continuación argumental. Además, en un país tan racional como el francés, el fondo metafísico y místico de la historia, su toque surreal, ayudó a derribar barreras, transformar mentes y modificar destinos. Rodeando de un halo de misticismo tanto a Jodorowsky como a Moebius -que no en vano había vivido varias experiencias en México que lo habían aficionado a las tradiciones chamánicas y mágicas- que favoreció mucho la recepción de la obra al tiempo que agrandaba la dimensión misteriosa de sus hacedores dadas las referencias alquimísticas o cabalísticas, entre otras muchas, que el cómic introducía.

Con el paso de los años, en cualquier caso, y en la medida en que  hemos podido conocer a Jodorowsky tanto por sus charlas en auditorios o sus valiosos libros autobiográficos como El maestro y las magasLa danza de la realidad que nos han permitido profundizar en el conocimiento de una personalidad tan plural, estamos en condiciones de comprender mucho mejor ciertos temas profundos que laten en El Incal así como las razones y motivos de su surgimiento. Pues, en realidad, es una obra construida para fulminar neuróticos, hacerlos levantarse de su cama de hierro (de) y (re)presiva forzándoles, animándoles a buscar de cualquier manera ética posible, la luz. El sentido de la vida. El elixir sagrado. En definitiva, el Incal. Que es simbolo y fuente de vida sagrada. Metáfora del amor universal infinito con el que fue creado el Universo o, mejor dicho, el Multiverso.

A esto, a su voluntad de acabar la neurosis occidental, el suicidio en vida de tantas personas enterradas dentro de nuestra cultura, por ejemplo, hacía referencia en una de  primeras y míticas viñetas (más tarde, homenajeada por Luc Besson en su fallida El quinto elemento). Aquella en la que John Difool caía desde, precisamente, la avenida de los suicidas hacia los pozos de ácido de la superpoblada ciudad en que vivía. Escena que también hacía referencia más o menos explícita a la caída en el tiempo del ser humano como dejaba claro el magistral final de una obra que cerraba completamente el círculo de purificación y ascensión (del loco, el ser inconsciente, caído en el tiempo, que empieza una aventura, entre vicios y prostitutas, sin saber hacia dónde va -Jhon Difool- al XXI, El mundo, -el planeta y todos los seres iluminados por el triunfo del ser andrógino espiritual y supra-consciente elevado-) y, en su última viñeta, volvía a reabrirlo de nuevo desde la desmemoria o el olvido.

 No cabe duda, en cualquier caso, que aunque sus presupuestos tal vez nos sean muy próximos ahora, en su momento, tuvieron que provocar gran impacto. Me pongo de hecho en la mente de un adolescente que comenzara a descubrir la vida y se encontrara con estas viñetas e imagino que el golpe sería profundo. Por lo que es lógico que haya influenciado y dejado absorto a dos o tres generaciones de lectores. De hecho, hay varias escenas inolvidables en El incal y algunas de ellas, en concreto, me parece que todavían están por explotar dado su grado de potencialidad.  Me refiero en concreto a aquella en que John Difool es dividido en cuatro partes y el Incal le pregunta insistentemente en cuál de ellas se encuentra su verdadero ser puesto que refleja muy bien la disociación de la psique contemporánea pero también las posibilidades que podríamos desarrollar de convertirnos en seres plurales (además que me parece tiene otras resonancias que me gustaría desarrollar en más amplio espacio); o esa otra en que al introducirse el desgarbado detective en el interior de un huevo negro aparece en el exterior. Esta última porque, desde su elegante sencillez, contribuye a ampliar las dimensiones que conocemos, replantea nuestros límites del conocimiento y sortea las reglas temporales y espaciales con una belleza sin igual. Que es, en el fondo, otro de los mensajes que intenta inocularnos el cómic: que el mundo es bello. Como refleja perfectamente el crecimiento inesperado de una flor en las manos de un guerrero durante el desarrollo de esta odisea de la conciencia cósmica.

Por último, otro aspecto que me interesa muchísimo de esta singular, mágica creación es su capacidad de acabar con las nostalgia, esa tristeza -a la que ya me he referido en otras ocasiones- que se esconde, aunque aparentemente se crea lo contrario, tras muchos textos de ciencia ficción. Y, de hecho, es en este apartado donde encuentro la absoluta genialidad de Jodorowsky. Pues dejó claro que lo esencial en cualquier obra de arte, época o mundo (ficticio, soñado o real) era encontrar la iluminación, la paz, el bienestar emocional. Y que esa lucha era tan dura, trascendente a la par que estimulante que daba igual dónde se desarrollara. Lo importante era efectuarla. Y si era necesario partirse en cuatro, desdoblarse en el tiempo, volar hacia estrellas incandescentes o aliarse con animales, había que hacerlo. Con fuerza. Sin dudar. Mentalidad tras la que introducía cierto espíritu marcial a la sana reivindicación que hacía de las culturas psicodélica o hippie cuyos mensajes en la década en que se publicó el cómic, los 80, estaban siendo fulminados por el hedonismo y el consumismo. Frente a los que El incal se alzaba como un ave feroz que emitiese cánticos de libertad o un cofre maravilloso que deseaba que transformásemos nuestra alma para mostrarnos el secreto escondido en su interior, el amor, y llevarnos de viaje por el sol. Para siempre y jamás. Shalam

 صانك، و إن خنْته خانك

 El árbol quiere la paz, pero el viento no se la concede

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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