Nacer otra vez

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La aparición de Born Again a mediados de los años ochenta del pasado siglo fue un escalofrío en el mundo del arte porque aquella obra era un desgarrador encuentro entre la Biblia, la novela existencial y el arte de la viñeta. Las novelas de Norman Mailer y el cine de Sidmey Lumet interrumpiendo dentro de las páginas de un cómic dedicado a un superhéroe de la Marvel, Daredevil, que gracias a Frank Miller alcanzó la inmortalidad. Tocó cotas de una profundidad apenas vistas puesto que Born again no era cómic adulto. Era mucho más que eso. Una epopeya redentora de una crudeza desoladora.

La identidad secreta de Daredevil -el abogado ciego Matt Murdock- era descubierta por Kingping, un mafioso ingobernable, poderoso y despiadado y, desde ese instante, los pilares de su vida iban siendo destruidos lentamente: era traicionado por su antigua novia drogadicta, perdía su casa y trabajo y sus cuentas eran embargadas en una continua espiral descendente que conducía al antaño héroe valiente a unas habitaciones infernales donde apenas existía más que el dolor.

Matt Murdock se convertía por momentos casi en un cadáver. Un ser humano para el que la muerte llegaba a ser una obsesión. La definitiva liberación. Y, finalmente, era redimido por su madre monja en viñetas de una belleza abstracta demoledora. La luz del amor de dios abriéndose paso entre la oscuridad más feroz y la garganta abierta de violentos insectos.

Frank Miller sustituyó los puñetazos habituales y las batallitas en las azoteas por la nausea y el desasosiego. La pobreza, el abandono y la traición. Sentimientos y hechos mucho más destructores para el alma de una persona que cualquier combate. Mostrando con una crudeza sin par el dolor gracias a su desolador guión y las perversas e inquietantes imágenes creadas por Mazzuchelli inspiradas tanto en las descarnadas obras del expresionismo europeo como en las representaciones del purgatorio y el infierno realizadas a lo largo de los siglos por los pintores occidentales.

Paso a paso, sí, pacientemente pero sin pausa, los pilares de la vida de Matt Murdock iban siendo destruidos con saña y crueldad de tal modo que lo que hasta entonces había sido un típico relato épico americano se acababa convirtiendo en una imponente y desoladora tragedia.

Matt Murdock, sí, acababa transformado en un Edipo moderno. Vivía una suerte de destino tan trágico como el del hijo de Tebas o el de Job. De hecho, a mí me gusta leer Born again así. Como si fuera una asfixiante adaptación al mundo contemporáneo de El libro de Job. Una parábola bíblica llena de bilis contra el capitalismo. Una obra maestra trágica y desoladora aplastada por el olor de los bajos fondos norteamericanos que Abel Ferrera hubiera matado por adaptar cinematográficamente y desde luego que en manos de un Michael Cimino o un Martin Scorsese e interpretada por Al Pacino, hubiera podido ser una cumbre del cine de los setenta. Aunque tampoco hubiera desentonado dirigida por Jean Pierre Melville. Porque Born again posee en su interior un aliento a clásico imperecedero. Era un festival de realismo sucio. Un intento de invasión y destrucción del mundo de la infancia. En esencia, sí, humo adentrándose en los pulmones del cómic para mostrar abiertamente el cáncer que corroía y devoraba nuestro mundo.

Creo que Frank Miller no sólo consiguió humanizar para siempre a Daredevil sino retratar la crisis de masculinidad que aún azota el mundo contemporáneo. Que la caída al pozo de Matt Murdock fue una indagación oculta sobre la decadencia de su nación. Una mirada de horror a esa cloaca inundada de dolares y armas que además, no se regodeaba en el mal gusto o el desencanto. Era capaz de reescribir las historias de superhéroes describiendo el renacimiento de un hombre herido y debilitado pero mucho más completo y sabio tras su desolador periplo. Un verdadero samurái.

En realidad, Born again era un relato de un héroe que debía administrar su rabia y pesadumbre y convivir con ellas. Admitir la derrota como parte esencial de su vida y transformar su dolor en un acicate. Un motivo de agradecimiento a dios por el mero hecho de “ser” y “estar”. De hecho, creo que esta es la moraleja o mensaje final de esta violenta y catártica obra. La necesidad de aceptar y soportar el mal. Experimentar lo peor de la existencia para convertirnos al fin en guerreros. Seres humanos dignos de amar y ser amados por dios.  

En este sentido, Born again era una obra cristiana. Una mirada lúcida y comprensiva del martirio de Cristo a través del sufrimiento de un hombre más bueno y justo que el común de los mortales. En definitiva, un análisis incisivo de las consecuencias que conlleva consigo hacer el bien en un mundo despiadado. Ese desgarrador compromiso que, en la mayoría de las ocasiones, nos termina dejando solos en frías habitaciones vacías. Obligándonos a exigir a dios una explicación de por qué nos ha abandonado. Shalam

إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

Una mano y un pie no aplauden juntos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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