Sandman

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Sandman es un cómic que aún hoy en día quita el hipo porque Neil Gaiman penetró en los linderos del territorio onírico como nadie hasta entonces lo había hecho. Con tanta intensidad que creo que lo más correcto es considerar su creación un sueño en su totalidad más que un épico recorrido por una pequeña etapa de la vida de Morfeo. Ciertamente, Sandman se encuentra tan llena de sutilezas, pequeñas referencias, detalles y argumentos explosivos que sería necesario al menos un ensayo para hacer justicia con el tremendo desafío que produce al lector. Una sinfonía entera de sonidos, emociones y colores mugrientos.

Gaiman desbordó todo tipo de límites y prejuicios. Convirtió por ejemplo un personaje tradicional de la cultura anglosajona del que la DC había realizado dos mediocres interpretaciones y adaptaciones en una inmensa nebulosa nocturna. Un indescifrable astro lunar de tintes shakesperianos cuyas eternas cuitas y cavilaciones eran realmente misteriosas y fascinantes. Y además vinculó muchos universos e influencias como si en vez de estar escribiendo, estuviera hilando en una rueca. Tejiendo un grabado lleno de referencias y resonancias en donde se combinaban con absoluta naturalidad los desarrollos argumentales de Alan Moore con los espasmos narrativos de Edgar Allan Poe, la frialdad tétrica de Clive Barker con la épica mística de John Milton o el teatro isabelino con la poesía barroca, la novela gótica y el romanticismo. Dando lugar a un hito creativo que cuesta un mundo resumir y sintetizar porque en Sandman el tejido del sueño se imponía totalmente a la realidad y lo hacía con sus propios presupuestos y reglamentos de tal forma que habría que transformarse en parte en soñador para hablar de él.

Gaiman no convirtió el cómic en un género mayor. Eso ya lo habían hechos unos cuantos autores antes que él. Lo transformó en un género imprevisible e indefinible. Imagino por ejemplo una adaptación de Sandman al cine y vislumbro un fracaso total. Ni aunando fuerzas Jim Henson y Tim Burton hubieran logrado sacar el proyecto adelante (aunque supongo que David Lynch sí que hubiera al menos logrado plasmar su mundo interno en delirantes escenas). E imagino una novela contándome lo que se narra en el arco central del cómic y oteo cierto aburrimiento. Cierta desconexión con un argumento demasiado extraño e inverosímil y que por tanto necesitaba ser narrado con ayuda de imágenes para expresarse con la rotundidad debida.

Se ha dicho que Sandman es un cómic más narrativo que gráfico y en parte es cierto. Sandman es ante todo el guión de Gaiman. Un argumento repleto de borlas, burbujas, gráficos y vestigios de decadente simbolismo. Una narración llena de circunloquios, guiños y poesía en la que los enigmas y el misticismo son tan cotidianos como el pan y el tiempo no responde al ritmo del relojero sino al que marcan los siglos. El aliento brumoso y dramático de la eternidad en medio de la que desarrollan sus vidas Morfeo y sus hermanos: Destino, Muerte, Destrucción, Deseo, Desespero y Delirio. Personajes a cual más carismático que Gaiman transforma en foco de interés continuo a pesar de su inmortalidad, demostrando que Jorge Luis Borges se encontraba equivocado y que el drama de los que no mueren puede ser aún mayor de aquellos cuya vida es breve y está condenada a extinguirse en cualquier momento sin previo aviso.

En verdad, no estoy tan de acuerdo con que el dibujo de Sandman sea tan prescindible. Las portadas de Dave McKean son un clásico. Un cruce entre el expresionismo abstracto y Bill Sienkiewicz. Un siniestro agujero negro. Y si bien no todos los dibujantes que se ocuparon de la colección estaban al mismo nivel, creo que esta dispersión contribuyó (tal vez involuntariamente) a la distorsión mental necesaria para penetrar en el mundo onírico propuesto por el cómic. Una obra teñida de un neoclasicismo trasnochado que, en cierto sentido, era un apocalíptico retrato tanto de esa América llena de hechizos, demonios, súcubos y brujería descrita por Nathaniel Hawthorne y todos los escritores adscritos a los círculos lovecraftianos como de la dura y sucia realidad de los 90 de la que daba cuenta musicalmente el grunge. Tanto es así que no desentonaría leer algunos de sus números con Alice in Chains o Smashing Pumpkins a poco volumen. Aunque la creación de Gaiman desborda todo límite temporal y entiendo que ciertas melodías barrocas de tintes negros de Händel encajarían perfectamente en su lóbrego mundo.

Gaiman es tan detallista que a veces pienso que resumir Sandman es parecido a analizar La Biblia. Hay que dedicarle tantas horas como las que le consagró su autor. No sólo porque cada viñeta y número está plagada de conexiones tanto con el mundo clásico y mitológico como como con los cómics DC y las corrientes subterráneas de la literatura sino debido a que los Eternos no piensan ni se comportan como humanos. Tienen similitudes pero también múltiples características distintas de tal forma que con el paso de los números es muy habitual que cambiemos nuestra interpretación sobre unas palabras o gestos y que, en cierto sentido, cada uno de ellos resuene y golpee nuestro inconsciente modificando nuestra concepción tanto del tiempo como de la vida, la muerte, el cielo, el infierno o el sueño según van transcurriendo los años.

Morfeo es por ejemplo un personaje espeluznante. Suntuoso y escalofriante. La viva imagen de las dudas metafísicas y las sombrías pesadillas del Universo. Un cuervo vengativo pero también un ser juicioso. Alguien frío y cerebral acometido por insondables odas de tristeza. Un arcángel vengativo que sin embargo acepta los terremotos existenciales con temperamento estoico y posee un sentido fúnebre y ceremonial que transforma el mundo de los sueños en sagrado. Ritual cotidiano que pone en contacto a los seres vivos con el lenguaje secreto de la creación. Transformando la existencia en fábula y cada alma en reflejo sombrío de un misterio inasible que Morfeo observa con una mezcla de interés y aburrimiento. Con la conciencia de quien se encuentra más allá de las pasiones mundanas pero no está libre de culpa ni de la mortificación divina. Una apasionante paradoja que no deja de provocar sugerencias y ambivalentes arcos narrativos que a veces rozan la genialidad más absoluta y en el peor de los casos, convocan sugerentes confusiones. Charcos movedizos existenciales que plasman ese caos con el que identificamos el mundo onírico. La frontera donde las bibliotecas se encuentran llenas de los libros que los escritores no pudieron urdir durante su vida diurna y gatos y perros convierten a los seres humanos en divertidas, ridículas mascotas.

Gaiman hila muy fino. Finísimo. Y con Sandman logra conciliar el espíritu de los cuentos infantiles con el de las nihilistas epopeyas modernas. El drama y el sarcasmo. Las óperas y las miniaturas. El terror y las fábulas esotéricas.

Sandman es ciertamente inclasificable. Es un amplio cuento filosófico. Un lienzo de William Blake en movimiento. Un tratado sobre la evolución histórica de la figura del sueño o más bien, un recorrido sobre los tejidos nocturnos que hay filtrados en el arte a través de los siglos. Es una lágrima eterna. La radiografía de la máscara oculta. Una epopeya artística jamás igualada ni superada que probablemente hubiera entretenido a Nietzsche. Por más que muy probablemente el filósofo alemán le hubiera acusado al escritor inglés de humanizar a los espectros. Poner rostro a las fuerzas telúricas restándoles fuerza, atrevimiento y descaro. Su arcana potencia que queda en suspenso con el funeral con que se cierra el tremendo arco narrativo descrito por Gaiman que no es tanto epílogo de un símbolo arcano como acto catártico que invoca la futura y necesaria renovación del mundo telúrico. El eterno retorno de lo mismo diferente.

Sandman es un vaso de absenta narrativo. No es ni fácil ni difícil de leer. Es una experiencia distinta y por tanto requiere una atención especial. Es probablemente el gran relato romántico de nuestra época. La mayor declaración de amor a lo invisible que se ha hecho en las últimas décadas. Una oda negra a la destrucción que pone el acento en el origen del mundo y no tanto en su ocaso y descomposición. Una prueba de que lo bello y lo siniestro caminan de la mano, de que los grandes símbolos y dioses siempre se imponen a las ideologías y creencias y de que el absoluto se encuentra formado por un coro espeluznante de voces que nunca, jamás terminaremos de comprender. Shalam

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Un poeta es un mundo encerrado en un hombre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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