Stan Lee

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Para un niño nacido en los años 70 del pasado siglo, Stan Lee era casi un padre. Un familiar. Un padrino y cómplice. Ese tío que, cada vez que venía a casa, nos traía dulces, nos sacaba a la feria, se reía con nuestras travesuras, nos enseñaba cómo ganarnos la confianza de los maestros y de postre, nos regalaba una historia de Los Vengadores o Hulk.

Aún recuerdo la intensa emoción que sentía al observar las llamativas, refulgentes palabras -¡Stan Lee presenta!- con las que se abría cada cómic de la Marvel que leía. Creo que al verlas, la emoción que me embargaba era tanta que las convertía en más grandes y coloridas de lo que originalmente eran; sentía además que se desdoblaban continuamente y debido al impacto que causaban sobre mí, no podía evitar pronunciarlas en voz alta una y otra vez con tonos mayestáticos acompañadas de una música ceremonial. Aquella fórmula era, sí, un sello. Un seguro de vida. Un billete de avión a otro continente. Un pasaporte a mundos lejanos. Casi como un rayo abriéndose paso en nuestra vida cotidiana.

Stan Lee era un dios. Zeus. Un coloso. Alguien con tantos o más poderes extraordinarios que los superhéroes que creó. Un hombre misterioso cuyo rostro no podía imaginar pero cuya presencia se hacía sentir en cada trozo de los cómics que compraba. Era el creador de un Universo que adoraba en donde todo podía ser posible. Alguien que me comprendía mejor que mis padres y amigos. Que sabía cuando había que lamerse las heridas en privado y cuándo era el momento de luchar. Era, sí, el entrenador del gimnasio de la fantasía. El tirano de nuestra alegría. El dictador de nuestros sueños.

Su influencia fue tanta sobre decenas de miles de niños que resulta realmente difícil analizar sus verdaderos méritos. Stan Lee siempre será Staaannn Leeee. Un mito. Un nombre onomatopéyico que remite a Homero y a las sagas legendarias del siglo Pasado. Él fue el creador del Santo Grial del cómic norteamericano del siglo XX. De tantos personajes carismáticos que dejó a los autores posteriores sin prácticamente capacidad de maniobra. Los condenó a refundar una y otra vez su propia mitología porque la mayoría de nuevos caracteres o bien palidecían en carisma con aquellos a los que Stan dio forma o bien eran demasiado similares como para destacar y diferenciarse.

Stan Lee convirtió el entretenimiento en épica y el cómic en un mundo abierto no sólo al mundo juvenil e infantil sino también al adulto. Obviamente, existen muchas excepciones, pero no creo mentir al afirmar que antes de él, los superhéroes eran personajes graníticos de un solo corte. Destacaban por sus poderes y hazañas pero no por sus dudas y debilidades. Pero a partir de su eclosión, casi todos ellos comenzaron a mostrar al público sus luchas internas y diatribas morales. Destacaban tanto por la manera en que abordaban los avatares de su vida cotidiana como por la ferocidad con la que enfrentaban a sus enemigos. Stan tenía muy claro que la acción sin reflexión acabaría pinchando la burbuja de los cómics y profundizó en los dramas personales porque se dio cuenta de que el público de los 60 no necesitaba héroes monolíticos. Deseaba héroes shakesperianos que dudaran de sí mismos tal y como lo estaba haciendo la sociedad norteamericana en su conjunto tras el asesinato de J.F.Kennedy y el advenimiento de la era hippie.

Ciertos personajes de la DC, como es el caso de Superman y Flash, eran hijos de la sociedad crecida tras el crack del 29 y durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron concebidos para ser indestructibles, rápidos y valerosos. No dudaban sino que golpeaban y no se los admiraba por su humanidad sino por ser triunfadores. Pero en los años 60 las cosas habían cambiado. Era obvio que se necesitaba dar un giro a las tramas encorsetadas de estos ídolos cuya proverbial fortaleza comenzaba a ser ridiculizada en un mundo donde miles de personas fumaban cigarrillos de marihuana, escuchaban jazz y la contracultural hacía furor. Una transformación que Stan realizó convirtiendo pronto a la Marvel en la compañía de cómics puntera. Una referencia que obligó a la competencia a reaccionar y convirtió a su manera de enfocar las historias de superhéroes en canónicas hasta que llegó Alan Moore y con Watchmen hizo estallar todos los límites y convirtió el cómic en un género aún mayor capaz de propiciar tantos análisis como la más angustiosa novela existencial, un ensayo político o clásicos antiutópicos del cariz de 1984.

En realidad, la época dorada creativa de Stan Lee abarca tres décadas. Desde los años 60 hasta los 90. La eclosión del cómic de autor a finales del siglo XX, por ejemplo, comenzó a dejar atrás el modo de narrar que patentó y, de la misma manera, que él en su momento convirtió a la DC en una compañía demodé que tuvo que sudar tinta para renovarse, fue quedándose fuera de juego y perdiendo fuelle a medida que nos acercábamos a la nueva centuria. Las novedosas y originales sagas creadas por autores como Neil Gaiman, Grant Morrison o Paul Chadwick (más el empuje del cómic Manga, los constantes esfuerzos de DC por modernizarse y el éxodo de creadores que propició la fundación de la compañía Image) cuestionaban y relativizaban muchísimo el valor de las narraciones creadas por Marvel. Obviamente, no destruían el sabor entrañable y añejo de los personajes de Stan Lee y de muchas de las historias clásicas de Los 4 fantásticos, Daredevil, Spiderman o Los Vengadores pero, de alguna manera, los condenaban al cajón del entretenimiento puro y duro. Los colocaban justo en el lugar donde Stan puso a la DC durante los años 60. En un baúl saturado por la constante repetición de clichés y fórmulas.

No obstante, a esas alturas, Stan Lee era un viejo zorro. Un hombre hecho a sí mismo, un empresario con olfato para los negocios que las había visto de todos los colores y se encontraba acostumbrado a reconstruirse desde su juventud según exigen los estrictos cánones capitalistas. Por lo que no tardó en reaccionar a estos ataques que amenazaban su preponderancia con dos acertadas decisiones. La primera fue la creación de las distintas colecciones Ultimate -nuevas relectura de los superhéroes clásicos adaptadas al mundo que iba a surgir tras la demolición de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001-. Una idea muy sugerente y atractiva que se saldó con irregulares resultados creativos. Y la segunda, fue la definitiva alianza de Marvel y Hollywood que multiplicó hasta cotas insospechadas la popularidad de sus superhéroes y si bien, no ha creado escuela ni dentro del ámbito cinematográfico (la mayoría de las películas están hechas para consumir palomitas a destajo) ni del cómic, le permitió sobrellevar con dignidad y una popularidad inauditas el paso de los tiempos y consolidar a su compañía económicamente.

Indudablemente, lo peor de estos tiempos mediáticos es que desde hace años muchos sabemos cómo es Stan Lee. Algo agradable porque es justo poner rostro al guardián de tantos de nuestros sueños aunque he de reconocer que si me dieran a elegir, me hubiera gustado no verlo jamás y así poder recordarlo como un ser inmortal. Un ente misterioso cuyo nombre era un precipicio hacia otras dimensiones. Y, de hecho, así pienso hacerlo. Razón por la que apenas me interesa su biografía y cuando contemplo cualquiera de sus fotografías, siento cierta pesadumbre y malestar. Porque para mí, Stan Lee siempre será Staaaaan Leeee. Un símbolo ultraterrenal. Un mago parecido a Chetrien de Troyes o a los inventores de las leyendas del rey Arturo que tenía un don innato: la capacidad de darnos a todos los niños semanalmente nuestro juguete favorito. Transformar el papel en chocolate. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Aprobarlo todo, suele ser ignorancia; reprobarlo, malicia

 

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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