Un hombre adulto

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Es algo evidente que sin Stan Lee o Steve Ditko, The Amazing Spider-man no sería el cómic que conocemos actualmente. Lee perfiló el carácter de Spidey, lo metió en embrollos personales y heroicos realmente atractivos y lo dotó de su peculiar sentido del humor. Por otra parte, Ditko diagramó su traje y figura, algunos de sus superpoderes y lo rodeó de una pandilla de amigos y villanos irrepetibles de los que la colección ha seguido bebiendo hasta ahora y nunca ha podido ni olvidarse ni apartarse totalmente.

Más allá de las aportaciones de Jack Kirby, Lee y Ditko son los padres del hombre araña. Quienes crearon una mitología que luego desarrollaron con mayor o menor fortuna diversos autores. A ellos les correspondió dirigir la infancia de su personaje y consolidarlo cuando todo era posible. Sentar las bases y raíces. Más tarde, John Romita Sr. le daría su aspecto gráfico más icónico, limó detalles, aportó realismo y Gerry Conway lo haría evolucionar personalmente, salvándolo del estancamiento y transformándolo en un símbolo universal. Alguien divertido y trágico. Una mezcla entre un personaje sarcástico y un neurótico. Alguien tan normal como cualquiera pero más brillante que nadie.

La asignatura pendiente tras las aportaciones de Conway, Lee, Ditko y Romita Sr, era lograr hacer madurar al personaje. Llevarlo a la era adulta sin que perdiera su atractivo. Es decir; conseguir que siguiera fascinando al público joven sin dejar de lado a quienes habían crecido a su lado durante más de una década. De esa tarea se ocuparon meritoriamente Len Wein y Marv Wolfman. Ambos guionistas ahondaron en los problemas de Peter Parker y en su vena melancólica. Supieron captar la atmósfera de la época y crearon una sombra de nubarrones e inquietudes en el personaje que convirtieron algunos números de The Amazing Spider-man en puro realismo sucio. De todas formas, ambos se encontraban demasiado atados a las inevitables hazañas y peleas por la azoteas y bajos fondos de Nueva York y su aportación no terminó de concretarse en algo definitivo. Digamos que Wein y Wolfman fueron guionistas de transición en el proceso de maduración del personaje. Consiguieron acelerar el proceso pero no lo culminaron. Y que, más tarde, Dennis O’Neil casi que paraliza este desarrollo. Lo que, bajo mi punto de vista, hizo más determinante la aparición de los dos autores que lograron dar al fin un estatuto adulto a Spider-man durante la década de los 80 del pasado siglo. Me refiero a Roger Stern y Tom de Falco.

Tanto Stern como DeFalco consiguieron hacer la vida de Peter Parker tan emocionante como una batalla contra Kraven en plena selva y que los rivales de Spidey fueran más sofisticados, refinados y humanos de lo habitual. Ahí está, por ejemplo, la figura del duende. Sin dudas, una maravillosa reinvención del famoso archienemigo de Spidey.

Durante años, los compradores de Spider-man vivimos obsesionados con su identidad. Cualquier cómic en el que aparecía el nuevo duende se revalorizaba al momento. Echaba humo. Algo inaudito porque tenía que competir con el recuerdo de Norman y Harry Osborn. Sin embargo, Stern supo dotarlo de rasgos adultos. Porque, aun siendo insolente, dudaba. En su primera batalla con el lanzarredes, todavía estaba aprendiendo muchos trucos. Reconocía no sentirse seguro del todo. Al mismo tiempo, poseía una extrema dependencia de las invenciones del primer Duende. Secuestraba a Harry para conseguir los diarios de su padre incapaz de incrementar su poder por sí mismo. Pero aún así, tenía un magnetismo colosal. Poseía una osadía y descaro que lo hacía irresistible y conseguía crear ansiedad en los lectores. Inquietud.

De hecho, el nuevo duende parecía saber mucho más que lo que decía o nos transmitía Stern quien tampoco tenía muy claro la deriva del personaje. Dudas que involuntariamente agrandaron su misterio hasta el punto de que, aunque no apareciera durante seis o siete números, su inquietante presencia se sentía tras cualquiera de las viñetas dibujadas al principio con cierta irregularidad y luego con mucho mayor esmero por John Romita Jr. Además, el que el tono de su traje fuera entre gris y naranja (y no el tradicional y juguetón verde) le daba un toque más maduro. Le imprimía una dignidad pocas veces vista a su diabólica personalidad.

Por otra parte, Stern consiguió dar nuevos bríos a la relación entre Spider-man y la Gata Negra. Convirtió a Mary Jane Watson en toda una mujer, imprimió un estatuto moral a J. Jonah Jameson inédito hasta entonces en el director del Bugle y fue sentando las bases para el futuro conflicto de Peter con su tía al tiempo que realizaba una crítica sutil y velada al mundo universitario. Logrando que, de repente, The Amazing Spider-man cobrase nueva vida. No fuera un cómic autorreferencial que miraba continuamente a su glorioso pasado sino que tuviera un envidioso y rabioso presente. Algo en lo que profundizó Tom DeFalco durante los intensos y cruciales episodios en los que participó.

En realidad, tan sólo por el mágico número (259) en el que Mary Jane rememora junto a Peter su vida familiar tras confesarle que conoce su identidad secreta, Tom se merecería un monumento. Ese número de hecho tiene carácter de novela gráfica y cualquier fan que se precie debería conservarlo encuadernado. Puesto que es una maravilla en la que la verdadera vida, esa llena de sinsabores y silencios velados perfectamente descrita por Carver, asoma entre sus lánguidas y emocionantes páginas. Mary Jane no es esa fémina envidiable que pensábamos debía ser sino que esconde un pasado lleno de renuncias, pérdidas y pequeños traumas. Un cúmulo de desencuentros sin resolver que intenta ocultar tras su fachada de mujer desenvuelta y atractiva. ¡Aires nuevos soplaban en un cómic que se había regenerado modélicamente! ¡Tal vez tan sólo los guiones de John Byrne y Walt Simonson superaban en aquellos momentos dentro de Marvel a los que se estaban desarrollando en la serie del trepamuros y no por demasiados cuerpos de ventaja! Spidey rockeaba. Estaba vivo de nuevo. Era un objeto cultural cool. Juvenil, adulto, emocionante e inquietante.

Tom DeFalco tuvo también el mérito de continuar notablemente la saga del nuevo Duende y, sobre todo, de tratar con mucha sutileza todo lo relacionado con el traje oscuro de Spidey. El simbionte alienígena era tratado como una amenaza más abstracta que real. Las viñetas en las que se lo veía apoderándose del cuerpo y voluntad de Peter Parker eran realmente sugestivas. Tanto como aquellas en las que aparecía encerrado en un contenedor de cristal dentro del edificio Baxter.

DeFalco nunca utilizaba el trazo grueso. Era sugerente y melancólico. Casi poético. Cuando narraba una escena de acción, lograba crear idéntica tensión y emoción que cuando se ocupaba de una intimista. Todo lo que hacía, parecía tener un motivo secreto y agudo que iba enredando al lector en su particular laberinto narrativo. Además, tenía una vis cómica muy aguda que hacía más creíbles y cercanos a los personajes. Para la historia queda sin dudas el momento en el que, tras despojarse del traje negro, Spidey se viste con uno de los uniformes antiguos de Los 4 fantásticos y coloca una bolsa de cartón en su rostro. Una deliciosa anécdota que conjugaba perfectamente con el tono triste y misterioso de los diversos acontecimientos que se desarrolllaban a su alrededor y parecían, esta vez sí, estar a punto de acabar definitivamente con la psique de Parker.

Obviamente, ni Stern ni DeFalco pueden compararse a Lee o Ditko pero lo que lograron no me parece banal. Si cada uno hubiera tenido una década para ocuparse del trepamuros, no sé hasta dónde hubieran podido conducirlo porque prácticamente, todos los personajes nuevos que introdujeron poseían un enorme carisma y podían competir directamente con los clásicos. Obviamente, no eran tan arquetípicos como los antiguos pero tampoco era necesario.

Precisamente, muchos estábamos cansados de que los guionistas siempre retomaran los mismos villanos sin prácticamente cambios y fue realmente estimulante comprobar cómo sin que éstos desaparecieran del todo (por ahí andaban El buitre o kingpin), iba apareciendo sangre nueva al tiempo que se iban aportando matices a personajes que, de estar estancados, cobraban de nuevo vida propia. Logrando, como así fue mi caso, que aunque Spidey no fuera mi héroe favorito, no pudiera despegarme del kiosco ansioso por leer nuevas aventuras que parecían decirme más secretos y verdades del mundo real que la pila de grises periódicos que se amontonaban en las estanterías para adultos. Shalam

أنا لست في عجلة من أمري لأنه ليس لدي وقت

No tengo prisa porque no tengo tiempo

 

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……spiderman y el que parece un cartero en plena lucha……
    2ºimagen:…..la tecnica fotografica de los puntos (roy liechtenstein)……claridad…..
    3ºimagen:…..un hallazgo el telon con dos colores (algo de f.leger)………..resultado………..
    4ºimagen:……el que parece un cartero mirando su correspondencia……
    5ºimagen:…..la colega va a pillarme en pleno transformer……
    6ºimagen:…..encuentro en el central park…….
    7ºimagen:…..madre mia!!!!!!! ahora si que la hemos hecho buena……. tu, la bola 4 del chapolin te has convertido en un humano asustado, vaya tinte low cost que me llevais……..

    • 1) Lucha de enmascarados en Halloween o en cinta de lucha libre. 2) La tragedia griega entra en el cómic 3) Parece película de la Hammer. La presencia siniestra de Christopher Lee por allá. 4) Secuencia apócrifa de una secuela de la saga de Michael Mayer. 5) No me gustaría que esa chica se deprimiera y se pinchara. Espero no cumpla la amenaza. 6) Romanticismo moderno. Vértigo melancólico. 7) Podrías tener Sida. Debemos hacerte la prueba.

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