Wimbledon Green

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Seth -pseudónimo de Gregory Gallant- es el Cary Grant del cómic moderno. Afronta con elegancia y gracia cualquier historia de la que se ocupa. Abrir uno de sus cómics es como desempolvar un baúl antiguo. Llevar a cabo un  nostálgico recorrido por el pasado que, afortunadamente, gracias al talento del autor canadiense, no cae en el sentimentalismo. Seth es un prototipo de escritor posmoderno. Un inventor de obras nunca escritas y de biografías de personas que no existieron. Walter Benjamin habría disfrutado leyendo algunas de sus obras entre ensayo y ensayo. Porque Seth se encuentra enamorado de su idea de pasado. No del pasado en sí mismo. Y es por tanto, un hombre que lo descubre y crea conforme lo rememora. De hecho, debido a su aspecto real no desentonaría en absoluto si lo viéramos aparecer como extra en una película de Harold Lloyd o Buster Keaton, contemplando un espectáculo de Charleston en un esplendoroso teatro o en cualquier documental de principios del siglo XX.

Al contrario, casi me atrevería a afirmar que lo que resulta extraño es pensar que Seth vive en nuestro presente. No es un fantasma que nos visita desde otro tiempo. Ya que como deja traslucir su “look”, en sus cómics es capaz de transformar lo sucedido con absoluta naturalidad y de describir aquello que ocurrió con la misma soltura e incertidumbre que lo hace con lo que sucederá. La vida esta bien si no te rindes era un ejemplo de lo que acabo de referir. Porque aquel cómic no es que homenajeara a las historietas surgidas en las primeras décadas del siglo XX sino que, en parte, parecía proceder de ese tiempo remoto. No sólo era un homenaje sino una transfusión. Una vampirización de las narraciones clásicas cuyo aroma “retro” no era un mero adorno. Era su contenido. La ética de un cómic obsesionado con mirar atrás. Consciente que ser contemporáneo consiste en aceptar e integrar totalmente lo que ocurrió y de que el presente en definitiva, es una postal antigua. Un fotograma borroso condenado al olvido en el futuro. Una obra de arte “Kitsch”.

En cualquier caso, no deseo referirme hoy ni a La vida está bien ni a otras exquisitas e idealistas recreaciones de los tiempos añejos llevadas a cabo por Seth, como Ventiladores o George Sprott sino a Wimbledon Green. Una fabulosa gamberrada que compuso durante los últimos meses de vida de su madre. Seth cuenta que hilvanó esta obra para relajarse, como divertimento, conforme veía degenerar a su progenitora antes del desenlace fatal. Y lo cierto es que tengo la impresión de que el no haberse tomado en serio esta narración, le permitió expresarse con una libertad anárquica que favorece mucho el resultado. Porque Wimbledon Green no sólo es una obra divertida y sumamente disfrutable. Es una obra mayor. Una corrosiva broma por medio de la que explora en una de esas neuróticas locuras surgidas del centro de la civilización: el coleccionismo. Y en este caso en concreto, el coleccionismo de cómics, a través de un fascinante, ególatra, megalómano y enigmático personaje que algunos han comparado con el magnate que protagoniza la ópera prima de Orson Welles: Ciudadano Kane. Una comparación que no me parece del todo ajustada porque Seth es mucho más modesto en sus intenciones y su “fake” es más infeccioso. Mucho más loco y desprejuiciado. Y tiene el mérito de retratar a los coleccionistas como viciosos. Enfermos que viven en este mundo pero en realidad, están en “otro”. Tienen una concepción de la vida muy ajena a la de los ciudadanos comunes. Y se encuentran atrapados por una pasión muy cercana a una enfermedad. En realidad, Seth demuestra tener cariño por ellos. Emite una mirada risueña a estos codiciosos poseedores de objetos pero no cesa de reírse de ellos. Y no puede evitar sentirse sorprendido por sus neuras obsesivas que, vistas desde cierto trasluz, los convierten en seres malévolos. Banqueros de la cultura. Depredadores rabiosos que velan por sus posesiones con el mismo celo y rabia que los hombres primitivos lo hacían con los trozos de carne. El bisonte herido.

Wimbledon Green es un cómic incisivo y profundo. La mirada irónica de Seth a un vicio. Una colosal carcajada sobre el capitalismo. Una sutil exploración de la conexión íntima existente entre la conciencia de muerte y el afán parasitario. El miedo a morir y la codicia. Wimbledon Green es un personaje ensimismado en sí mismo. Un fetichista sibarita, exquisito y cerebral que suple el afecto familiar con el olor de las páginas de los cómics. Y tras perder a su madre a los 19 años, hace de ellos su familia y hogar. Un estilo de vida. Convirtiéndolos en arma para imponer su voluntad al resto del mundo.

 Seth no deja de sonreír en su cómic. Insiste en realizar sus habituales homenajes a los tiempos pretéritos pero nunca, como en esta obra, había puesto tan de manifiesto el origen de su amor al pasado: el miedo a que todo lo vivido desaparezca para siempre jamás. Un pavor similar a esa angustia que siente el coleccionista cuando alguien puja más alto que él en una subasta y comprueba cómo el objeto que añoraba tocar, desaparece de sus manos. Se adentra lentamente en ese territorio desconocido al que, poco a poco, desde nuestra niñez, todos nos vamos acercando conforme comprobamos que crecer es aceptar la desaparición. Que vivir no es el arte del atesoramiento sino el del desprendimiento. Y, en cierto modo, implica la despedida continua y reiterada tanto de nuestros seres queridos como de todas nuestras colecciones de recuerdos y sentimientos.  Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

El que se alimenta de deseos reprimidos, se pudre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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