Zipi y Zape

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Para mí, Zipi y Zape eran, ante todo, un par de reflejos del carácter juvenil y gamberro que había sido sepultado tras la Guerra civil española. En gran medida, los dos hermanos eran un anticipo y preludio de la Movida pero también de la imposibilidad que existía durante los años franquistas de la eclosión de un movimiento contracultural que desbaratara o cuestionara el régimen político. Un claro ejemplo de que la juventud de aquella época a lo más que podía esperar era a romper algún vidrio, saltarse alguna clase o jugar al fútbol a deshoras y esperar a recibir el castigo.

Zipi y Zape eran dos entrañables revoltosos, sí, cuyo descaro y apasionamiento por lo general no conseguía ningún resultado positivo. En la mayoría de las viñetas terminaban o bien en el cuarto de los ratones o bien siendo perseguidos por su padre, la autoridad o un vecino. Por eso el cómic de José Escobar no era ajeno a la neurosis de fracaso que perturbaba y perseguía como una sombra a la juventud franquista sino que más bien era su constatación.

Zipi y Zape eran la alegría de la huerta. Eran ingeniosos y traviesos. Dos anticipos de la era ye-yé que, de haber nacido a finales de los 60, no hubiera costado imaginarse cantando a voz en grito los grandes clásicos de Radio Futura, Nacha Pop o Los Secretos años después en un estudio televisivo. Pero, de una manera u otra, sus conatos de rebeldía y sus ilusiones por desbaratar las normas y hacer estallar los cimientos educativos fracasaban habitualmente como una metáfora de esa realidad abrupta que, durante el franquismo, corregía por medio de métodos autoritarios cualquier desafío. De hecho, el frenético entusiasmo de los hermanos que, en gran medida, me hace recordar las locuras cometidas en las aulas en Ferdydurke de Gombrowicz, lo tapaba prácticamente todo menos la critica feroz a los métodos disciplinarios usados en las escuelas de la época. Un vistazo, por ejemplo, a los compañeros de clase de ambos muchachos bastaba para tomar conciencia de cómo se iba estructurando la sociedad jerárquica franquista desde sus raíces. Pues Sapientín Empollinez, Peloto Chivátez o Sabihóndez no eran tan sólo enemigos de Zipi y Zape sino una muestra breve y contundente de una sociedad adulta que, tras la guerra, no se encontraba sustentada por una meritocracia sino más bien por la capacidad de medrar y encontrarse en el lugar idóneo de sus componentes

Como la mayoría de personajes míticos del cómic español surgidos a mediados del pasado siglo, Zipi y Zape eran caricaturas exageradas. Dos niños casi salvajes. No es que resultara difícil que se estuvieran quietos sino que era realmente imposible. Eran euforia y gamberrismo desatado. Una proyección excesiva de los deseos lúdicos de miles de infantes para los que el recreo era la única asignatura por la que merecía la pena ir al colegio y de otros tantos jóvenes que no podían manifestarse en las calles ni política ni artísticamente como lo deseaban y se veían obligados a sublimar, por tanto, sus conatos de rebeldía en torno a dos muchachos que, debido a su edad, a pesar de recibir castigos en muchos casos excesivos, no iban a dar con sus huesos en prisión ni a ser torturados por desafiar a la autoridad constantemente. Zipi y Zape eran chavales. No eran adolescentes ni jóvenes y esa era precisamente su fuerza y salvación pero también la manifestación del fracaso político de la época.

Ciertamente, el cómic estaba bien construido. Los personajes secundarios, desde luego, no eran en absoluto inocentes. Se encontraban tan bien cuidados y presentados como los de 13 rue del Percebe y, en cierto modo, componían un fresco sociológico de la época. Aunque si en la creación de Ibañez esta intención era más clara y por consiguiente, también era más fácil de verificar, en la de Escobar era más secundaria y oculta pero no por ello menos interesante.

El padre de los dos gemelos, Don Pantunflo Zapatilla, por ejemplo, era un hombre obeso y, en cierto modo, elegante. Un lector de ABC, catedrático de Numismática, contento con el régimen monárquico que, obviamente, representaba los valores tradicionales. No obstante, a pesar de su posición social, dejaba entrever más de una vez que su economía no era tan boyante como cabría pensar. Recodo que permitía vislumbrar la situación de carestía y las penurias que aún se vivían en la sociedad española de su tiempo que tanto su sufrida mujer, doña Jaimita Llobregat, como el caco que intentaba robar una y otra vez su casa, el Manitas, y los comerciantes de los alrededores sí que manifestaban con mayor claridad sin necesidad de aludir a ella directamente, como sí que haría ese otro esperpéntico personaje del autor catalán llamado Carpanta.

Por eso, la obra de Escobar no sólo es un cómic juvenil. No es tan sólo una metáfora festiva sobre dos niños revoltosos sino, ante todo, un fresco feroz de los años franquistas en en el que, contrariamente a la lectura que tuve durante mi infancia, percibo claramente hoy que los dos famosos gemelos son más víctimas inocentes que temibles rebeldes. Sobre todo, porque -vuelvo a repetirlo- el gran interés del cómic no se encuentra en su primer plano sino en su segundo. En lo que se deja entrever e intuimos tras los visillos y puertas de la casa de don Pantunflo. Ese pasado que apenas se menciona y esa cordialidad de los vecinos y gendarmes que contrasta con la facilidad con la que multan, castigan o exigen que la ley penalice el comportamiento de dos muchachos alocados e inconscientes, ajenos a los condicionantes sociales y políticos  de su época.

En cualquier caso, creo que el gran símbolo del cómic es la bicicleta eternamente ansiada por Zipi y Zape. Más que nada porque ese regalo, promesa siempre pospuesta y denegada, es una metáfora perfecta -me parece a mí- de los anhelos libertarios y materiales frustrados de varias generaciones durante el franquismo. Entiendo que es el elemento perfecto para colocar la creación de Escóbar sino en el centro al menos en alguno de los márgenes de la cultura del desencanto y enraizarla, sí, -aunque parezca mentira- con algunas de las míticas obras del teatro del absurdo europeo. Pues, al fin y al cabo, esa bicicleta sabe a carbón y a destierro. A hambre y fracaso. Es el Godot de la viñeta hispánica. Y explica muy bien -más allá de la muerte de su hacedor- los constantes y frustrados intentos de adaptar y resucitar el cómic que se han ido sucediendo intermitentemente desde el advenimiento del bienestar y la opulencia consumista a la España de los 80. Una década en la que el problema no era ya tanto conseguir una bicicleta sino una de marca y muchas de ellas fueron sustituidas de las ensoñaciones y deseos juveniles por potentes y fardonas motocicletas . Shalam

الْيَدُ الْعُلْيَا خَيْرٌ مِنَ الْيَدِ السُّفْلَى

La mano que da es mejor que la que pide

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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